20 junio, 2007

Essence

Para el que me llama por dos nombres. No me des las gracias. No se merecen.


Un él y una ella dentro del tú y yo.

Empezamos hablando de la muerte. De la casi muerte, de lo estéril. De lo infeliz. De esos amores que duelen, que te cuenta el tú, vestido de él, llamándote por tu nombre aunque no es el nombre con el que te suele llamar.

Y en tres minutos, con diez gramos de información me toca peritar el alma de ella, a la que no conozco. Empática y fascinada ante el empeño de algunas por complicar la vida. Les falta ser felices, quizá. Les falta el amor que veo en tus ojos, en los de él, de ese él que eres tú. Trato de pensar en lo que ocurre. En lo que ella cree. En esas presuntas señales que se supone que las mujeres dejamos caer. Que no. Para eso sería mucho mejor dejar caer el pañuelo. No las señales ininteligibles.

Llevo una semana apostando treinta y cinco euros a que entiendo algunos corazones. No he perdido ni una vez. Así que me apuesto treinta a que te quiere. Dos a que dirá que sí. Los tres que quedan me los quedo para invitarte a una copa en caso de que te diga que no sabe. Que te diga que no… no es una posibilidad. Además, da igual. Porque no te veo viviendo con la incertidumbre. Quizá sí te veo. La que no soporta la incertidumbre soy yo.

Me gusta más el juego en el no me llamas por mi nombre, en el que me dejas sentarme en una silla blanca en lugar de en la silla negra. Es para estar más cerca, si tengo que peritar un alma sobre tres gramos de experiencia prefiero ver amor, mirar tus ojos, que son los de él y contradecirte sólo a medias, contradecirlo a él.

Claro que nos disfrazamos cuando nos enamoramos. Mostramos nuestra mejor cara, colocamos la fruta brillante para que todos la vean, las mandarinas: naranjas, iguales, simétricas. Nadie es culpable por tratar de esconder alguna manzana pasada bajo la alfombra. Y mientras hablamos de disfrazarnos, la conversación vira, cambia, se extiende, rompe el espacio y la distancia. Un minuto no me pareciste tú, y era cuando más eras tú. No importa porque siempre erro en mis cálculos. No traté de acertar, aunque creo que tengo mejor ojo que tú. Porque al final de todo, tu mirada enamorada te hará ver lo que no existe.

Date prisa, que nos encontrarán hablando, en este juego irresponsable en el que tú eres tú, pero a la vez él. Y yo solamente soy la que pesa almas e intenta saber algo de alguien sobre quien no sabe nada.

Así me marcho, es tarde y tengo que llamar a alguien. Calle Alcalá. Suena Lucinda Williams. No sé si sonaba anoche o suena ahora. O si todo es una especie de bucle con variaciones sobre el mismo tema. Azul sobre la Embajada italiana. Sé que te vas y que preferirías que esto no estuviera ocurriendo.

I am waiting here for more / I am waiting by your door / I am waiting on your back steps / I am waiting in my car / I am waiting at this bar / I am waiting for your essence

Essence, Lucinda Williams

Las conclusiones, sencillas. Que ver amor en los ojos de alguien es casi como sentirlo. Lo segundo mejor. Confieso que quise ser ella. En sentido abstracto. Y hoy, aunque tenga nauseas, me asomo al mundo con ganas. Con fuerza aunque estoy cansada.

(Hoy soy feliz, no sé por qué).


La foto… Man Ray, Hands on Lips…

Y me pregunto... ¿No vas a volver hasta que esté triste?

2 comentarios:

vega dijo...

espero que sigas siendo feliz pero que no tengas naúseas (por completar la felicidad...)
me encantaría saber peritar almas... pero no tengo ese don... desgraciadamente para mi. yo intento entender los comportamientos y ni siquiera lo consigo siempre... me enseñarás a peritar almas??? estoy a tiempo de aprender???

Kika... dijo...

Yo te enseño. Supongo que no es un superpoder, vamos, que es posible aprender. Siempre y cuando tengamos muestras representativas del alma a peritar, que a veces esto parece el juicio del 11-M. ¿Cómo vamos a ejercer nuestra pericia con tres gramos?

Besos,
K