22 febrero, 2008

Viki

Viki hace fotocopias en la segunda planta de la Torre de Babel.

En ese singular edificio hay dos periódicos chinos, un mediador social que habla ruso, una academia de inglés, un hostal que debe ser muy bueno porque está permanentemente completo, una empresa de envíos a Latinoamérica y otras catorce mil oficinas con aspecto más o menos dudoso. Y mi academia, claro, porque de otro modo creo que nunca habría conocido a Viki.

Los opositores tenemos un buen presupuesto para fotocopias. Quizá sea porque las nuevas tecnologías no han llegado con demasiada fuerza a nuestro negocio. Casi todo se sigue escribiendo a mano, se funciona con temarios de hace tiempo… y claro, nada está en CD-Rom ni nada por el estilo. Preguntadle a un opositor qué significa cortar y pegar en un documento… y os sacará las tijeras y la barra de Pritt…

Conocí a Viki un febrero de hace cuatro años. Bajé desde la academia con veinticinco temas y empecé a sacarlos mecánicamente de sus fundas de plástico. Supongo que ella había visto la escena ya un millón de veces, un millón de opositores con los temas, todos con la misma cara de miedo primero, después de ilusión, y algunos, al final, de resignación.

Viki habla bajito, y una leve parálisis en el labio superior hace que sea difícil de entender. Es rapidísima haciendo fotocopias y no hay encuadernación, impresión digital o composición que se le resista. Me cayó bien desde el principio. Quizá fue porque se movía deprisa, o por su pelo largo y rizado, o por la media sonrisa que es en realidad una sonrisa entera.

Un día pasamos del “son quince céntimos” al “hola, me llamo Kika”. Y desde entonces, siempre me pregunta por mi oposición, si la tienda está llena, y por mi vida cuando no hay nadie. Yo le cuento, y ella fotocopia y encuaderna con todo el cariño del mundo. Las dos apoyadas en el mostrador, respirando ese aire irrespirable de ozono que hay en la copistería. Me lleva las ausencias, me riñe si estoy triste, pero lo hace tan bien (la media sonrisa paralizada ayuda a regañar con más cariño, supongo) que siempre terminamos riéndonos de los preparadores negreros pero guapos, de la lluvia y de los ordenadores atascados.

Sabe que escribo. Pero no me lee, porque no sabe que tengo blog ni nada de eso. Sólo ve mis cuadernos, mi agenda, lo que fotocopio, y le sorprende que entre tanta ley y tanto tema y tanta cosa rollo a veces haya poemas, o textos cortos, o engendros dibujados con rotuladores de colores.

Ayer me dijo que me veía más delgada, con peor cara. Le conté que había suspendido, y ella me preguntó si me había venido abajo. Un opositor profesional nunca reconoce algo así. Pero yo soy una opositora bizarra, supongo. Sí, me ocurrió. Pero ya estoy mejor, ya ves, además hubo alguien por ahí, y estoy currando, y Viki, ya no tengo tanto miedo, ya no tengo tanto…

Ella me da las encuadernaciones y me dice, gritando:
- ¡Que te vaya bonito, Kika!

A ti también, Viki, a ti también.

Porque más que fotocopiar papeles, has fotocopiado mi vida.


Un día de estos… entré en el contador de visitas del blog, casi nunca lo miro… y vi que ya había igualado el número de visitas que tuve el mes de febrero entero del año pasado. Así que decidí que cada visita más sería un regalo, así que me voy a esmerar aún más (si cabe) con los posts. Como primer premiecillo, la exclusiva de la programación de marzo de las Noches de Desakordes (gracias Henar)…

Y una recomendación… esta noche Julio Hernández en el Café Galdós…

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