02 enero, 2008

Ninguna de las anteriores

Querido Lobo:
Querías que te contase el final, y te lo voy a contar. Claro que el final tiene poco de final, más bien tiene algo de principio entrecortado o, aún peor, de explosión con ramificaciones. Ya te lo dije ayer. Las historias son muy sencillas, lo complicado son las ramificaciones, las alteraciones en las circunstancias y los efectos secundarios (sean consecuencias no esperadas o daños colaterales).

Primero, el diagnóstico. El primero vino de quien mejor me conoce, lo que no es sorprendente, porque claro, ella dice que es como si me hubiera parido y le bastó leerme la cara cuando nadie más la veía. Me advirtió, me aconsejó e incluso dijo algo acerca de lo que haría si las circunstancias fueran otras. Si los actores no fuéramos los que somos.

El segundo diagnóstico fue sorprendente. Mucho. Porque procedía de alguien que me conoce mucho menos, y explicaba perfectamente la otra mitad de la historia. Un bucle. Me lo imagino como el pelo de LuLi al rizárselo ayer: una retroalimentación perfecta como el cabello recién salido de la tenacilla, y después un progresivo enmarañamiento que hace que el bucle siga siendo esa especie de cinta de Moebius, que no tenga fin, pero que se multipliquen las ramificaciones, que la coreografía sea cada vez más sucia e imprecisa y las repeticiones menos claras. Pero bucle al fin y al cabo, a falta de una palabra mejor, como dirían los ingleses.

Para más inri, el Dr House (así llamaré a este especialista en diagnóstico), me dice que la cosa no tiene cura. O que de tenerla, no la conoce. Pues vaya. Y que además, como buena Cáncer, soy mala paciente. Tiene razón. Supongo que lo de que tu signo del zodiaco tenga nombre de enfermedad provoca que los consejos médicos termines cogiéndotelos con papel de fumar.

Así que anoche, ninguna de las anteriores. ¿Te acuerdas cuando en los test de la Facultad existía esa opción? Ya sabes cómo soy. Ya sabes que me encantan las terceras vías, las vueltas de tuerca, los versos libres. Así que, al final, Nochevieja fue la opción C, o D, o Z. Ninguna de las anteriores. Medité, reflexioné y encima no llegué a ninguna conclusión. Cada variable nueva que aparecía con el fin de explicarlo todo sólo conseguía emborronarlo más, o buclearme más. O dejarme cada vez más claro que mis explicaciones me sirven a mí, y probablemente no son relevantes para el resto del mundo.

Ya, ya. Casi puedo oírte. Esa es la diferencia entre lo canino y lo felino. Entre los versos que riman en consonante, en asonante y los versos libres. Yo ni siquiera soy felina. Empiezo a ser etérea, querido Lobo. Y además te recuerdo que tu historial delictivo en las noches de luna
tampoco está limpio del todo. No en vano no eres perro, sino Lobo. Lobo de los que aúllan a las luces que se reflejan. Lobo de los que creen en los reflejos, o que creen en mí, que no es poco.

Sólo puedo decirte que me desperté a tiempo para ver la segunda parte del Concierto de Año Nuevo desde la Sala Dorada de la Musikverein de Viena. El comentarista sabía decir Musikverein pero era incapaz de pronunciar bien Prêtre, el apellido del director. Un director de orquesta que más que con la batuta, dirigía con la cara.

Pero esa ya es otra historia. No es la que te prometí.

Besos y magia,
K

P.S. Y encima voy y me quedo a cenar con LuLi anoche. Dime si no soy un caso. Lo soy, lo soy…

3 comentarios:

Dr.House dijo...

Mmmm... yo dije que conocía el tratamiento... de hecho, no me parece tan complicado, aunque probablemente me falten sesiones ;-)

Ignacio dijo...

Creo que el 99% de lo lectores estamos a dos velas.
En cualquier caso, como el tema va de lobos, perros y gatos y no haces caso de los consejos médicos (totalmente de acuerdo) deberías visitar a un veterinario, profesión que conozco.
Adiós caso, Ignacio

nán dijo...

¡Lo de Luli me parece ya inconcebible!

(no me estoy enterando de ná)

(pero divertido, es un montón)