13 septiembre, 2007

Lo que Nietzsche buscaba

Iba a haber titulado este post Lo que Nietzsche buscaba (y no encontró). Pero claro. Eso sería lo mismo que decir que un filósofo de los importantes, de los que están en los libros gordos, alguien cuya aportación es indiscutible y todo eso, buscó algo, y no lo encontró. Peor aún. Parece como si pensara que lo he encontrado yo. Un atrevimiento totalmente anti-Kika. Aunque el post que empieza siendo poco ortodoxo… acaba fatal, al menos normalmente. Para terminar de asegurarme un lío considerable, voy a mezclar a Nietzsche con Lorca. Hala. Y con una serie de consideraciones de consumo interno.

Ya conté que este verano fui con mi madre a ver un documental sobre Bodas de Sangre y el crimen de Níjar. La proyección fue en un lugar maravilloso, el Castillo de San Felipe en Los Escullos, y la película se llama El crimen de una novia. La verdad es que, a pesar del interés que he tenido siempre por el tema (Lorca es una constante en mi vida, igual que lo son los Campos de Níjar) el documental me pareció algo pretencioso. Hubo incluso un par de momentos en los que las apreciaciones de Rafael Amargo (coprotagonista del asunto junto con María Botto) me hicieron reír. Quienes me conocen saben que soy muy respetuosa, y es muy difícil que eso ocurra. Así que imaginaros si la cosa daba risa. O al menos a mí, con mi visión paralela de Lorca.

El caso es que todo ello me sugirió hacer una reflexión sobre el origen de la tragedia. Los dramaturgos griegos sabían algo de eso. Quizá no estudiaron su origen, probablemente ni siquiera les importaba, pero conocían bien las teclas que una obra de este género debía tocar para producir el efecto deseado. Probablemente, las tragedias despiertan un cierto sentimiento… trágico que hay dentro de cada uno de nosotros. Fiedrich Nietzsche conocía perfectamente a sus clásicos, no en vano era filólogo. Además, era amigo de Wagner, y claro, la cuestión de la tragedia pasó a ocupar una buena parte de sus esfuerzos, al menos al principio de su carrera como filósofo, ese momento romántico que se llama la filosofía de la noche. El caso es que le dedicó al músico alemán su obra El nacimiento de la tragedia en el espíritu de la música.

Me preocupa esto de la tragedia. Igual que me preocupan (al menos desde un punto de vista teórico) las relaciones entre realidad y verdad, la cuestión del tiempo, los mecanismos de los sentimientos en la mente humana. Claro que no aspiro a encontrar una explicación para todo. De hecho, sólo soy una especie de cutre-filósofa en zapatillas. Nada más.

Ni siquiera me gusta Nietzsche. Me deprime y sé perfectamente por qué. Lo peor es que tiene poco que ver con su filosofía, que tenía todas las papeletas para encantarme: asistemática, aforística, poética, imprecisa, simbólica, fascinante. Contradictoria e intuitiva. Pero es también casi violento, y llegó a mi vida en un momento en el que no comprendí nada. Nada de nada, y no me da miedo decirlo. Sólo puedo afirmar en mi descargo que lo más fácil con Nietzsche es entenderlo mal.

Madre mía, qué cosa más larga he escrito… y todavía no me he metido en harina. Creo que esto promete. Así que mañana (o cuando sea), más. La segunda parte la voy a titular, en honor al libro de Nietzsche (que no a la canción de Luis Ramiro): Humana, demasiado humana. Lo que no sé es si me voy a cansar de mi propia intensidad…


La foto… son el propio Nietzsche, Paul Rée y la enigmática Lou Andreas Salomé…

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