07 agosto, 2008

Agosto en Madrid (IV): Recogiendo los trastos

Anoche había recogida de trastos en su barrio y las aceras estaban llenas de cosas que la gente había tirado. Esas noches, Madrid se vuelve Jauja, y la gente sale a ver qué puede recuperar entre la basura de los demás. A mí me encanta verlo, y recoger cosas, y encontrar cosas más o menos interesante, hablar con los que buscan y encuentran.


Entre las latas de tomate y una estantería vieja, encontré una sombrerera casi nuevecita. Pregunté a los demás que revolvían (mucho más organizados que yo, con coches y todo para proceder a la recogida de los presuntos desperdicios) y ellos me dijeron que si yo la había encontrado, mía era. Tiene angelitos dibujados por fuera, esos de Rafael que salen en todas las camisetas de Italia pero que en realidad no están en Italia porque están en Dresde. Tienen cara de majetes, los angelotes.


Así que cogí la cajita sombrerera, la sacudí un poco y cayó purpurina dorada, como por ensalmo. Y me quedé mirando a los copos brillantes mientras pensaba en sus crisis.


Un minuto después, me alejé por su calle.



Me recuerdas a mi padre en eso. Él tuvo la crisis de los veinte, la de los treinta… la de los cuarenta fue horrible, la de los cincuenta ya ni te cuento, la de los sesenta no la voy a vivir porque ya no le veo. Tengo la leve sospecha de que él utilizaba eso de las crisis para hacer lo que le daba la gana y de algún modo justificar sus acciones. Igual que otros dicen que son artistas, o que son inadaptados sociales, o que son así, simplemente, para tener patente de corso y hacer exactamente lo que les da la gana.


La cuestión es que creo que se puede hacer lo que quieras sin caer en el recurso fácil de la crisis. Se trata de asumir las consecuencias. O de no asumirlas, simplemente de verlas y asustarnos, y pensar que no era eso lo que esperábamos. Como dice Sun-Tzu, aceptar la iatrogenia, es decir, eso de que las buenas acciones pueden tener malas consecuencias. Y si ocurre, pues lo arreglamos, o no lo arreglamos, o lloramos simplemente, que tampoco pasa nada.


Te veo como una especie de sucesión de crisis inexplicables, inexplicables porque desde fuera – acúsame de lo que quieras – la solución se ve muy sencilla, aunque entiendo que dé miedo, porque solucionar suele dar la felicidad, y la felicidad puede llegar a asustar mucho. Con todo y con ello, no prefiero el conflicto, prefiero ser feliz. Y me asusta, me paraliza que parezcas preferir lo contrario.


Quizá me estoy dando a engaño y veo crisis donde no las hay, porque tendría que aceptar que el fondo no te conozco, o mejor aceptar que sí, que todo es mucho más sencillo de lo que parece, que quieres una mano y al rato la rechazas, o que en el fondo te ríes de mí, porque quizá yo también esté empezando a ser pesada, a rozar el ridículo, pero es que me preocupo y no lo entiendes. O me preocupo y no te importa. O me preocupo y me equivoco al hacerlo, pero no puedo evitarlo.


2 comentarios:

carmen moreno dijo...

Jo, parece que me lo has escrito a mí. Pero, no es culpa mía, ¿sabes? Es que soy artista, es que soy así... ;)

Pablo dijo...

Hola Kika !!

Paso rápidamente a dejarte un enlace, yo sé que esto es un poco tonot, pero como es la primera vez que lo hacemos me ha hecho ilusiçon.

http://cuerdosdeatar.blogspot.com/2008/08/premio-brillante-weblog.html

Un abrazo.