17 febrero, 2008

El post de repuesto (mensO lo titularía, quizá, La vida es la leche)

Mi madre siempre dice que eso que venden en el supermercado, en los tetrabriks, no es leche, sino una especie de destilado plástico que a saber qué contiene. Es imposible – o eso dice ella – que la leche pueda conservarse tanto tiempo sin estropearse. Por eso, en mi casa se bebe leche fresca, una que necesita estar en frío, que hay que comprar cada cuatro o cinco días (si no se ha terminado antes) y que se agria con singular facilidad.

Es material delicado, la leche fresca. Cualquier error u omisión a la hora de manipularla o conservarla resulta en que se estropea. Y hay pocas cosas más asquerosas que echar mano de la botella de leche a las siete de la mañana y comprobar que se ha pasado de fecha por la vía rápida, es decir, cuando ya te has tragado una cierta cantidad.

La hermaníssima es experta en saber cuándo caducará la leche. La prueba y dice que le queda un día, o dos días, o que se estropeó hace dos. Yo de eso no tengo ni idea, aunque los que me conocen saben que no se trata de una alarmante falta de papilas gustativas, sino al hecho de que consumo leche de soja. Tanto es así, que si decido beber leche de vaca a veces tengo que pedirle a mi hermana que compruebe que no me voy a envenenar.

En algunas ocasiones, la consistencia de la vida (porque life’s a bitch, que diría hidden_angel) se parece sospechosamente a la de la leche fresca. Un minuto todo es perfecto, y al siguiente el delicado equilibrio de la botella de leche se trastoca y todo se va al carajo. Si sólo estabas observando cómo otra persona probaba la leche fresca, no serás más que un daño colateral, porque te tocará ir corriendo a coger un vaso para que escupa, o darle un poco de agua o un chicle para que se le quite el mal sabor de boca.

Pero si eres tú el que te bebiste un trago decidido y de pronto ese mismo trago se te enrancia en la boca, te darán ganas de vomitar mientras pones los ojos en blanco.

Y si encima estás acostumbrado a la de soja, como es mi caso, quizá incluso te hayas tragado una parte de lo bebido. En ese caso, al asco se añaden la confusión y el hecho de no entender nada. O la sensación de que, aun comprendiéndolo todo, la leche pasada te produciría exactamente las mismas ganas de echar hasta la primera papilla. No soy como la hermaníssima.

No veo que la leche (o la vida) se está caducando hasta que la situación se produce. En mis narices. Cuando ya me he tragado una parte.

Y por muchas ganas que tenga de llamar a las autoridades sanitarias para que controlen el posible brote de listeria debido al consumo de leche en mal estado, no hay nadie a quien decírselo.

Así que escribo este post de repuesto, que no es lo que tendría que haber aquí hoy a estas horas, porque yo iba a contar un cuento precioso sobre noches y casualidades y estrellas rosadas y marionetas y animales mitológicos y un hombre que meaba en cada esquina. Lo juro. El texto me había aparecido completo en la cabeza, casi de golpe, bello y contundente como lo son los buenos posts. Bello y contundente como era todo hasta que me bebí la leche estropeada.

Las subsiguientes ganas de vomitar han hecho que desde Almirante hasta Martínez Campos (casi diez minutos caminando, para los que no sean de Madrid), haya ido voluntariamente borrando todas y cada una de las palabras de ese texto maravilloso. Bueno, ahora digo que era maravilloso, pero ya no lo sé porque lo he obliterado. No me voy a quedar ni con el título, que es lo único que seguía recordando.

Lo olvido cuando quiera.

Por ejemplo, ahora mismo.

Delete.

Creo también que era un post de paz, pero a quién coño le importa mi paz interior. Y menos un sábado por la noche. Desde luego, no le importa a quien me deja bebiendo leche caducada.

Ahora he vuelto a casa y me asomo para ver que sólo hay tres ventanas con luz. La de la vecina del portal de al lado, que no puede conciliar el sueño desde que su hija murió en un accidente de coche hace unos años. La de la escalera en el tercero, indicación segura de que mi vecina de ese piso está echando un polvo con su novio en el rellano.

La tercera ventana es la mía. Pero todos saben que escribo a horas raras, y supongo que lo aceptan igual que a la madre que llora por su hija y a la vecina del tercero y su novio.


La foto… mis ojos en el retrovisor cuando volvía a casa. Menos mal que siempre llevo la cámara en el bolso.

6 comentarios:

NáN dijo...

Me gustó mucho lo de la vida fresca.
Lástima que no haya vida de soja.
Pero bebas la vida que bebas, o eres de los que se van antes de tiempo o de los que se quedan para descubrir que la vida de ese modo se ha vuelto rancia.

Los segundos, suelen sufrir más, pero lo de los primeros, los escapistas, es mucho peor: no haberse terminado nunca la vida buena y fresca que les había sido concedida.

Muy bien, KikaT. Un gran post. A ver si un miércoles de estos haces un acto de magia y te presentas en el Taller con un texto.

Kika... dijo...

Grcias NáN. Es verdad lo que dices, como siempre. Y yo soy de esas que se beben la vida a tragos, aunque sufra.

A veces me pregunto si esa actitud un poco kamikaze no tendrá algo de patológico. La hermaníssima dice que no: que es mi lado artístico que gusta de caminar por los filos de todas las navajas. No sé.

Y esta semana voy. Sin falta. Con un texto raro que no sé si será exactamente lo que había que hacer.

Bueno, yo lo que tengo que hacer es magia, y eso puedes estar seguro de que lo haré.

(Tengo ganas de verte a ti y a toda la gente del taller.)

Besos (y un toque de varita)
K

PS Y sí, que lástima que no haya vida de soja: sin lactosa ni colesterol y con muchas más hormonas (ja ja ja)

jaimegti16v dijo...

sí, life's a bitch and then you marry one

Ignacio dijo...

Nunca habría relacionado la leche con un bajón existencial. ¡Pobres los que no los sufren!

Tú madre tiene razón con la leche fresca, no se puede beber otra. En cualquier caso, la de brick se corta también (no tan a menudo, por su caducidad tan larga) y puedes dar el mal trago que tan bien has descrito. Yo soy del mismo genotipo que tú en cuanto a leches agrias y mi hermano idéntico a tu hermanísima. ¿Podría Mendel explicar esta variación genética?

Ignacio dijo...

La foto increíble, se me había olvidado. Gracias a tú cámara.

Kika... dijo...

Ignacio...

... no creo que la genética mendeliana explique la habilidad de detección de leche caducada... como dice la hermaníssima, cualquier día de estos me enveneno!!!!!! Y sí, claro, pobres los que no sufren bajones existenciales... aunque es preferible sufrir subidones existenciales (ja ja ja ja)...

Besos y magia!
K

PS Seguiré con la cámara a cuestas, y visto que te gustan, voy a sacar muchas más fotos!!!!