23 octubre, 2008

Impaciencia


Yo quiero más velocidad

para ir contigo a pasear

Yo quiero más velocidad

pa’ no faltarte nunca más…

Velocidad, Montoto


(la canción, en su MySpace)



Si sigo con este nivel de actividad caeré muerta en cualquier esquina. Alguien recogerá mis cenizas creadas por combustión humana espontánea con un papel de periódico que amarilleará atrasado en una acera y las tirará a la papelera más cercana. Tengo puesto el piloto automático de hacerlo todo, hacerlo ahora, mantenerme ocupada y hacer más liviana la espera. Hasta ahí, todo bien. Además, sé que mi nivel de actividad puede elevarse casi hasta el infinito. Incluso hasta el nivel en el que me pongo de malas pulgas pero sigo moviéndome.


Lo que no es físico es lo que me preocupa. La fatiga se pasa. Lo que estoy empezando a tener, no lo tengo tan claro.


Siempre digo que la oposición ha incrementado mucho mi paciencia.


Y no es así. Cuatro años después, descubro que lo que creía que era paciencia es más bien una mezcla de resignación y aceptación de las situaciones, pero no esa proverbial virtud.


El día que repartieron la paciencia de verdad a mí no me llegó. Lo mejor es aceptarlo. Por mucho que intente apartar el pensamiento de mí, siempre vuelve ese punto impaciente que me hierve en el borde del estómago y hace que respire con dificultad. Se me disparan todos los sistemas aunque sé que no debo hacerles caso, invoco el control mental, cerebro sobre cuerpo. Hasta me enfado conmigo misma y me pregunto quién manda aquí. Aquí no manda nadie, Kika. No sirve que pienses que el estrés es hiperglucemiante, que además sube el colesterol. O al menos me sube el colesterol, que ya me puso el médico a dieta hace tres años y casi me mata de hambre. Al final dijo que a ver si iba a ser del estrés. Y sabía yo que de los triglicéridos no era.


El viernes, mientras le explicaba a Henar la causa de toda esta desconexión mente-cuerpo (digo desconexión cuando en realidad debería decir perfecta conexión), ella me decía una cosa muy interesante. Para medir el efecto que provocamos en los demás con nuestros actos no es tan importante conocer al otro como hacer un complicado ejercicio de empatía de ida y vuelta. Ella lo llamó así. Es algo como: hago tal cosa, eso tiene un efecto en el otro, que a su vez hace que yo haga algo más y finalmente llego al efecto final en el otro. Esto multiplicado las veces que queramos. Lo que pasa es que me parece que a veces bloqueamos esa empatía de ida y vuelta con nuestras implosiones personales. Estados – ni que decir tiene – en los que no importa y no debe importar lo que le pasa al de al lado. Son emergencias emocionales y ya está.


Pero yo estoy al otro lado: una emergencia emocional me está poniendo enferma. Literalmente. Era curioso, porque llevada por un estado de euforia se me curó algo que arrastraba desde hace muchos meses. De pronto, vuelvo a caer, mi cuerpo se anuda, mi cabeza no quiere y mi boca le dice a la gente que no quiero hablar, que no quiero ver a nadie. Si me mirara en el espejo, probablemente no me reconocería. O me reconocería demasiado bien: demasiado impaciente, demasiado inmadura, demasiado incapaz de comprender, demasiado cerca de mi propia implosión.


Si no fuera porque quiero luchar, y pundonor tengo a chorros, habría roto la baraja. Ayer mismo. Hoy, tres o cuatro veces. Habría suplicado que me despenara, que me diera un tiro de gracia, habría retorcido todo hasta forzar un final en el que no hubiera negociación posible.


Tengo miedo. Todo el miedo acumulado en los bordes de la impaciencia. Ganas de llorar. De nuevo impaciencia.



La foto… pues ante un espejo, el de la salita china de la Tetería de la Abuela, donde me encontré a Nán el otro día. Creo que le di diez abrazos. Maravilloso.


Retiro lo dicho (de momento)... siempre me quejo de que la función de reproducción aleatoria es cruel y despiadada y aspira a terminar de fastidiarte un día que no empieza bien. Esta vez se ha portado... ha sido oír el principio de la canción y... a bailar...


6 comentarios:

Anónimo dijo...

ohhhh kikita... ese faudel...

Kika... dijo...

Jajajaajajajaja... a mí el que me gusta es Rachid Taha... menudo bailecito que se marca cuando nadie mira (pero en el vídeo se ve, no te lo pierdas)...

besos y magia
K

Microalgo dijo...

Usted también. Pues andamos en las mismas encuanto a la impaciencia...

http://lazonafotica.wordpress.com/2006/10/13/le-llaman-el-lagartija/

(Post de hace más de dos años) (leñe).

Microalgo dijo...

"en-cuanto".

Tecleo demasiado rápido para mi capacidad. Ya le digo: impaciencia.

cerillasGaribaldi dijo...

Ese ritmo se nos mete muy dentro, estuvieron muchos siglos con nosotros y están aquí y los tenemos ahí, al otro lado de Cádiz, la joya.

La impaciencia, la ansiedad, la vida devorada y tu emergencia emocional, disfrútalas y cálmalas con Damien Jurado... a mi me funciona.

La foto: encuadre, patrón y expresión (y luz, por supuesto). Gracias.

Besos rabiosos desde la Esquina Rabiosa (ya no recuedo si te hablé de Alfredo Pons), Ignacio

Kika... dijo...

microalgo... ya le contesté en su zona fótica... pero le dejo un beso en todo caso...

bob... permanece atento a tu pantalla... el post de mañana es para ti...

besos y magia,
K