02 diciembre, 2007

Mariposas

Me gustan las mariposas. Siempre me han parecido preciosas, igual que las libélulas y las luciérnagas. También creo que me dan buena suerte, o me ayudan a mitigar el hecho de que a veces, la suerte también falta.

Hasta hace relativamente poco, tenía la creencia extraña de que las mariposas volaban gracias a estar totalmente recubiertas de polvo mágico. Si te encontrabas una mariposa que no podía volar, el peor error que podía cometerse era tocarla, porque de ese modo perdía la posibilidad de volver a volar. Todavía sigo pensando – ahora que sé que eso era mentira – que tratar de atrapar una mariposa es un acto de crueldad terrible. Que tocar esa obra de ingeniería entomológica de sus alas sólo sirve para arruinar su delicadeza.

Sé que me gustan las mariposas porque tengo una foto que lo atestigua. Una imagen mundialmente conocida (en mi casa) como la foto de las mariposas. Quizá no sea la mejor foto de mi infancia, pero sí la más mágica.

Estoy con un vestidito blanco, una chaqueta celeste y llevo unas mariposas en la mano. Según mi madre, me las dio mi abuela. Es evidente, por el gesto kikatotal de mi regordete brazo izquierdo, que estoy encantada con ellas. Cuidado, que no estoy posando: la especialista en poses era la hermaníssima, que para eso es más pequeña. Es curioso que la foto hace una especie de efecto Droste: si se mira detenidamente, sobre mi hombro derecho en el fondo se ve una mesita en la que hay una fotografía mía.

Una sucesión de espejos: la Kika de ahora que mira desde fuera, la Kika que tiene las mariposas, la Kika pequeñita del fondo.La foto de las mariposas – en formato gigante – estaba colocada en otro ángulo del mismo salón donde se tomó. Al lado del sofá donde siempre se sentaba mi abuelo. Allí había una mesa que hacía las veces de rinconera con una lámpara blanca, un cenicero robado de un hotel de lujo, un marco conmigo y mis mariposas.

Mi abuelo se sentaba allí a fumar o a leer el periódico, aprovechando el sol, tranquilamente. Y después, un día, se lo llevaron al hospital.

Yo siempre creí que mi abuelo era inmortal. De hecho, lo sigo pensando. No me ha pasado como con el mito de las mariposas. Nadie me explicaba nada: sólo logré entender que iban a operarle. Traté de documentarme leyendo una revista médica en inglés que mi madre había escondido en su habitación. No me enteré de nada, claro, porque por aquel entonces tendría unos diez años. Nunca tuve sensación de peligro de muerte, jamás, porque estaba convencida de que nada podría pasar. Sólo recuerdo que trataba de convencer a mi abuela de que no le llevara comida al hospital (aquello era un ir y venir de filetes empanados y croquetas que impresionaría al más pintado), pero ella no me hacía caso, quién sabe si pensando que algo dependía de aquellos tuppers que escondía de las enfermeras en el armarito de la habitación.

Mi abuelo, como yo ya sabía, salió de aquella. Y me enseñó una cicatriz en la pierna que terminó de hacerme un lío, porque yo ya me había enterado para entonces de que le habían operado de algo en la cabeza. Cerca de un ojo, para más señas. Como mi abuelo era mágico de por sí, como las mariposas, creí que le habían operado de la cabeza desde la pierna. No pregunté más, por si acaso.

No seguí investigando porque para entonces, muchas cosas habían cambiado en mi vida. Mis creencias sobre la inmortalidad se fueron transformando en un miedo terrible a la muerte. A la mía no. A la de las personas a quienes quiero. Es un sentimiento que me sigue acompañando, como un insecto oscuro que acecha desde la papelera.

Pasó el tiempo y por fin me llegó el momento de comprender la magia que había en mi foto. Mi abuelo insistía siempre en que la niña rubilla de las mariposas le había salvado la vida. Así que hice acopio de valor y pregunté que si yo le había salvado. Y cómo, porque no me habían dejado ir al hospital.

- Kika, claro que me salvaste. Siempre miraba tu foto, las manitas, los botones de la rebeca, las mariposas. Un día pasó algo extraño. Tu cara se me desdibujaba. Por mucho que me pusiera las gafas, no había manera. Desparecían tus ojos y tu boca. Me di cuenta de que algo ocurría. Algo no demasiado bueno porque me impedía verte. Después fui al médico y supe que un coágulo andaba presionando mi nervio óptico y dejándome sin vista. Me dijeron que de no haberme percatado, ese coágulo habría viajado hasta el cerebro y me habría dejado en el sitio. Sentado, tratando de verte.

Le pusieron un trozo de vena safena (de ahí la cicatriz de su pierna) en la arteria carótida, donde estaba el trombo. Nunca recuperó la vista de ese ojo, y la degeneración macular prácticamente lo dejó ciego del otro años después. Con todo y con ello, nunca tuvo miedo y lo veíamos salir a la calle siempre con un nudo en la garganta por si se perdía o se caía. Jamás ocurrió. Porque mi abuelo, la persona más mágica que he conocido, nos veía a todos por dentro.

Después de la operación tuvo que dejar la sal y el tabaco (fumaba Ducados Internacional, como Adolfo Suárez). Aunque la hermaníssima, mi madre y yo sabíamos que de vez en cuando se echaba un pitillo en el cuarto de baño.

No se quejaba de los dolores que iba teniendo. Tanto fue así que para cuando dijo que le dolía un poco la espalda sólo pudieron decirnos que tenía cáncer de pulmón en fase terminal. Nunca me lo creí por completo: después de todo él no era frágil como una mariposa. Buena parte de los días de hospital le tocaron a mi madre y hermana, porque para entonces yo ya opositaba. Y era Semana Santa y tenía que estudiar.

Al final, mi abuelo murió en los brazos de mi madre. Siempre fue tan apañado y tan discreto que se marchó en Sábado Santo. Casi me lo puedo imaginar riéndose – siempre se reía – y diciendo que qué buena fecha había escogido, así el velatorio pillaba en domingo y nadie se lo perdería.

Mi madre me decía hace poco que cada vez está más convencida que después de esto no hay nada más. No lo sé. Sólo sé que me acuerdo de él todos los días, y que cuando puedo lo menciono. Que siempre que voy al examen llevo una foto suya. Esta noche he vuelto a buscarla. Ya la tengo preparada en el bolso.

Esta noche, en la que corro el riesgo de desvelarme recordando, en la que he llorado un poquito escribiendo esto, soñaré con mariposas. Dormida o despierta.

7 comentarios:

NáN dijo...

Pongamos que tú eres Japón y que yo soy Aquí. En tal caso el aleteo de las mariposas en Japón digamos que ha causado un terremoto Aquí.

No me gusta el abuso de ciertas palabras blancas (amor, magia, solidaridad...) por el posible efecto inflacionista, pero sé que hay una magia blanca que solo funciona (y muy bien) cuando se admite y quiere, como son o fueron, a todos los que estuvieron antes de nosotros.

El lunes y el martes, por si acaso, imaginaré 3 veces cada día una mariposa.

Irene dijo...

Ay los abuelos!!! Ellos tienen magia de verdad, son magia en esencia. Para mí, mi abuela era la PERSONA por excelencia, así con mayúsculas... Y murió en mis brazos, pero que paz y serenidad dejó flotando en la habitación, en nuestros cuerpos y almas...

¿Que te gustan las mariposas? Ya verás, te voy a mandar una foto de una tailandesa gigante (mariposa), no es que sea muy bonita, pero es enorme...

Anónimo dijo...

qué monísma!
ánimo, suerte y besos
L

Kika... dijo...

Muchas gracias a los tres (y L, ya ves cómo se estropean los cuerpos... antes tan mona - y ayer me miré al espejo y casi se rompe!!!! Jijijiji)

Besitos,
K

Lara dijo...

... (son mis pelos de punta).

Seli0r dijo...

Brutal, kika, brutal...

kika... dijo...

fue así, mi querido Seli0rcito...

un beso enorme y gracias por pasar por aquí,
K