24 septiembre, 2007

Arancha Putin

No sé si alguien lo recordará. En un programa que se llamaba “Lo + plus”, Javier Coronas asumía la identidad de una supuesta hija de Vladimir Putin. Al personaje le puso el nombre de Arancha, y su principal cualidad es que conversaba con Ana García Siñeriz a voz en grito.

Pues mi amiga Arancha Putin y yo hablamos igual. Ella - lógicamente - no se llama así, pero la hermaníssima le puso el apodo porque cada vez que me llamaba al móvil aquello eran unos berridos que nos oían en Alaska.

Todo en mi amistad con Arancha Putin es raro y paralelo. Nos conocimos en un proceso de selección ante el que palidecería hasta el mismísimo Método Grönholm. Y no nos contrataron. Recuerdo mi frase lapidaria al comité de selección cuando me preguntaron…

- ¿A quién nos recomendarías que contratáramos?
- A mí, claro.
- ¿Y si no pudiéramos contratarte a ti?
- Pues a Arancha Putin. Pero no sé por qué me da que no os vais a quedar con ninguna de las dos. Vosotros os lo perdéis.

Ya, ya lo sé. Quizá aquello fue un suicidio. Lo fue seguro. Pero después de aquel proceso terrible, me daba igual. Ellos me conocían a mí… y yo ya les conocía a ellos. Sabía que no me contratarían.

Arancha encontró un buen trabajo, en una buena empresa, y yo seguí viviendo esta vida paralela en la que nada es demasiado verdad. Fuimos las únicas de todo aquel proceso de selección que seguimos en contacto, gritando por el móvil cada vez que nos llamábamos.

Hace más o menos quince días recibí un email de Arancha. Que me voy. Que me marcho. Fiesta de despedida. Tienes que venir.

Supe inmediatamente que cumplía un sueño. Marcharse a un montón de kilómetros. Y yo no podía faltar en su despedida.

Porque cuando alguien a mi alrededor cumple un sueño es como si lo cumpliera yo.

Suerte, Arancha. Aquí me tienes para gritar por teléfono cuando quieras. O para darnos esos abrazos mientras saltamos. O para recordarme que no me ponga intensa. Para lo que quieras, en definitiva…

Iba a despedirme en veinte minutos, pero Arancha es como es, y al final tuve que ir de empalmada (perdón por la expresión, ya sé de tres que se estarán riendo a mandíbula batiente) al aeropuerto a llevar a la hermaníssima…

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