08 febrero, 2008

Una victoria pírrica

Comme dans une série B,
On est tous les deux mauvais.
On s'est moqué tellement d' fois
Des gens qui faisaient ça.
Mais j' trouve pas d' refrain à notre histoire.
Tous les mots qui m' viennent sont dérisoires...

J'te l'dis quand même, Patrick Bruel


Una victoria pírrica es aquélla que se consigue con fuertes pérdidas en el propio bando. El nombre proviene de Pirro de Epiro, quien logró una victoria sobre los romanos con el coste de miles de sus hombres. Se dice que Pirro, al contemplar el resultado de la batalla, dijo: otra victoria como esta y volveré solo a Epiro.

El diccionario de la Real Academia Española define este término como: dicho de un triunfo o una victoria, obtenidos con más daño del vencedor que del vencido.



Es muy fácil dibujar a alguien como si fuera lo peor que nos ha ocurrido.

Basta con tomar todos sus errores y defectos y relatarlos en rápida sucesión.

Y además se puede hacer con la tranquilidad de no haber dicho ni una mentira.

Nadie sale indemne de tal análisis, aunque sepamos que es como mirar a los demás con lentillas de espejo deformante. Abel se convierte en Caín, el cielo en el infierno. Y la realidad, llena de facetas, carente – al menos en mi opinión – de cuestiones demasiado absolutas, se convierte en una caricatura de sí misma, porque retratar al otro únicamente mediante los trazos de su lado malo puede ser, en un momento dado, una manera de consolarnos, pero también de engañar a la conciencia.

Cuando se tiene conciencia, claro.

Quien no lo haya hecho nunca, que levante la mano. Yo me sorprendí haciéndolo anoche. Bueno, no. Me sorprendieron construyendo mi propio esperpento. Me recordaron lo bueno, lo que no había contado. Aquello que, convenientemente obliterado de la memoria, hace que seamos de otra manera, que las historias no se cuenten en términos tan trágicos. Entonces, el espejo interior que le estamos aplicando al otro pasa de estar en el Callejón del Gato a ser... el del cuarto de baño. Igual de inmisericorde, pero al menos un poco más real. Así que devolví los recuerdos que procedían al espejo del cuarto de baño y lo bueno volvió. Menos mal.

Claro que también podría preguntarme, una vez fustigada mi conciencia o lo que queda de ella, por qué ocurrió. Por qué sólo contaba lo malo. Por qué lo bueno se había borrado.
Y no sé si tiene algo que ver, pero me recordó a eso que dice Lady K.

Eso de que, a veces, personas a quienes queremos o hemos querido, comienzan a acumular papeletas virtuales como si lo que quisieran fuera que les echáramos de nuestra vida con cajas destempladas, gritando ¿es que no ves que me estás haciendo mucho daño? Cuando alguien a quien quieres empieza a hacer eso, sólo quedan dos opciones. Hacer oídos sordos, aún a riesgo de perder la dignidad. O mandarle a la mierda, directamente. Lo malo es que en los dos casos se sale perdiendo.

Algunos me dirán que hay una tercera opción. Hablarlo todo, ver qué ocurre, solucionarlo si se puede. Sin embargo, cuando alguien carga la barca constantemente con la intención de provocar una ruptura (no me refiero aquí a una ruptura amorosa, o al menos no necesariamente, sino a una ruptura de una relación, sea esta del cariz que sea), lo que menos quiere hacer es hablar.

Es difícil ver que sólo está soltando lastre. Y que lo hace de una manera lamentable, porque aunque quizá no busque el dolor, lo produce. Que te suelten como lastre es duro. Que tengas que soltarte tú como consecuencia de los incomprensibles actos del otro es muchísimo peor.

Eso si se logra mantener la calma y no se termina por hacer algo irremediable.

Al final de todo, de poco sirve creer – o incluso saber perfectamente - que somos la persona a quien el otro quiere realmente, que somos quien mejor le conoce, que somos más leales con él y siempre lo seremos, que ocupamos un lugar en alguna parte de su alma, que somos los deseados, los perseguidos, en definitiva los importantes en su vida.

Porque si el otro elige soltar lastre o cargarse de otro lastre nuevo, o recuperar algún peso muerto del pasado, estar seguros de todo lo anterior no es más que una victoria pírrica.

A pesar de que, si se analiza la situación, ni el lastre nuevo, ni el viejo, ni quien hace malabarismos con ambos, ganan nada en el juego.

O, como mucho, obtienen una victoria pírrica.

Como tantas en la vida, por otra parte.

4 comentarios:

Jaco dijo...

Lo que más me gusta de este blog es que las palabras cuentan vidas. Normalmente la tuya, pero no sólo esa.

Anoche no estaba bien, enumerando todas las cosas malas, y dándome cuenta de que cada minuto que pasaba la otra persona, se ganaba una papeleta más de esas que dice Lady K.
Pero nadie me sorprendió haciéndolo hasta esta mañana, cuando leí este post.

Y sí, la tercera opción existe, pero cuando quieren hablar, lo que no quieren es escuchar lo que les tienes que decir ni como te sientes. Se hace todo más difícil...

No me queda más que mandarte un beso, porque para explicar como me siento, sólo tengo que volver a leer el post.

Jaco dijo...

Kika, te he dejado el post prometido en mi blog.
Un beso

Kika... dijo...

Jaco, estoy intentando comentar para agradecerte la referencia, pero no me deja, da un error...

... así que de momento te doy las gracias desde aquí...

Y te digo que muchas veces, cuando nos acosan con papeletas de esas de las que dice Lady K, lo mejor es tener un poco de instinto y protegernos. Porque de ahí no puede salir nada bueno.

Pero vamos, como dice el refrán "consejos vendo que para mí no tengo", porque luego me meto hasta la cocina... y a sufrir...

Besitos y magia,
K

jaco dijo...

Parece que ahora sí que te dejó ;-)

Igual a veces es mejor protegerse de esas papeletas, pero tengo que admitir que también me daría miedo las consecuencias de hacerlo...

He conseguido hablar con la otra persona, y que nos escuchásemos. Si es posible, es la mejor solución.

Cuando uno se cansa de perder, creo lo mejor es olvidarse de la derrota y considerar sólo los detalles que te dan un atisbo de alegría y victoria.
A ello me dispongo desde ya.
Un beso