15 julio, 2008

Acumulaciones

No voy a hacer una lista de lo que tengo que hacer.

Vaya comienzo. Después de no haber escrito nada el fin de semana ese comienzo es un asquito, pero como es real, pues nada, toca escribir esa frase, a medias acto de contrición y a medias acto de rebeldía. No voy a hacer una lista, pero debería, porque lo tengo todo acumulado, acumulado por el suelo de la habitación, sobre la cama – dentro de poco tendré que hacerme una liposucción para caber en mi propia cama de lo llena de cosas que está – en el corcho de la pared, en las paredes, en el coche. Y lo peor es que también tengo mucho acumulado en la cabeza: demasiadas historias que contar y muy poco tiempo.


Tengo que hacer lo que me he propuesto. Sentarme y meditar, cantar unos mantras y tranquilizarme. Lo que pasa es que por cada mantra que canto, la lista de cosas por hacer crece, y entonces, lejos de calmarme, me pongo peor. Me arde la boca del estómago y me enfado conmigo misma por no ser capaz de resolver más, de solucionar más, de tachar cosas del listado. No puedo dejar de pensar que esto son nervios tontos mientras doy vueltas por Madrid con una cierta sensación de fiera encerrada en una jaula. Controlando mi medio pero agotándolo por momentos.


Y eso que el fin de semana ha sido intenso. Hice muchas cosas, pero ni una sola de las que tenía que hacer. Ni el PDF para ese regalo, ni terminar la portada de mi nueva edición de fotocopias, ni ordenar mi cuarto (lo de los temas tirados por el suelo empieza a ser preocupante), ni contestar una pila de emails y SMS que me van a asegurar cabreos generales (y con razón). Nada de eso.


Puedo hacer una lista de lo que sí que hice. En mi descargo.


Vi un concierto maravilloso de Leo Minax el viernes en Libertad 8. Casi todos los habituales y algunos que no lo son tanto. La niña bonita del vestido cuqui, como dice ella. Por fin, muchas, muchas, muchas canciones nuevas. La mayor parte en portugués, y las letras son dignas de mención, poéticas, sensibles, orgánicas y tranquilas. Mi madre está empezando a elaborar una poética minaxista – de verdad – en la que ella aprecia que el tiempo es fundamental en sus creaciones. Tiene razón, porque Leo estudia el tiempo breve y el tiempo infinito, el microsegundo que cambia la vida y las eternidades cotidianas. Igual que piensa en playas y granos de arena. Yo le veo un punto Leo-rock a las nuevas creaciones también y me gusta. Mucho.

Su nuevo disco, con el título – de momento – de Da boca p’ra fora, y producido por Suso Saiz (que tuvo una actuación estelar a la guitarra), saldrá a la venta a partir de septiembre, durante el otoño. Ese sí que no me lo pierdo.


El sábado. ¿Qué hice yo el sábado? Estuve limpiando, pero no me cundió nada (hoy es martes y todo está más o menos igual que antes de un día entero de frotar intensivamente) y después quedé con el escuadrón ageriano de entrega de maquetas (estábamos todos: Irene, Guille, Lury y yo, además de adiciones como Sarah y los dos Javis) para ver a Luis Ramiro. Lo de ver fue un decir, porque la sala Caravan estaba hasta los topes, y nosotros de pie al fondo (las fotos las tengo gracias a un amigo de Sarah que me cedió su sitio un ratito para poder sacarlas). Luis dijo que haría peticiones del oyente, pero o no hubo o todo el mundo sabe ya que pedir una canción en un concierto del cantautor de San Cristóbal de los Ángeles sirve de muy poco. Repasó grandes éxitos y también las canciones nuevas (que ahora mismo pueden escucharse en su MySpace). Y lo mejor, el post-concierto. Buena música. Bailamos mucho, hicimos apuestas, quité (o lo intenté) una jaqueca con las manos y pensé poco, que buena falta me hacía…


El domingo, mi madre repitió todo el rato que estaba encantada con el plan que me inventé. Que era justo lo que quería hacer. Paseamos desde el Museo de Historia (el antiguo Hospicio de la calle Fuencarral) hasta el Cuartel del Conde Duque, en una visita Kikatemática sobre el 2 de mayo de 1808. Parecíamos habernos transformado en Manuela Malasaña y Clara del Rey, por ejemplo. En el Museo de Historia hay una colección de mapas del Madrid de la época, y una maqueta de 1828. Me encantó orientarme por un Madrid pequeñito en el que faltaba la Gran Vía, una ciudad reconocible pero sólo bajo otra cáscara. Y en Conde Duque se cuentan los acontecimientos y se dibuja a los protagonistas. Además, una pirámide en el patio recuerda lo que pasó sólo con sonidos, sin una sola imagen. Merece la pena escuchar el reloj de la Puerta del Sol, la carga de los caballos, el corazón de los fusilados el 3 de mayo… y además las dos exposiciones son gratuitas. Me queda pendiente ir a ver la del Centro de Arte Canal (la que ha montado Pérez Reverte), pero para esa hay que pagar, así que esperaré a un día en el que sepa seguro que no va a haber gente.


Después, comida en la típica taberna (qué rico todo, madre), y un heladito. Perfecto.


Claro que no hice ni una sola cosa de las que tenía que hacer.


Ay.


2 comentarios:

Queens dijo...

Poco a poco y sin estresarte, que no se puede hacer todo a la vez.

Si necesitas algo, llamame

Besos

Q

Kika... dijo...

Sí, es verdad, como siempre tienes razón, mi Queens. Y tú, igual. Poquito a poco...

miles de besos
K