10 julio, 2008

Los zapatos de mi madre

En su libro Comunidad, el sociólogo polaco Zygmunt Barman (cuya lectura me recomendaron muy acertadamente hace un tiempo) afirma:

… el privilegio de estar en comunidad tiene un precio. La comunidad nos promete seguridad pero parece privarnos de la libertad, del derecho a ser nosotros mismos. La seguridad y la libertad son dos valores igualmente preciosos y codiciados que pueden equilibrarse hasta cierto punto, pero que difícilmente se reconciliarán jamás de forma plena. Es improbable que se resuelva nunca la tensión entre la libertad y la seguridad, y entre la comunidad y la individualidad.


El mundo post 11-S ha hecho de la seguridad uno de sus valores superiores. Podría decirse que es un retroceso tras siglos de lucha por lo que se denominan los derechos y libertades individuales, como la libertad de prensa, las garantías procesales, el habeas corpus o el derecho a la propiedad privada. Estos derechos se han empleado, incluso, como indicador de desarrollo social: a mayores libertades, mayor avance civilizatorio.


Llegaron los atentados de septiembre y todo eso cambió. Se recortaron los derechos de los detenidos, con leyes como el Patriot Act estadounidense o las detenciones en Guantánamo. Y se restringieron los derechos y libertades individuales en nombre de la seguridad.


El lugar donde mejor se aprecia el dilema entre la libertad y la seguridad no es una sede parlamentaria ni la zona cero de Nueva York. No. El lugar donde sale a relucir de manera palmaria es en los controles de seguridad de los aeropuertos. En nombre de la seguridad, nos hacen sacar el ordenador portátil y la cámara para ponerlos en una bandeja, mientras las madres con bebés hacen malabarismos para plegar la sillita y coger a su hijo al mismo tiempo. Todos ponemos obedientemente la pasta de dientes y el gel (de menos de 100 mililitros, claro) en una bolsita transparente y autocerrable, mientras permitimos que nos cachee un agente de seguridad privada que no podría ni pedirnos la documentación porque sería ilegal que lo hiciera. A mi madre hasta le hicieron quitarse los zapatos en el control mientras cargaba con un ordenador y un cañón proyector.


Los zapatos de mi madre en el suelo me hicieron pensar mucho en esta cuestión del dilema entre libertad y seguridad. En esta suma cero que pretenden hacer que exista entre ambos valores. En el miedo.


El miedo es muy conveniente, amansa a las fieras y es un mecanismo eficacísimo de control social. Tenemos miedo de que secuestren nuestro avión, o de que pongan una bomba a bordo, o de cualquier otra cosa terrible. Y ese miedo, que es normal y legítimo, puede ser utilizado claramente de forma espuria. Yo ya sospecho hasta de los fabricantes de bolsas autocerrables de plástico. ¿No serán ellos los que habrán presionado para que se implantara esa norma de nada de líquidos a bordo? Una norma que además es sólo parcialmente cierta: si se compran en la zona de embarque, los líquidos sí que están permitidos.


No creo que nadie piense a estas alturas que los terroristas del 11-S pasaron armados los controles de seguridad de los aeropuertos desde los que salieron. Ni con armas convencionales ni con pistolas indetectables de plástico dignas de una película de Bruce Willis. A mí, sin caer en la conspiranoia, me parece mucho más factible que alguien les dejara las armas en algún lugar de la zona de embarque o del avión. Otro buen ejemplo es lo que demostró el padre de una de las víctimas de Lockerbie (el que sigue siendo el mayor atentado de la historia en Europa, con 270 muertos), que consiguió introducir en un avión una réplica de la maleta-bomba que estalló a bordo del vuelo 103 de la PanAm. Supuestamente, tras ese atentado, la seguridad aeroportuaria se había redoblado.


Y del mismo modo que el año pasado los medios de comunicación nos mostraron imágenes de algo que muchos sabíamos que ocurría, es decir, de los robos en los equipajes en el Aeropuerto de Barajas, ayer pudimos ver cómo un correo con quince kilos de droga bajaba como pasajero de un avión y rápidamente se disfrazaba de empleado del aeropuerto para entregar la mercancía. Un plan pergeñado, por lo visto, por un ex-trabajador que conocía bien los fallos de seguridad de Barajas.


¿En manos de quién está nuestra seguridad? ¿Estamos haciendo bien en renunciar a parcelas de libertad, incluso de intimidad – recordemos que hay que declarar incluso los medicamentos que se llevan en un vuelo – por un supuesto bien superior? ¿Quién saca partido de nuestro miedo?


Y lo más importante. En la nueva guerra del siglo XXI, esa en la que el terrorismo globalizado tendrá un papel preponderante, el bando más peligroso será, precisamente, el más débil. El bando que puede entrar por los resquicios exentos de seguridad. Estoy segura de que nadie se rasgará las vestiduras si digo que esas grietas van a existir siempre. Que la seguridad total es imposible.


Mientras unos instituyen controles basados en el miedo, nadie se pregunta por qué una persona estaría dispuesta a suicidarse en nombre de no se qué ideales políticos, religiosos o geoestratégicos.


Esa, creo yo, es la pregunta que se quedó pegada a los zapatos de mi madre. La verdadera asignatura pendiente en el dilema entre la libertad y la seguridad.


7 comentarios:

Anónimo dijo...

ay
la lucha entre bienes jurídicos!
bonito y antiguo debate...que bien prevalece???

muy interesante
besos

Redacción dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Pablo dijo...

Espectacular entrada, yo no hubiera sido capaz de describir con mayor sencillez una de las realidades (¿no-paralelas?) que definen este mundo en un jemplo tan concreto como el de los aeropuertos.

Por cierto, muchas gracias por el enlace, estar en tu blogroll es, si se puede decir así, un orgullo.

Un abrazo

NáN dijo...

Coincido con Pablo en cuanto a lo bueno que es el post.

El miedo ha sido siempre una herramienta de control. Cuanto más dictatorial un poder, más usa el miedo. Avanzamos hacia la dictadura como único medio de esconder el Sistema, así que es lógico que usen el miedo (por ejemplo, para sus negocios).

Hace tres años, mi hijo me regaló en Reyes El hombre anumérico, escrito por un matemático. Intenta usar los números como un factor de racionalidad y cuenta varias anécdotas. Una de ellas es la siguiente.

Cuando escribió el libro, un elevado porcentaje de estadounidenses había decidido no viajar en vacaciones fuera de su territorio por miedo al terrorismo.

El autor buscó las cifras y encontró que el año de más muertos era (creo recordar) 1987, cuando con el caso del Achlle Lauro murieron 16 norteamericanos.

Pues bien, eso el año que más. Lo comparó con la media de muertes por accidentes de bicicleta al año: más de 500.

Una persona racional tendría más miedo a montar en bicicleta que al terrorismo. Pero no somos racionales, sino marionetas del poder y del dinero. No tenemos que irnos a otro país para ver la rentabilidad que le ha sacado un Partido al terrorismo.

La hermaníssima dijo...

"Ellos me protegen de ti
de ellos quien me va a proteger????"

Lilith dijo...

Hm, y yo, mucho más prosaica, que no hay vez que no me quede con las ganas de hacer bromas sobre terrorismo en los aeropuertos (este humor negro mío) y que no piense en los cubiertos de metal que me van a dar al cenar en el avión...

cerillasGaribaldi dijo...

Magnífico planteamiento que se puede aplicar perfectamente a otros miedos que nos imponen: como el de la seguridad alimentaria y el riesgo cero en nuestra alimentación.

En fin, creo que en Europa se van a suavizar las medidas en los aeropuertos, vista la eficacia de la papanatada yankee.

En efecto, estamos en época reaccionaria, pero la Vieja Europa resiste y el avance de las economías emergentes en términos de libertad es muy potente (avance, no situación). Yo soy optimista.

Suze, me estoy retirando para el veraneo. Te acompañaré desde los bulevares cuando encuentre cobertura.

Pásalo bien y estruja la vida como siempre haces.

Besos melancólicos, Bob