02 agosto, 2007

Estampas costumbristas de Madrid en verano (I): Descalza por el parque

Me cambiaron la hora de la clase de idiomas y me encontré en la calle de pronto. Calor sofocante el de estos días en Madrid: el bolso me pesa como si llevara piedras (llevo dos toneladas de cosas por no cambiarlo). Hace demasiado calor como para pensar o considerar hacer un plan de forma autónoma. Sólo puedo dejar que decida la brújula interna. Es tarde, tengo hambre y mis chanclas cobran vida de pronto. Al parque. A ese en el que quedábamos en un banco con los amigos de aquel chico que terminó haciendo terapia.

Hace más fresco, hay parejas y un saxofonista bastante pasable que compite con un pésimo guitarrista. Algunos se sacan fotos con el atardecer vacilante de las noches de verano. Tengo ganas de descalzarme, tengo ganas de meter los pies en el agua con la misma velocidad a la que pasa una chica paseando un bebé en una especie de carrito todo-terreno.

Echo de menos, echo de menos pero quiero estar sola. Nada de unirme a los que hacen yoga al lado de sus bicicletas.

Miro al balcón bajo el que se iluminan Aluche y el Alto de Extremadura. O eso creo. Se me hunde el hombro bajo el libro de portugués y mis pasos se marcan por la musiquilla de la tobillera con cascabeles. Adoro el ruido de los cascabeles desde que soy pequeña. Mi madre dice que es porque ella me ponía uno en la bota cuando empecé a gatear para saber dónde estaba. Desde entonces, me acompaña el ruido de cascabeles. Pocos sonidos me hacen sentir tan en casa.

Busco una zona iluminada por una farola, para dejar descansar el bolso y el cuello. Me duele el bolso porque la tela chirría quejándose, y me duele el cuello. Las chicas no pueden ir solas a los parques de noche. Pues me da igual: si viene alguien, le pego con el libro de portugués. O le ataco con el lápiz triangular para no salir corriendo porque ya estoy descalza.

Ni mp3, ni cuaderno, ni nada. Me he conformado con escribir cuatro palabras en el cartón de la contraportada del método de idiomas. Estaba en esas cuando miré hacia arriba, con las chanclas en la mano, recordando a la chica india que me las vende en mi playa, la única que trabaja de toda la familia, me busca las parejas de zapatos en un montón informe mientras su hermano la observa, la vigila, dominador pero en el fondo indiferente.

Dos chicos tratan de desenredar su cometa, enganchada en una palmera. Me quedaría a contemplarlo, pero sé de antemano que si ambos tiran, cada uno por su lado, la cometa se romperá. O en el mejor de los casos, la palmera se romperá junto con la cometa o su hilo. Pero paso de decírselo, igual que no le he dicho al ciclista que se paró junto a mí en el semáforo en rojo que necesitaría algún reflectante.

Casi no se le veía, mimetizado con la noche anaranjada de esta ciudad que todo se lo traga.

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