29 junio, 2007

Parca en palabras

Y muere a todas horas gente dentro de mi televisor
Quiero oír alguna canción que no hable de sandeces
y que diga que no sobra el amor
y que empiece en sí, no en no.
Y dejar de lado la vereda de la puerta de atrás, por donde te vi marchar…
Como una regadera que la hierba hace que vuelva a brotar
y ahora todo es campo ya…


Se puede ser de muchas maneras, pero ella es especial.

Parece caminar arrastrando una concha de galápago en la que se protege, desde la que mira el mundo pasar. Sabe hacer las cosas como hay que hacerlas: con sentimiento pero sin sentimentalismo, con inteligencia pero sin soberbia. Diciendo la verdad. Porque siempre dice la verdad: orgullosa, segura de sí misma. No se estila nada decir la verdad. Y menos en mi gremio. Ella lo consigue cada vez.

Tiene ojos como bolas de carbón: vivos, encendidos, en ellos veo pedacitos de su espíritu. Lo que ella deja. Ni un gramo de alma más. Ni un pedazo menos.

Recuerdo cómo la conocí. Perfectamente. En un pasillo, en el pasillo, esperando para examinarnos, hablando de cualquier cosa. Y hoy me he dado cuenta de cómo las situaciones cambian en un minuto: todo hizo clic y se me acercó un poco. Fue suficiente.

Tengo que reconocer que a veces he tenido un poco de miedo de resultarle demasiado soñadora, demasiado voladora. Siempre camino a medio metro del suelo – como poco – y ella va pegada al asfalto que pisa. Pragmática hasta la médula, valiente, capaz de hacer siempre lo que quiere. O casi. Aunque eso le cueste lo que le cueste: las críticas vivas y muertas, las posiciones encontradas. Me da igual, porque no quiero elegir, porque quiero contarla entre mis amigas. Por lo que me ha ayudado.

Y quizá por lo más importante: me dio esperanza. Me dijo que podría conseguirlo. Y no me sonó una afirmación vacua, porque su economía de palabra es proverbial, casi legendiaria. Si no quiere hablarte, no te habla. Si no le caes bien, no te mira.

Ahora se va porque tiene que marcharse. A vivir entre el ruido y la maleza, con los sofás, un piano y quizá algún recuerdo metidos en su concha. Supongo que guarda algún trocito para los que nos quedamos. Espero que alguna vez se acuerde de mí.

Yo desde luego, la voy a recordar.


Dices que a veces no comprendes qué dice mi voz
¿Cómo quieres que sepa yo lo que digo?
Si entre los dedos se me escapa volando una flor
y yo la dejo que me marque el camino…
Dices que a veces no comprendes qué dice mi voz
¿Cómo quieres que esté dentro de tu ombligo?
Si entre los dedos se me escapa volando una flor
Y ella solita va marcando el camino…

La vereda de la puerta de atrás, Extremoduro


El cuadro… Summer Interior, de Edward Hopper (es que el otro día vi uno en Chez Henar y he recordado lo que me gustan…)

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