25 octubre, 2008

Mira que hay canciones sobre fines de semana…

El sábado por la tarde siempre tiene ese regustillo a anticipación del desastre. Al menos para mí. Hay gente que se deprime el domingo por la tarde. En mi caso, cuando llego al domingo por la tarde ya estoy de capa caída y, por tanto, preparada para el lunes. Claro que no sirvo de ejemplo de nada, porque desde hace cuatro años y pico mi semana es rara, de opositora, y los días no discurren exactamente como los del resto de los mortales. Como dice la hermaníssima, ella y yo tenemos horarios de desocupadas: podemos ir a los sitios por la mañana entre semana, salir las noches de martes, ir al gimnasio cuando van las gogós y las amas de casa (la fauna del gimnasio a esas horas es heavy a más no poder). Durante la mitad del tiempo de preparación cantaba los martes, así que tenía que estudiar los fines de semana. Además, iba a la Facultad, así que no sé qué día de los siete estaba más machacada. Luego pasé a cantar los viernes, y mi semana volvió a ser un poco más normal. Pero los sábados por la tarde siguen sin convencerme.


Sobre todo porque cada fin de semana me planteo algún propósito o actividad, y el sábado por la tarde es el momento de los balances históricos. O algo. Y claro, el noventa por cierto de las veces no se ha conseguido lo buscado. Queda el domingo para hacerlo, pero ya me da pereza. Este fin de semana me había propuesto dos cosas. Aguantar con las uñas de Kika Fu-Manchú y realizar un plan de gestión de desapariciones. De la segunda tarea no tengo ganas de hablar.


En cuanto a la primera, fracaso total. Esta mañana me dolían los dedos y me he tenido que quitar las uñas postizas mientras las verdaderas se planteaban denunciarme por uñicidio al juez Garzón, que capaz es de enviarme un demoledor auto de procesamiento en el que se me acusara de ese imprescriptible delito. Y tendría razón, no lo neguemos: ahora tengo las uñas hechas un asco, con recuerdos del señor Loctite por todas partes. Me las he cortado y me he quedado pensando, tratando de valorar si pintadas quedarían mejor. No. Me temo que ni el esmalte morado sideral que compré la semana pasada puede arreglar tamaño desaguisado. Por otra parte, pienso que total nadie me va a ver las uñas. Y quien me las mire… pues que se aguante.


Estaba pensando en eso cuando de pronto me ha venido a la cabeza un recuerdo raro. Creo que la memoria es una especie de collar que enfila cuentas que parece que no tienen relación entre sí, pero que sí que la tienen.


La primera imagen que me ha venido a la cabeza ha sido la de Rosi. Rosi me depila las piernas – una se depila las piernas, que no soy perfecta y algún antepasado con pelos me ha dejado ese legado – desde hace mucho tiempo. Y aunque ahora existe el láser – tampoco es que tenga dinero para pagarlo, pero vamos – me gusta ir. Rosi lo sabe casi todo sobre mi vida y me cuenta la suya, que es de película, porque su padre tenía dos familias sin que una supiera de la otra. Muy fuerte. Creo que Rosi me tiene bastante cariño desde que mi madre me llevó una vez a acompañarla a la cera cuando era pequeña y le vomité en el garito. Si alguien no te guarda rencor por algo así, es que te quiere. El caso es que me tumbé en la camilla y ella se quedó parada con la paleta de la cera pringosa en la mano.


- Kika, ¿por qué no llevas las uñas de los pies pintadas? Tú casi siempre las llevas pintadas. A ti te pasa algo.


Traté de que no se me notara. De verdad. Pero no sirvió. Tocada y hundida. Era verdad. No me pinto las uñas de los pies desde hace exactamente quince días. Por motivos de salud pública sobre los que no voy a ahondar ahora mismo.


Creo que debería volver a pintármelas. O no. No sé.


Mientras, llego a la Puerta del Sol porque tengo que comprar un cartucho para la impresora. Me envuelve un montón de gente y me acuerdo de aquello que le dije a él. Que parecía que atraía las multitudes.


Hoy me agobiaban las personas. Todas parecían estar tristes y enfadadas. Quizá yo estaba un poco triste también. Salí corriendo hasta que logré dar esquinazo a la gente cerca de la calle Echegaray. Entré en la heladería de Huertas donde tienen helados sin leche y sin azúcar y me pido uno de nutella, con leche, azúcar y todo tipo de cosas perniciosas. El chico de la tienda ya me conoce y me dice, tímidamente, que ese helado no lo puedo tomar.


- No lo debo tomar, que no es lo mismo. Por poder… me sentará fatal, pero me lo puedo tomar.

- Bueno, pues entonces no te pongo cucuruchito, que eso te va mal. Tiene mucha azúcar.

- Me parece bien. Tú sí que sabes negociar.


Salgo de la heladería con mi tarrina sin cucuruchito – es que te ponen un cucurucho pequeñito sobre la bola de helado – y boto cuesta abajo por la calle Huertas como si fuera una bola de pinball. Sólo cambio de trayectoria al rebotar por las esquinas.


Mira que hay canciones sobre fines de semana. Pues no voy a poner ninguna.


2 comentarios:

Silvichi dijo...

Buen intento con las uñas. Yo todavia no he probado a hacerlo, por que me daba que me iba a ocurrir en las uñas lo que a ti. Que no las iba a aguantar y el desaguisado iba a ser peor. Asi que seguimos, unas mordidas, otras no. Ahora que lo pienso, la verdad, que mis uñas si que son un desastre... je je je

En referencia a que veias a todo el triste o cabreado, yo he tenido que ser una de ellas. Tal vez se han alineado los otros, por que ha sido un dia raro practicamente desde primera hora de la mañana, he estado discutiendo intermitentemente durante practicamente dos horas seguidas, y he acabado con un dolor de cabeza brutal.

Pero era sabado, y todavia tengo tiempo para remediarlo. Yo es que soy de las de deprimmirse en domingo.

Besos

Kika... dijo...

Silvichi, por favor. Dime que tu domingo no fue deprimente...

miles de besos,
K