07 junio, 2008

Labores de parto

Gustav Klimt, Madre e hijo (Detalle de Las tres edades de la mujer)

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Supongo que me gustan los besos con aviso de tormenta.


Así empieza o acaba un texto que escribí ayer. Da igual que sea el principio o el final. Por dos motivos. Primero, porque siempre escribo cosas circulares, donde el orden es importante, pero muchas veces aleatorio. Y en segundo lugar, porque suena a declaración de intenciones, lo que es algo bueno, aunque después las intenciones declaradas se queden en eso. En lo que vamos a hacer y no hacemos.


Después de terminarlo, me quedé totalmente vacía. Siempre que escribo algo en mode encharcamiento emocional – en este caso era una realidad tan verdadera que parecía una mentira de cabo a rabo – me pasa. No es el miedo a no volver a escribir, sino que el parto (aunque lo llame parto sin conocimiento de causa, porque nunca he parido más que letras) me deja extenuada. Por eso, cuando las mujeres van a tener un hijo, técnicamente se llama entrar en labor de parto. Es un cansancio terrible (de ahí lo de labor, trabajo), dice mi madre, que nos tuvo a la hermaníssima y a mí sin epidural. Eran otros tiempos, y pensó que podría perjudicar a sus bebés. Una hemorragia casi la mató después de mi nacimiento, y es que yo digo que las mujeres de mi familia, o entramos en el mundo de manera trágica o no nos quedamos a gusto.


Las dos, mi madre y yo, hemos ido y hemos vuelto. Sí, de ahí, de ese sitio que dicen que no existe, que es apenas un producto de los cortocircuitos cerebrales, de neuronas muertas que se van apagando. En este mundo moderno, pareciera que ya ni morir puede tener algo de poético, no digo de digno, porque con dignidad se vive, sino de poético, aunque bien mirado no sé qué puede tener de poético morir, pero sí que tiene mucha poesía eso de casi haber muerto.


Esta semana he aprendido algo importante. Aunque no creas que el tiempo pone a todos en su sitio, porque si así fuera, el tiempo sería muy injusto, y precisamente se supone que si coloca a cada uno donde debe estar… A lo que iba. Sigo sin pensar que el tiempo ponga a nadie en su sitio, pero siete días han bastado para comprobar que la vida puede llegar a ser sádica y maravillosa a la vez, capaz de dar tantas vueltas que no pueden por menos que ser aleatorias, estocásticas y casuales. No son vueltas, muchas veces son saltos mortales.


Saltos mortales que nos recuerdan que seguimos vivos. En mi caso no hace falta recordármelo, pero es que estaba empezando a pensar que buena parte de mi entorno tenía horchata en lugar de sangre. Claro que él me recordó que la sangre está bien, siempre que arda, que hierva, que bulla de actividad en las venas, siempre y cuando no sea corrosiva, ácida y deprimente, que también puede serlo. Era la misma persona que me había dicho un día antes que no escribiera sobre él, y eso que es mi trasunto favorito, o lo está siendo, o casi va a dejar de serlo porque ya hablo de él en tercera persona, o voy hablando de él gradualmente en tercera persona. Ese tránsito conmigo no se hace a la ligera: de la segunda a la tercera hay un cambio cualitativo en la relación, eso está claro. Incluso puedo entender lo que me dijo, eso de que no escribiera con él de pretexto, aunque escribí de todos modos – faltaría más – mientras mis neuronas se relamían viendo que le bullía la sangre, no por mí, pero que le bullía y pensando que eso era bueno. Tan bueno que hice lo que hice, escribir el texto para el taller, guardarlo en un cajón y dejarlo inédito.


Ayer volví a escribir, a contar la historia del Callejón de los Besos, una historia tan bonita que parecía ficción y era verdad. El parto fue rápido, casi indoloro, las letras empezaron a juntarse cuando veía la tele en un fútil intento de pensar un poco menos.


Así fue como me quedé vacía. Extenuada. Exhausta.


Pero hoy ya es otro día y vuelvo a tener cosas que contar.


Supongo que me gustan los besos con aviso de tormenta.



La canción… Collage número 3, de Moncho Otero y Rafa Mora sobre poema de Jesús Hilario Tundidor…


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