07 febrero, 2008

Martes (o Tres historias)

El martes se me caía la casa encima. Despacito, primero un trocito de pintura. Después el desconchón crecía, se revelaba el esqueleto del piso: las tuberías y los cables metidos en sus rozas, los tabiques de mala calidad, esos que dejan que se oiga cada chirrido de mi cama y la radio del vecino. Los nidos de las hormigas y el papel pintado de los armarios, digno de una película de los años setenta.

Se cae. Se me cae encima. Es un hecho. Me sacudí la cal del pelo en un gesto de mala leche.

Un mensaje por el Messenger. El amigocoraje me dice que si quiero ir a dar una vuelta en la moto. Tengo que reconocer que hasta estas vacaciones, nunca había ido en moto. Bueno, que yo recordara. Porque mi tito me llevaba a veces en la moto cuando era pequeña y me encantaba el olor de su casco negro por dentro.

Mi madre siempre le gritaba. Pero yo me iba con el casco más feliz que la Hormiga Atómica.

No sirvo ni para paquete, o eso creo que me dijeron. Aunque al amigocoraje no pareció importarle, me enseñó a ponerme el casco (que para quitármelo en plan busco a Jacqs ya estoy yo) y volamos por la calle Alcalá hasta el centro. El viento que entraba por el casco – no por las manos, he aprendido que hay que llevar guantes si se quiere ir en moto – me aliviaba la presión del nudo en la garganta enviándolo de vuelta al estómago. Yo, feliz bajo las luces, mirando los edificios, los rincones bonitos y los feos, sorprendiéndome por haber salido de casa cuando debería haberme quedado, porque es martes, tengo sinusitis, y ayer me recogí tarde, y tengo que estudiar, y… y…

Sólo podía ajustarme la visera del casco. Como las pasajeras profesionales, aunque soy demasiado alta como para ir en moto con gracia y dignidad. Pero tengo equilibrio de patinadora, menos mal, y ya le voy cogiendo el punto. Supongo que acostumbrada al coche, la moto siempre da algo de respeto. Bueno. Después del martes, no. O no tanto.

Durante la cena, me volvió el nudo en la garganta. Porque hablamos un poco de todo, un poco de algo, pero lo mejor fue una historia que él me contó. Al principio parecía un cuento, más tarde una novela y finalmente una película. Pero lo mejor no era lo que contaba, sino cómo lo contaba. La expresión de los ojos y de la cara. La ternura y la verdad. He pensado que debería escribir su historia y regalársela.

Y de ahí, a otra parte. A demostrar que tengo ya el carnet de realizadora en prácticas, además del de paquete de moto en prácticas. Aunque voy mejor con el segundo que con el primero, creo. Espero que a estas horas no haya gente con dolor de cabeza debido a mis primeros planos, planos medios y cosas así. Aunque sólo me faltaba la L, mi compañero de paddock (hay que ver lo que unen las mañanas en las carreras) pidió que me contrataran…

La chicactriz está cansada. Tiene cara de cansada y yo le doy un abrazo porque sé que así se transfiere un poquito de energía, y a ella parece faltarle a pesar de que viene vestida de negro, verde y rojo, los colores que hay en las tiendas. Y viene la segunda historia de la noche. Mejor dicho, la segunda y la tercera, en rápida sucesión, la mía y la suya, la de mi sábado
, con todos los detalles. Ahora pienso que si hubiera contado esos detalles el texto habría sido aún más chocante. Más divertido.

Pero también me gusta que esos detalles sólo los sepa ella.

Para que le dé una risa tonta cuando lo relea. Que eso nunca viene mal.

Suma y sigue la noche. Se va el amigocoraje, la chicactriz se queda, y yo sigo, sigo, sigo, porque mi hombro izquierdo se empeña en salirse del jersey, porque no atiende a razones.

Camino por la calle entre mis amigos de la limpieza, que me saludan, a mí o al hombro, pensando en todo a la vez, pensando en nada, inspirada por casi cualquier minuto, hasta que llego al Junco, y allí espero, llega el escuadrón nocturno y a seguir, conocer, ver. Dejar que me comparen con una mujer japonesa, según el que compara, ella es toda lentitud y sensualidad, mientras que yo muevo el pelo como el viento del Cabo de Gata. Pero claro, ve mi hombro izquierdo y tiene que concederme que mis gestos no son producto de la civilización occidental.

Mientras, el hombre en segunda persona brilla. Y el hombre en tercera persona brilla también, pero de manera distinta. Vuelvo a sacar mi psicología felina de andar por casa, y mi hombro me habla bajito, tan bajo que casi no se oye, me dice lo que tengo ganas de hacer, y algo en alguna parte me dice que mañana trabajo.

Me habría quedado. Qué ganas. Pero hay muchos días.

Eso lo sabe mejor que nadie mi hombro izquierdo.

Creo que a estas alturas, esa parte de mi anatomía se merece un post para él solito. Se lo ha ganado.


(mientras, te dejo que me lo muerdas, en segunda persona, así como por casualidad, él promete que no se le subirá a la cabeza y que no lo considerará más que un mordisco)

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Y te escribo anónima porque sabemos quienes somos y eso ya es mucho...me encantó esa noche que pronogsticaba "engorde" y fué un abrazo que te agradezco y que supiste dar y un seguir aprendiendo de y contigo.
Ser tu complice al contarme tus geniales ataques de vida es un honor Rubia!
Te mando un bexo y un add a mi blogo. Graxias y dejemos de pensar con la cabeza

Anónimo dijo...

tú sí que brillas!
si es que no hay como pararse 5 minutos y darse uno cuenta de lo bien que se está... con uno mismo (o su otro yo, o su paraleelo)
tu otra L
besos

Kika... dijo...

anónima... eso, ni falta que hace, que ya sabemos quienes somos y dónde estamos...

... fue un placer darte un abrazo y tratar de revertir el orden energético del universo, que es, en el fondo, lo que a mí me gusta...

... eso y hablar de las deudas pendientes y construir una filosofía de la vida que vale para darse abrazos...

(he abierto una puerta a tu mundo desde aquí también)

L... es verdad, hay que ver la luz propia, y la de las contrapartes paralelas... y en eso tengo suerte porque tienes mucha luz tú también...

Besos y magia a las dos,
K