26 mayo, 2008

604.800 segundos después


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Una semana, cuando se te hace corta, es sólo una semana. Como mucho, tiene siete días que se pasan volando entre carreras, cosas que hacer y cosas que no hacer. Normalmente mis semanas transcurren así, se van en un suspiro, las vivo a tope y no hago más que desear que el día tuviera otras veinticuatro horas para que me diera tiempo a hacer todo lo que tengo que hacer.


Esta semana no. Cada una de las ciento sesenta y ocho horas me han pasado por encima para dejarme apisonada. Cada uno de los diez mil ochenta minutos se me ha hecho eterno, aunque cada uno de ellos estuviera compuesto por los sesenta segundos de rigor.


Siete días que son seiscientos cuatro mil ochocientos segundos. No todos han sido espinas, porque he tenido bebidas con miel de Lady K, helados de QueensChocolate y un foroforero con Denominación de Origen Somontano. Menos mal.

Si yo fuera la Reina de Inglaterra, habría calificado estos siete días de Semana Horribilis y me habría quedado más ancha que larga. Una semana en la que empecé fingiendo que lo pasaba fenomenal en una boda, mientras lo que en realidad ocurría era que tenía ganas de morirme, ni siquiera ganas de matar, porque si hubiera expulsado lo que tenía dentro, habría habido salpicaduras de sangre y otros efluvios corporales mucho más asquerosos sobre la elegante alfombra del hotel. Recuerdo que llamé a Lady K medio escondida tras unas puertas de cristal. Y ella me dijo que algo no iba bien por mi risita nerviosa, y exigió hablar con él, y le advirtió (eso lo sé ahora). Después, sucedieron cosas increíbles, los mensajes de móvil para hablar con la persona que tenía sentada al lado en la cena, las caras de desesperación tras el maquillaje, aquello de decir que lloraba de emoción cuando en realidad no sabía por qué lloraba. Recordar unos brazos y a mí acunada dentro, y no terminar de comprender nada. Se te escapa, Kika, se te escapa.


Más tarde, no sé si fueron segundos, horas o días, me di cuenta de que el mero hecho de pensárselo, de apostar, de querer no era suficiente pero sí que me servía y me salvaba de la decepción absoluta. Un por lo menos que no estaba mal del todo, habida cuenta de cómo empezó la cosa. Pasaron horas sin dormir, que luego se convirtieron en días. Pero en el fondo la espera mereció la pena. O algo.


Pero claro, yo no soy Isabel II, ni tampoco puedo echarle la culpa del mal momento al hijo tonto o las nueras casquivanas, que eso siempre queda bien y nos exime de responsabilidad. Soy más bien… Carla Bruni, salvando las distancias. Y me he desnudado – metafóricamente hablando – y ahora sé que la semana ha terminado y cada persona ha quedado en su sitio. Unos, en el cajón que tiene una etiqueta amarillenta donde pone “decepciones”. Otros, en el cajón donde dice “para siempre”.


Al final, sea horrible la semana o no, cuentan los para siempres. Las decepciones ya me las quitaré de encima. O me reiré de ellas, como creo que haría la Bruni.



Otra versión… el King of Pain de la Morisette…


2 comentarios:

Xavie dijo...

Ánimo, Kika.
Lo bueno de escribir es que te das cuenta de que no hay mucho diferencia entre inventar y recordar.
Intenta recordar con cariño ;-)

Un saludo,
X.

Kika... dijo...

Tienes mucha razón: cuando escribo activo muchos mecanismos que tienen que ver con el recuerdo... lo que pasa es que los recuerdos, en mi caso, en el tuyo, en los casos de todos los que nos dedicamos a escribir, caen sobre una especie de campito abonado y fecundo... y florece lo que sea...

... yo siempre intento que las inflorescencias sean lo mejores posible, porque si no se quiere escribir, entonces hay que olvidar...

besos y magia (y gracias)
K