11 junio, 2008

El arte de la guerra (otra vez)


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Sé que recuerdas que viste en mí

las cosas que no había en la gente,

que cada lunes harías locuras por volver a verme.

Desde tu cama seguro que todo es diferente,

y por las noches te hablarán las fotos

que no pudiste hacerme.


Déjame entrar por tu ventana directo a tu cama,

y sigue durmiendo que si abres los ojos yo me iré corriendo.

Y deja que me cuele por entre tu ropa

para no tener frío,

cuando el sol nos queme tú despertarás

y ya me habré ido.

Déjame entrar, César Rodríguez



Ya he hablado por aquí de Sun Tzu, mi nuevo preparador. Un tipo interesante en muchos sentidos. No sé si incluso en todos los sentidos. Hace mucho tiempo, los preparadores dejaron de despertarme intereses de todo tipo. Aparta de mí ese cáliz, como dice la Biblia, porque que te interese un preparador es un lío. De enormes proporciones. Y me refiero a la versión laxa de la palabra interesar, que es una palabrita de cuidado, porque incluye emociones de todos los colores, como los pañuelos mágicos que anidan en las manos de los magos.


Es un lío por muchos motivos. Porque te puede dar por estudiar en plan a este lo impresiono yo, pero no sirve de nada, porque estudiando así, en plan friki, te salen ojeras y quedas como una tía rara, centrada en esto de la oposición pero un poco histérica. Eso es malo. Quiero decir, es bueno para el desarrollo del proceso opositoril, pero muy malo de cara a transformar tu interés por el preparador – sea dicho interés de carácter intelectual, físico, espiritual o todas las anteriores – en otra cosa, o en interés del preparador por ti, que sería lo más interesante.


Digo interés, y no otra cosa, porque yo ya me enamoré de un preparador. Creo que me enamoré, vamos. La cosa tuvo su gracia, porque un día en Sevilla, el soltero de oro me dijo que conocía a un tipo, con argumentos del estilo Kika, te pega mucho este chico, se llama G., se dedica a lo que tú, pero ya ha aprobado… bla …bla …bla... Y yo, que soy muy mal mandada y llevo fatal las recomendaciones en materia amorosa (para cagarla ya estoy yo solita), despaché el tema con un pues ya me lo presentarás, solterito de playmobil. A correr.


Hasta que claro, la vida ya sabemos cómo es. Un día, en el que yo iba a cantar feliz de la vida porque llevaba el tema del desarme, que me encantaba y que el tribunal suprimió hace un tiempo, entré por la puerta de la academia y veo al tipo más guapo del universo. O lo era, o me lo pareció, que para el caso es lo mismo. Hola, soy G. el nuevo preparador. Me pasé un buen rato paralizada con cara de idiota, disimulando como podía el empane considerable que me provocaba, porque a los preparadores se les respeta, y nada de tirarles los tejos, que eso es una regla no escrita de este mundillo. El caso es que canté el tema del desarme, que era muy interesante aunque nada erótico (hablar sobre armamento nuclear, químico y biológico, sobre minas antipersonal y citar dieciocho convenios en la materia no es precisamente lo más festivo que una se pueda imaginar), con sus trataditos de Bangkok, Rarotonga, Tlatelolco y Pelindaba, que tienen miga los nombres. Sin dejarme ni uno. Creo que hice el mejor cante de mi vida, totalmente histérica, controlando cada mirada, el cerebro cortocircuitado como si se me hubiera escrito un te quiero morado atravesando la frente. Al menos, tenía la ventaja de que cuando tienes preparador nuevo, es normal ponerte absolutamente nerviosa. Yo estoy nerviosa casi siempre, así que pude emplear a mi favor que nadie sabe por qué me pongo en ese estado.


Cada vez que alguien me preguntaba, yo decía: es que me gusta mi preparador. Acto seguido, me ponía absolutamente colorada y era incapaz de articular palabra ni explicar nada. Ni falta que hacía.


Pasé un año maravilloso, hasta que nuestros caminos se separaron por circunstancias que ahora mismo no hacen al caso, y que además no afectan a la historia, porque yo hablaba de Sun Tzu y del arte de la guerra. Bueno, pues yo estaba levemente interesada. Pero, como decía antes, lo de los intereses y los preparadores es un lío, básicamente porque si algo se materializa ya te puedes ir buscando otro, y cambiar de persona que te prepara es una empresa complicadísima que es mejor no acometer salvo que te encuentres en peligro de muerte o algo peor.


Los preparadores tienen algo de entrenadores de deportistas de élite, algo de sabios universales, un poco de psicólogos, de novios de guardia, de padres, protectores… Son esas personas a las que les debes confiar una parte de tu alma, mal que te pese, y ellos deben trabajar con ese material volátil, tan frágil como una taza de porcelana.


Sun Tzu es bueno en su trabajo. Y extremadamente inteligente. Por eso me gusta. Por eso me interesa. Pero me temo que no lograré destacarme del mobiliario porque no sé, pero creo que no le intereso. Seguro que resulta mucho más excitante una chica con un lagarto tatuado tras la oreja derecha. Lagarto, lagarto… Me dan ganas de gritar que me haga caso, me dan ganas de exigirlo, que para eso pago y puedo demandar lo que quiera sin esperar censura. Pero no. Ya me cuido sola, supongo. Al menos, después de cuatro años de oposición, voy aprendiendo.


Me he comprado un sombrero enorme y no he tenido oportunidad de ponérmelo aún, porque no hace sol, ni calor. Eso es bueno para el examen. A partir del viernes, como si hace cuarenta grados. Pero prefiero no ponerme el sombrero de momento. Ni cambiarme de preparador.


¿Eso es que por fin opera en ti la razón por encima del corazón, Kika?


No. Es sólo que no quiero que haga calor. De hecho, los exámenes sacan lo irracional que hay en mí. De verdad.


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