02 noviembre, 2008

El farol


Te dije que me iría a Almería pero era un farol.


Casi una mentira, aunque no sé si es mentir decir que vas a hacer lo que realmente deseas tanto hacer.


Es como decirle a mi ahijada que tiene los ojos preciosos, aunque los tenga tristes, porque ser preciosos y tristes no son dos conceptos excluyentes. Farolear y decir la verdad pueden ser ideas compatibles, difícilmente conciliables pero próximas de algún modo. Dos ideas que sólo aciertan a acariciarse con la punta de los dedos como quienes acaban de conocerse, como las parejas de amantes cuando están delante de la pareja legítima de alguno de ellos.


Supongo que soy una peligrosa subjetivista, o aún peor, una relativista de las que condena el Papa y aquel ex mío que era tan terriblemente guapo y tan terriblemente estajanovista. El que dejó de entenderme cuando empecé a opositar y no se dio cuenta de que era a sí mismo a quien no entendía. Se percató mucho tiempo después cuando volvimos a cruzarnos y fue una opción en una noche en la que hice algo terrible de lo que no me arrepiento. Lo terrible y lo deseado, de nuevo dos ideas que se rozan. De nuevo el peligroso – según él – relativismo moral.


Como si te viera. Una cara de resulta que antes tenías vida. Claro. Después de todo, no vamos a llegar a esta edad – ni a cualquier otra – sin que la vida nos haya pasado por encima. Hasta ahora, no tenía el sentimiento de haber hecho los deberes. Muchas veces no he conseguido superar, clasificar, devolver cada momento vital a su lugar correspondiente. He llegado al capítulo siguiente sin haber terminado de leer el anterior. Ya sabes que el día que repartieron la paciencia a mí no me llegó, y sigo sufriendo los efectos secundarios de esa manera de ver las cosas, de hacerlo todo, de vivir. No he podido modificarla, quizá tampoco habría querido.


Esta vez hice los deberes. Mi cerebro se preparó como dicen que lo hace mi cuerpo cada mes para recibirte como un proyecto que se implantaría en mi matriz. Un verdadero caso de enamoramiento extrauterino, enraizado en cada esquina. Aunque hay momentos en los que tengo ganas de gritarte que yo también, que yo también tengo cicatrices, que lo que haces tiene un efecto diferente en mí que en ti debido precisamente a ese bagaje personal. Yo también. A mí me han dicho cosas terribles, como supongo que a todo el mundo. Muchas que tuve que digerir como cristales y que me han hecho huir de la confrontación, me han hecho ser como soy.


Si no lo he dicho a estas alturas, no sé qué obtengo sacándolo ahora.


Me gustaría más contarte que he sido regidora de un evento con muchos artistas, que ayer estuve en un concierto que me encantó, que Queens llevó orgullosa el broche calabaza más malvado pero blandito de la ciudad, que estoy adaptando una canción al inglés, que he aprendido cuatro temas nuevos a la guitarra, que mañana tengo muchas cosas que hacer, que el otro día vi a Sofia Coppola y que aún no me he comido ni un buñuelo de viento, con lo que me gustan.


Dicen que por cada buñuelo que comes, salvas un alma del purgatorio. Me parece bonito y a la vez irreverente. Rayano en lo obsceno, eso de mezclar salvación y dulce de batata.


Dos ideas que se arañan a duras penas.


Me gustaría llamarte por teléfono y enseñarte mi sonrisa modelo como queríamos demostrar.


1 comentario:

Microalgo dijo...

Cero paralelismos.

Me encanta que tus amigos sean discretos y no se metan donde no deben. Este paralelismo mismo no cuenta, ya ves.