06 junio, 2007

Percepciones paralelas

Hay pocas cosas que me gusten más que hablar con la gente. Supongo que soy una persona de excesos, y para mí hablar es como pensar, hablo desordenadamente sobre cualquier cosa. Tanto que tengo que tener cuidado de no empezar hablando de Derechos Humanos en Rusia y terminar contándole a mi interlocutor lo buenas que están las croquetas que hace mi madre.

Precisamente mi madre siempre recuerda lo que hablaba de pequeña. Lo preguntaba todo, daba la lata todo el tiempo, pero ella dice que siempre me contestaba porque así se aprende a leer… así se aprende a pensar. Yo diciendo “ahí pone formacia (así decía yo farmacia)”, “esa es mi calle”, “ahí hay un 3”… y mi madre con un dolor de cabeza considerable, pero respondiendo por el bien de mis interconexiones neuronales.

El caso es que me encanta mantener todo tipo de conversaciones y discusiones de esas bien argumentadas en las que se puede decir casi de todo y en realidad no importa, nadie te guarda rencor por lo que afirmes y te vas luego tan feliz a tomar unas cañas. Rizando el rizo, adoro defender las posiciones contrarias a lo que pienso en realidad, porque eso me ha enseñado a negociar con buenas artes, a argumentar de manera sólida y, sobre todo, a darle la vuelta casi a cualquier cosa para buscarle algún lado bueno.

En fin, y yendo al grano porque cuando escribo para este blog es como si hablase y tiendo a dispersarme… El otro día hablaba con mi pareja creativa, ese hombre que provoca en mí un millón de reacciones mentales, quince explosiones de palabras, una reacción en cadena de versos (tiene mérito, especialmente cuando llegué a pensar que nadie más me inspiraría… y va él y aparece con la palabra justa)… Me decía que estaba llegando a establecer una medición de las cualidades más humanas de las personas mediante la desviación existente entre la belleza media y la belleza percibida.

Parece mucho más complicado de lo que es. Que la belleza es un concepto esquivo como pocos ya lo aprendí en la clase de Estética y Teoría del Arte. De hecho, nunca me ha preocupado demasiado establecer de manera universal y definitiva qué es bonito y qué es feo. Sólo he llegado a saber qué es lo que me gusta y lo que no. Y nunca dejo de sorprenderme…

Mi pareja creativa hablaba de que la deformación del canon de belleza a los ojos de una persona en concreto podría ser un signo de calidad humana. O no. El caso es que yo nunca veo a las personas como son. Quizá sea más exacto decir que no las veo como las ven los demás. Lo que se forma en mi cerebro es una especie de remezcla (en plan discoteca con música punchi-punchi-punchi) del aspecto exterior y de las cosas que hace. De cómo es su interior. Un cambio en mi percepción, y de la belleza más absoluta puedo pasar a una fealdad supina. Me ha ocurrido. Y no es ser una veleta…

Ejemplo de todo lo anterior. Tuve una profesora en el colegio a la que veía cuatro días a la semana. Daba unas clases estupendas, y nunca le encontré nada físicamente remarcable. Nada de nada. Y cuando yo estaba en el último año de colegio, le empezó a dar clase a la hermaníssima. Ella volvió a casa el primer día y me dijo que cómo era que nunca le había dicho que la profesora tenía una cicatriz horrorosa en el labio superior. “Porque no la tiene”, le dije yo. Nunca se la vi, y, de hecho, sigo sin vérsela, aunque mi madre y mi hermana insisten que está ahí.

No sé si me he explicado. Quien me cae bien, me gusta en todos los sentidos y es guapísimo. Lo contrario también me ocurre. No sé si es signo de algo, de nada o sólo de magia.

De esta disquisición, la conversación con mi pareja creativa se movió a otros derroteros igualmente interesantes sobre los que quizá hable en su momento… O no. Porque lo mejor de las buenas conversaciones es que nunca sabes a dónde te van a llevar. Al final terminas en una playa, en las rodillas de Mikel Erentxun o hablando de las posibles propiedades del autobronceador. Por ejemplo.


Hoy… he regalado un libro (alegría, alegría). Uno precioso que se llama Una pena en observación (A Grief Observed), de C.S. Lewis, el autor de El León, la bruja y el armario (las Crónicas de Narnia). Dice…
Los rostros de los seres a quienes mejor hemos conocido los hemos visto desde tantos ángulos, bajo tantas luces y dotados de tantas expresiones (paseando, durmiendo, riéndose, llorando, comiendo, hablando o pensando), que todas estas impresiones se nos enmarañan simultáneamente, dentro de la memoria y quedan confundidas en un simple borrón.

2 comentarios:

vega dijo...

debe ser eso por lo que a mi Paul Newman nunca me gustó nada. NO lo conozco al pobre, y dicen que es un hombre encantador, pero a mi, de tan soso que lo veo... en fin. Eso y que Robert Redford es mucho Robert Redford.
Que banal y q antiguo este comentario no??
Hala. Besos y me callo

Kika... dijo...

A mí no me parece banal el comentario... y me gustan los dos (ji ji ji)

Besos!