21 mayo, 2008

Atajos


… no hay atajos para olvidar,

no hay atajos que permitan olvidarte…

De Un cierto calor, muy leve



Cuando dejo a alguien, o alguien me deja, o algo se acaba, trato de enmendar las costumbres adquiridas durante el tiempo en el que compartimos algo. Intento dejar de pasar por las mismas calles, romper los hábitos y abandonar los bares. No es sencillo. Y ni siquiera puedo decir que haya que hacerlo. De hecho, me fastidia sobremanera. Es como si se iniciara una lucha dentro de mí en la que dos voces gritaran de manera antagónica. Una dice que es mejor alejarse, la otra que por qué voy a dejar de hacer cosas que me apetecen.


La cuestión adquiere una consistencia cercana al drama cuando la zona prohibida es zona de paso más o menos habitual. Y a mí me ha ocurrido hace bastante poco. Para ir a clase de francés, siempre atajaba por una callecita del centro, de esas en las que el ayuntamiento puso unos adoquines espantosos de cemento. No tengo nada en contra de los adoquines, todo sea dicho, pero me gustan los pavé de verdad, no esos artificiales. Igual que no me gustan los bolardos o los arbolitos raquíticos encerrados en alcorques patéticos. Pero vamos, no soy la asesora de urbanismo – o decoración urbana – de Gallardón, así que me puedo quejar sin causar efecto alguno.


El atajo es buenísimo. Me ahorra unos cinco minutos de un total de veinte de recorrido, cuatro semáforos y además me gusta esa calle, porque hay tiendas carísimas pero preciosas y en una venden cascos de moto que me encantan.


Pero no había vuelto a pasar por ahí desde hacía casi un mes, condenada a tragarme los cuatro semáforos y los cinco minutos extra una vez a la semana por lo menos. Bueno, a eso y a no poder vigilar si vendían el casco rosa que tiene un superdescuento y que estoy esperando comprarme cuando por fin cobre el sueldo de abril. Lo que más me jorobaba era lo del casco. Bueno, no. Lo del tiempo añadido. Bueno, tampoco. Lo que más me fastidiaba era no poder pasar por donde a mí me diera la gana en nombre de no sé qué sistema estúpido de higiene mental. O en nombre de a saber qué miedo a la depresión.


Pues ayer volví a pasar. Y por una serie de avatares que ahora mismo no hacen al caso, dos veces. Una con el coche, con Quique González a todo volumen a modo de pantalla musical contra el desaliento. Y la otra, a pie, para ir a buscar un libro a la antigua casa de mi preparador de francés. De paso, aproveché y me compré unas alpargatas que me llevé puestas porque ayer por la tarde hacía calor. No sé si el calor suficiente, pero bueno.


El casco sigue en la estantería de la tienda. Menos mal. Si me lo llegan a quitar… bueno, si me lo llegan a quitar tampoco habría pasado nada. Como no pasó nada al atravesar la calle. Como no pasó nada al pasear por la acera de enfrente.


Ahora que lo pienso, sí que pasó.


Mucho.


Pero eso ya forma parte de otra parte de esta historia paralela y entrecruzada.

La foto… no es la calle, pero sí los adoquines…


De nuevo… hay comentarios (y hay emails) sin contestar… pero contestaré…


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