04 octubre, 2008

Sylvia

Tengo un volumen de poemas de Sylvia Plath que en realidad es de mi madre. Se lo he quitado, porque ella lee muy poca poesía y yo leo más. Supongo que algún día echará de menos la portada verde y blanca y vendrá a preguntarme que dónde he puesto a Sylvia.


Yo le diré que me regale el librito, y ella responderá que no, que es suyo, que lo puedo coger cuando quiera pero que no le desordene la estantería.


- Has puesto la estantería nueva al lado de mi habitación para provocarme. En el fondo quieres que te robe los libros, no te lo reconoces a ti misma, pero es que no puedo evitarlo. Soy una ladrona consumada.

Ella no lo sabe, pero Sylvia no es la única. Despacito, me llevo uno, luego otro, luego devuelvo alguno para que no se noten demasiado los huecos. Es curioso ver cómo se han ordenado las bibliotecas en mi casa. Hay tres: la de mi madre, la de la hermaníssima y la mía. Nada de juntar todos los libros, o todos los discos. Porque los criterios de orden y desorden son tan distintos como nuestras propias personalidades. Nuestros libros se comunican, pero lo justo. Lo hacen por recomendación directa – toma este, que te va a gustar – o por robo mal disimulado.


Yo finjo que voy a coger un tomo de la Historia Universal que me coleccionó mi padre, o un aceite de aromaterapia de los que guardo en el armarito que hay encima de la estantería nueva. Finjo muy mal, y enseguida tengo la sensación de que me observa algún par de ojos reprobadores a los que sólo les falta exclamar que eso no se toca.


Sylvia Plath lleva dos días durmiendo en mi cama. Cuando quiero que un libro me inspire, me lo leo, claro, pero también lo dejo perderse entre las sábanas, anidar en la funda nórdica o subirse al cojín en forma de sol como si fuera el zapato de una Cenicienta literaria.


Durante mucho tiempo, no supe ni quién era. Robé su libro porque estaba editado por Ted Hughes, uno de mis poetas contemporáneos favoritos, al menos en lengua inglesa. Escribía sobre animales como si fuera un animal. Un lucio capaz de comerse a sus congéneres y morir en el proceso. Una bestia, tumulto interior en estado puro. Comencé a leer sus poemas cuando estaba en primero de BUP, tenía catorce años y mucho fuego en el estómago, muchas ganas de escribir. Sentí, por primera vez en mi vida, que tenía algo vivo entre las manos. Pensé que eso era la poesía, tener palabras que son como vísceras latientes entre los dedos.

Más tarde supe que Ted Hughes editó a Sylvia Plath porque estuvo casado con ella. Que ella tenía trastorno bipolar, o eso dicen ahora, porque yo entiendo que con un cerebro con el suyo el mundo te sepa a poco. Que su marido la dejó por otra mujer, y que la bella Sylvia decidió quitarse la vida con poco más de treinta años, dejando casi toda su obra inédita y en manos de Hughes.


A las cosas de la vida hay que darles su importancia. Pero la Plath a mí no me llega por nada de eso. Me invade porque es capaz de aunar inteligencia y desesperación con ternura, dándole a su vida un color brutal, magenta, casi púrpura. Para ella nacer es amor y mecánica, como dice en Morning Song:


Love set you going like a fat gold watch.


Con Sylvia Plath entendí que se puede hacer poesía sobre cualquier cosa. Que no hacía falta hablar de lo enorme y de lo eterno, porque dentro de lo pequeño estaba lo enorme y lo eterno.


Como en su epitafio, que unos dicen que creó Hughes y otros le acusan de plagiarlo:


Even amidst fierce flames the golden lotus can be planted.


Algo así como: El loto dorado puede crecer incluso entre fieras llamas.


Duermo con el librillo porque me recuerda al Paseante. Él sí que tiene magia en las manos. Pero esa ya es otra historia. Poética, muy poética, pero otra historia al fin y al cabo.


7 comentarios:

cerillasGaribaldi dijo...

Creo que alguna vez te he dicho que "éste es el mejor post que has escrito", pero ya se me olvida y cuando leo tu Sylvia me maravillo y vuelvo a pensarlo.

Lo que más me gusta es como pasas de lo cotidiano a lo sublime; y me da envidia tu cotidianidad y, sobre todo, añoro esos momentos únicos de la vida en los que empiezas a descubrirla. Cada vez son más escasos, aunque alguna vez una canción o un poema te los incrusta en el alma:

Hoy el amor es muerte,
y el hombre acecha al hombre.

Sencillamente te admiro, Ignacio o Bob (da igual).

Kika... dijo...

gracias (emocionada, no sabes cuánto, Bob)

yo sí que te admiro a ti!

y en tu honor, porque dijiste que te gustaba la foto del perfil, he hecho header nuevo...

miles de besos
(y de versos)
Suze

Mega dijo...

"Eso era la poesía, tener palabras que son como vísceras latientes entre los dedos"

Eso y no otra cosa era, sí: magia y besos

;-)

Kika... dijo...

guau, Mega, bienvenida!!!!!

es que Ted Hughes es brutal! Brutal de verdad! Y además tú vienes de ofrecer un poema tan bonito en Las Playas...

muchos besos y gracias por pasarte por aquí,
K

LUISA M. dijo...

Me ha gustado mucho este texto.
Lo que más: "Pensé que eso era la poesía, tener palabras que son como vísceras latientes entre los dedos." (Veo que en eso coincido con Mega) y "entendí que se puede hacer poesía sobre cualquier cosa. Que no hacía falta hablar de lo enorme y de lo eterno, porque dentro de lo pequeño estaba lo enorme y lo eterno."
No he leído nada de Sylvia Plath pero, si hay algo de magia en sus versos, tú eres capaz de transmitirla muy bien.
Un beso.

Kika... dijo...

Luisa... tiene un problema lo de leer a Sylvia Plath, que es que tiene que ser en inglés, aunque el otro día he leído por ahí que han sacado una traducción... lo investigaré. Creo que por el hecho de no haber sido traducida es poco conocida en España...

muchos besos
K

LUISA M. dijo...

Kika:
¡Qué casualidad! Hoy me han mandado el boletín de la Casa del Libro y viene un libro de Poesía de Sylvia Plath en edición bilingüe inglés-español.
Te pongo aquí el enlace por si te interesa:
http://www.casadellibro.com/libro-poesia-completa-ed-bilingue-espanol-ingles/2900001281477
Un beso.