16 octubre, 2008

Scar tissue

(Nota: este texto es más largo de lo normal, así que he decidido publicarlo con una tipografía un poco más pequeña. De ese modo el scroll no se hace eterno.)




Lo bello es el comienzo de lo terrible que todavía podemos soportar.
Rainer Maria Rilke



Un buen cuento nunca debería comenzar con una convicción estúpida. De hecho, no debería ni contenerla. Pero este no aspira a ser un buen cuento, ni siquiera un cuento regular, sino un cuento simplemente y creo que eso alivia de algún modo las restricciones a las que debería estar sometido. De hecho, creo que las elimina.


Así que allá va el comienzo improbable por una convicción estúpida. Debí quedarme en su cama. Ahora, mirándolo en retrospectiva, debí hacerme fuerte entre las sábanas, aceptar su propuesta de dormir un poco más y desayunar algo de soja mientras él acudía a una cita ineludible. Pero yo tenía examen al día siguiente, quería cambiarme de ropa, ordenar los pensamientos, darme un baño caliente a ver si el cuerpo me iba volviendo a su ser después de unos días hormonalmente bastante revueltos, así que dije que no.


En la calle tuve una nueva oportunidad. De pronto me di cuenta que me había dejado el pañuelo en su casa. Me dijo que podíamos ir a buscarlo, pero yo sabía que él tenía prisa, por lo que decidí tranquilizarle y afirmar que ya tendría oportunidad de recogerlo. Le acompañé hasta el metro (pásalo bien, dije) y después di un paseo realmente agradable de tardía mañana de domingo hasta que llegué a donde había aparcado por la noche.


Él me había dado una sorpresa maravillosa la tarde anterior. Por eso, me sonreían los dedos de los pies, el pecho izquierdo, las dos orejas y hasta el tumor de la lengua que le enseñé la noche anterior para explicar esa manera desesperada de besar. “¿Lo ves? Es benigno. Pero mi lengua no lo sabe, y besa desesperadamente porque piensa que en cualquier momento desaparecerá bajo la tumoración. O que tendrán que operarla y quedará tullida. Por eso besa como si se le terminara el tiempo, con sed, con ansiedad.”


Esa misma tarde tuve ganas de volver a verle. Llamé pero no lo cogió. De pronto, me llegó un mensaje en el que explicaba el motivo. Había tenido una conversación telefónica que le había dejado devastado. A pesar de los pocos datos que me daba, me pareció comprensible, le di la importancia necesaria y dejé que durmiera en paz. La tarde anterior me había dicho que a él le gustaba pasar sus crisis en soledad, y me quedé con la copla porque a mí me pasa igual. Pero yo he perdido ya un kilo de tejido cicatrizal físico y una tonelada del psicológico. Con él, desprenderme de ellos era tan sencillo como respirar.


Las repeticiones en nuestra conducta son una especie de prolongación de nuestro código genético. Dejar de repetir actos que consistentemente realizamos de manera habitual es una fuente de información de valor incalculable. A la mañana siguiente, mientras me preparaba para ir al examen, me di cuenta de que me faltaba algo. Enseguida caí. Era el mensaje que él me enviaba siempre: una maravilla de las suyas que podía tener forma de poesía o de aforismo latino. Todas las mañanas encendía el móvil con la idea de tener entre las manos un tesoro. Y aquel día, el silencio.


Yo mantuve mi conducta. Yo sí. No me puse collar para posar la mano con cuidado sobre la escotadura supraesternal y acordarme de su olor con toda intensidad. Mi nuevo juego del examen que logra invariablemente que todo el mundo me diga que qué buena cara tengo. Le envié también el SMS de rigor al terminar la prueba. El silencio siguió. Para entonces comenzó a anidarme bajo el ombligo una especie de sentimiento negro, a medio camino entre el abandono y la desesperación. Sólo te desesperas y te sientes abandonada si amas. Y yo le quería desde que le vi.


Sólo pensaba en la manera de inmiscuirme en su vida para poder verle. Para poder abrazarle y decir – retóricamente y muerta de miedo, sin la convicción de querer saberlo - ¿qué te han hecho? Dime qué te han hecho… Recordé el pañuelo, di con un motivo inexcusable para recogerlo y fui a su casa.


Le prometí que no estaría allí más de cinco minutos, que me marcharía a la velocidad del rayo, pero era un farol, claro. Tenía que tranquilizarme – habla ahí la parte egoísta de mi conciencia – y ver si podía hacer algo, aunque lo dudaba. Entré por la puerta y hubo beso, pero para entonces se me había instalado dentro una nueva sensación: la de estar en la cuerda floja mientras alguien a quien no conocía y cuya influencia sobre él era aparentemente mucho mayor que la mía agitaba el filamento metálico y a la vez retiraba la red. Un paso en falso y no quedaría espectáculo. Sólo mi cabeza abierta como un melón en el centro de la pista.


Salimos juntos de su casa – de nuevo él debía acudir a un evento – y estuve a punto de volver a dejarme el pañuelo porque según lo metía en el bolso se me vino encima otra sensación grumosa y difícil de tragar. No lo hice. Tampoco creo que hubiera servido de nada.


Desde el último beso sólo ha habido silencio.


Hoy me ha llamado una clienta de que casualmente vive en su barrio para ver si podía llevarle un tocado para verlo. Vender uno es dinero, no mucho, pero no tengo un duro. Y era salir a la calle, que me apetecía. Pisar su barrio, pasar por delante de su puerta, preguntarme un segundo quizá qué le estaría pasando por la cabeza y el cuerpo, buscarle por el parque. Sin embargo, no fui capaz de llegar a casa de la chica que quería hacerme el encargo. Cuando estaba a unos doscientos metros, no pude más. Me senté en un banco de la calle y me eché a llorar. Lloré encima de la sombrererita naranja hasta que el cartón empezó a reblandecerse: lloré sin comprender nada, como si de pronto todo lo controlable me fuera totalmente ajeno.


Mientras el carillón de la Plaza de las Cortes daba las diez, no pude evitar pensar que ese reloj musical siempre me ha dado buena suerte. Siempre menos hoy, el día en el que me toca sufrir sin saber, bloquearme de paso pensando en mis obligaciones, probablemente el examen más importante de mi vida sea dentro de dos días. Esperar nada, aferrada a la esperanza de que todo sea como un antes tan breve que no es ni siquiera un verdadero pasado sino un presente candente. Soplarme la rozadura y decir que no es nada. Que mañana será otro día.


De pronto, sonó mi móvil.


- Perdona, estoy esperando porque has dicho que me traerías un tocado para verlo.

- Lo siento. Lo siento mucho. Ya no acepto encargos en ese barrio.


6 comentarios:

cerillasGaribaldi dijo...

Aquí ando de 'guardia', y te pondría una canción de los Jefferson más bonita, pero la letra de ésta se ajusta a tu post como un guante de seda:

http://www.goear.com/listen.php?v=f535336

"tears are running ah running down your breast"

Sabes que siempre te querré, Suze, pero la vida es así... inconmesurable. Así que sigue viviendo como sólo tú sabes.

Abrazos gratis, Bob

PD: Si tuviera que regalarme una canción sería ésta:

http://www.goear.com/listen.php?v=5a2f203

(Sabes que mi unica pretensión es que seas feliz, ¡bastante tengo con lo mío!)

jue oct 16, 12:18:00 AM

Kika... dijo...

Bob,
Ahora mismo no puedo ni escribir. Voy a ver si duermo un poco y me despierto con ganas de vivir la vida como siempre, porque en este momento solamente podría seguir viva por sentimientos negativos. Menuda paradoja.

Menos mal que estabas.

Besos
Suze

Henar dijo...

Todo siempre tiene una explicación, aunque tarde en llegar. Todo tiene siempre un porqué. Guarda el dolor en una cajita, anestésiate y céntrate ahora mismo en el examen. Cuando pase, abre esa caja y llora lo que tengas que llorar. Ofrezco casa y nuevo juego del singstar (¡me han regalado el legends!) para mitigar el dolor o para buscar cojines que llenar de mocos. Ahora no te queda más remedio que ser fuerte. Esto es como acatarrarse el día antes de unas olimpiadas: tienes que salir a correr porque llevas cuatro años preparándote para esto.

De todas formas, insisto. Al final todo tiene una explicación que suele ser muchísimo más sencilla de todo el argumentario mental que se nos ocurre.

Muchos besos, lindérrima. Y estoy aquí al lado para lo que necesites.

H

hidden_angel dijo...

Quédate ahora mismo con los besos, con las caricias y las sonrisas y aparca el resto. Ahora el tiempo está paralizado en ese momento en el que los dedos de los pies bailaban solos de felicidad. Quédate con eso y céntrate en el exámen. Luego te daremos chocolate, kleenex, café, charlas interminables humanistas de las de arreglar el mundo y cientos de abrazos para que llores todo lo que quieras.
El mundo es sólo un espejismo, así que haz que el tuyo sea bueno por un rato. Que te lo mereces.

Jaco dijo...

Me ha encantado el comentario de Henar. Creo que tiene toda la razón.
Las cosas casi siempre tienen una explicación más sencilla de lo que pensamos. Pero, por muy complicado que sea, ahora no parece el momento perfecto para buscarla.
Has trabajado muchísimo para llegar al último examen y aprobarlo. Y aquí la gente sigue apostando por ti, porque lo vales.

Un beso fuerte.

Mar dijo...

Kika, ojalá estés viendo fantasmas y desaparezcan pronto. En todo caso, como dice Henar, debes anestesiarte, centrarte en tu examen, porque, como todos sabemos, esta vez es la buena. Y después, por suerte, te sobra gente dispuesta a cuidarte si hace falta.
Ánimo, guapa.