28 mayo, 2008

Piel de papel

La energía creadora se esconde en cualquier parte. Es difícil de encontrar, no viene a demanda, de hecho no hay nada peor que insistir llamando a la inspiración, tenga ésta que venir en forma de musa o de brizna de viento. Tiene mucho de inoportuna, y más aún de esquiva.

Claro que se puede hacer arte sin inspiración. Pero se nota, me parece a mí. Le falta alma, como diría Pablo Ager, o le falta aura, como diría Baudelaire. Da igual lo que le falte, pero le falta algo y se percibe con relativa facilidad.

No sé qué cuernos es la inspiración, ni qué forma tiene. Sólo sé cómo la invoco, o dónde la busco, o qué calle recorrer para llamarla.

En el fondo no sé nada de eso.

Sé de qué huye. En mi caso, huye de la estabilidad, de las tres comidas al día, de la planificación extrema, de las agendas demasiado llenas, de hacer siempre lo mismo, de no hacer lo que quiero.

La verdad es que no puedo quejarme, porque no sé si es porque mi imaginación es tierra fecunda o porque la inspiración no es algo que está en algún sitio sino que la llevo conmigo. Recuerdo que una vez escribieron por ahí… inspirándome en la siempre inspirable Kika… Quizá la palabra sea inspirable. Vamos, que estoy ahí, y respiro, y digo, ven aquí, musa, que te mastico y te trago…

Esto no era lo que iba a contar, pero claro, a mí me ocurre mucho esto de que voy trotando de un tema a otro sin ton ni son. Eso no es por culpa de la musa, es porque soy una persona dispersa.

Bueno. Al grano.

Me acostumbré bastante pronto a llevar siempre lápiz y papel encima para recoger cualquier idea que pudiera surgir. Nunca se sabe cuando te va a llegar la inspiración, me decía a mí misma. Y si llega, mejor es que te encuentre preparada. Enseguida descubrí que eso del papel y boli era muy práctico para apuntar los teléfonos de la gente, escribir acordes de canciones (por aquel entonces tocaba mucho más la guitarra) y pasar notitas en clase, porque mi primer móvil lo tuve estando en la universidad. Hasta entonces, los teléfonos iban a la agenda, una cursilona con estampado de rosas inglesas, y siempre procedían de pedacitos de papel, tan variados como cochambrosos o de cuadernos. Yo era una chica pegada a un cuadernito.

Lo sigo siendo.

Hasta me gusta dibujar cosas que empiezan en plan naïf y terminan en carcinoma.

Pero una noche me ocurrió que no tenía papel. Ni una hojita, ni una brizna. No podía levantarme a buscar nada, porque no estaba en mi casa y tampoco era cuestión de despertar al ser humano, género masculino, que tenía al lado. Después de todo era su cama, y a ver cómo explicaba yo que me había dado por escribir a las mil de la madrugada. La típica frase de “no estoy loca, ya sé que lo parezco, no te asustes, anda, dame papel que escribo una cosita y ya está”.

Sólo pude alargar el brazo hasta mi bolso, que intuí en el suelo. Digo intuí porque no se veía desde donde yo estaba, y claro, cualquier desplazamiento, aunque fuera milimétrico, amenazaba con despertar al ser humano, jorobándome de paso mi hilito creativo, fino y transparente como los de las telas de araña.

Metí la mano en el bolso y recé por sacar el cuaderno que tiene un boli metido dentro de la espiral. Si no es eso, que sea el móvil, por favor, por favor. Lo apunto en un mensaje y hala, a guardarlo en borradores.

Sólo había una oportunidad… y saqué… el lápiz de ojos del Mercadona. Si no se me olvidó lo que iba a escribir del susto ante tan inservible hallazgo fue porque según se me dibujaba en la mente la clásica frasecita de cagüentó, se me ocurría una idea.

No tenía papel, pero sí un ser humano que debía estar mucho más profundamente dormido de lo que creía porque no se había dignado ni a refunfuñar ante toda la guerra creativa que tenía montada en una esquina de la cama. Así que cogí el lápiz de ojos kajal 01 black y comencé a escribir sobre el lienzo inconsciente que tenía al lado.

Lo dejé hecho un primor, al pobre.

Menos mal que no se asustó cuando se despertó. Siempre tengo suerte con estas cosas y a los afectados terminan por hacerles gracia.

Por la mañana, el humano se estuvo quietecito hasta que transcribí lo escrito, y después…

Algunas frases que escribí esa noche terminaron en poemas, otras están guardadas en el cuaderno, y otras se le quedaron obstinadamente pegadas a esa piel de papel que él tenía. Nunca mis palabras se escribieron sobre mejor soporte.

Ahora mismo, sólo recuerdo una de las frases que escribí, que venía a propósito de eso de la energía creadora que decía al principio. No, si ya sabía yo que había empezado por ahí por algún motivo…

crear
es
saber
mantenerse
en pie
sobre
cristales rotos


La foto… no es el hombre de papel, sino mi piel reeditando aquel momento…

2 comentarios:

LeBuffon dijo...

Me gusta tu blog.
Saludos!

Kika... dijo...

Muchísimas gracias!

He pasado por el tuyo y también me ha gustado!

besos y magia,
K