12 mayo, 2007

La que tose al otro lado

A mi hermana, inspiradora de este texto de verdad, escrito en una hoja de papel con un bolígrafo prestado…


Recuerdo que al llegar ni me miraste,
sólo fui una más de cientos
y, sin embargo, fueron tuyos
los primeros voleteos.
Cómo no pude darme cuenta
que hay ascensores prohibidos,
que hay pecados compartidos,
y que tú estabas tan cerca.
Me disfrazo de ti.
Te disfrazas de mí.
Y jugamos a ser humanos
en esta habitación gris.
Con las ganas, Zahara


Haces que miras a la pantalla pero no la ves. Escuchando, cierras los ojos a todo lo demás.

Oyes:
… crisálida…
… big bang…
… zona cero…
… madre…


Te miro y veo que no miras lo que se dibuja en la pantalla. Cuatro minutos escasos que te transforman, te dejan en modo ausente, con cara de no estar aquí, no ves, no sientes, no miras. Parece que nada te doliera si no fuera por una sombra de mirada acuosa que se te está formando bajo las cejas.

Y vuelve:
… crisálida…
… big bang…
… zona cero…
… madre…

Ahora tarareas. Te explico, en tu ausencia, lo más importante. Que hace falta tener quien te acompañe, se tome treinta cervezas en las barras de los bares y te diga eso de ¿quieres ir?

Suena otra, cantas, miras por la ventana, a una esquina, a todas partes menos a la pantalla, como si te doliera. Para que no lo haga, te miento un poco. Mal, como auguraba mi falta de costumbre. “Eso es siempre mentira. Siempre se las inventan”. Sé de sobra que no es verdad. Miento tan mal que tú ya lo sabes.

Que no, que es todo inventado, todo mentira pero todo real.

No sé si pones cara de ausencia. Así son las cosas, un millón de realidades falsas y un mil palabras que quedan sin decir:
… crisálida…
… big bang…
… zona cero…
… madre…

Y una despedida congelada en el tiempo.

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