03 junio, 2008

La Latitud de los Caballos


…tengo en mis pupilas

los inviernos de París

y trescientas primaveras…

Trescientas primaveras, Álvaro Vázquez



Soy el último barco en la Latitud de los Caballos. Apenas me queda tu olor y un vago recuerdo de los colores que mi cabecita sinestésica, como la de Nabokov, te asignó antes de que saliera a navegar.


En el ascensor siempre decías que enseguida se iría el perfume. Y a mí tu perfume me parecía bien, olía a naranjas comidas al borde del mar, como huele el zumo cuando chorrea por el antebrazo y tienes que recorrerlo con la lengua para no mancharte, para no mancharte más que la lengua mientras recoges el principio del aroma de la ropa.


Inmensa como un desierto azul. Sólo hay mar aquí, y una franja infinita de calma absoluta. He venido directa y me sitúo entre los diez grados latitud norte y los diez grados latitud sur, se para el viento, no llueve, primavera eterna donde todo se detiene.


Una rodaja de mundo donde todo es desértico. El Sahara y el Pacífico. Da igual porque aquí nada sirve para hacer avanzar. Dos o tres fotos con cara triste, unas pocas malas recomendaciones y ya me siento detenida, el cuerpo dispuesto a recibir metralla mientras habla de respeto y distancias. Te respeto, pero sólo quiero suspirarte por dentro.


O bajar en el ascensor contigo.


He terminado aquí, en la Latitud de los Caballos, donde he tenido que soltar todo el lastre para hacer frente a esta calma asfixiante, casi televisiva, me he librado casi todo para no embarrancar y me estoy quedando varada de nuevo. Sólo me queda comenzar a lanzar por la borda a los seres vivos. A los caballos. Pobres caballos, que caerán sobre los esqueletos de sus congéneres ahogados por la misma quietud en otros barcos. Esos caballos eternos recibiendo la tumba líquida sin trámite ni pena, porque son o ellos o yo, o ellos vivos y yo muerta.


Vuelve tu olor y la gota de zumo de naranja. Lanzo los caballos haciéndoles creer que no se ahogarán. Dejaré que sus espíritus me persigan eternamente como retribución maldita de no recordar tu nombre, sólo tu perfume, sólo tu sonrisa.


Desperté y estaba varada en la cama.


No te movías, pero suspiraste.


Un suspiro de los buenos.

Dos buenos planes… para el martes… Suso Saiz y Leo Minax en el Búho Real… y muchos cantautores y grupos (entre los que se cuentan Lucas y El Hombre de Arena) en Clamores…


3 comentarios:

cerillasGaribaldi dijo...

Suze, te veo más Kika cada vez, vas recuperando la vida.

La Latitud de los Caballos parece un lugar de sacrificio y de liberación, eso sí, te da la vida.

Eres dura y soñadora, pero mas de soñar despierta y de soñar sensaciones.

Mañana, por hoy, no voy a Clamores, pero si vas tú, dále un beso a Xarlota, ya lo sabes.

Besos de Bob, Ignacio

en tierra de nadie dijo...

Me deja sin aliento tu prosa (como me dejaron aquellos colores tuyos en cuatricromía la primera vez que te escuché en la cueva), se me desbocan también a mí los caballos salvajes del recuerdo, me viene el olor de ciertas colonias (Acqua de Gio actúa en mí como una madalena proustiana pero en plan erótico), me vienen las ganas de recorrer con la lengua miles de gotas de zumo por algún cuerpo... en fin, que hoy me acostaré con este regusto a naranja en el paladar.

Bello post, maga Kika.

besazo

Kika... dijo...

Bob... sí, estoy recuperando, es maravilloso, vuelvo a soñar despierta, a escribir sobre sueños, a soñar en general...

besos, Suze

ETDN... gracias, gracias. Me ha encantado lo del perfume como magdalena de Proust erótica, es absolutamente cierto. Ya sabes que los olores despiertan el sistema límbico del cerebro, que es la parte más primaria, la parte más animal...

besitos y magia,
K