14 mayo, 2007

El nivel del mar

El Café Barbieri estaba en la misma calle Ave María y parecía —así me lo dijo Marcella la primera vez que me llevó allí y ella sabía de esas cosas— un decorado expresionista del Berlín de los años veinte o un grabado de Grosz o de Otto Dix, con sus paredes desportilladas, sus rincones oscuros, sus medallones de damas romanas en el cielorraso y sus cubículos misteriosos donde, parecería, se podían cometer crímenes sin que los parroquianos se enteraran, apostar sumas enloquecidas en partidas de póquer en las que salieran a relucir cuchillos, o celebrar misas negras. Era enorme, anguloso, lleno de vericuetos, techos sombríos con plateadas telarañas, mesitas enclenques y sillas cojas, bancas y repisas a punto de desmoronarse de puro gastadas, oscuro, humoso, siempre lleno de gente que parecía disfrazada, una masa de extras de una comedia bufa apretujada entre bambalinas esperando salir a escena. Procuraba sentarme en una mesita del fondo, a la que llegaba un poco más de luz y porque allí, en vez de sillas, había un sillón bastante cómodo, forrado de un terciopelo que alguna vez fue rojizo y que se estaba desintegrando con los huecos abiertos por las quemaduras de cigarrillos y el roce de tantos traseros. Una de mis distracciones, cada vez que entraba al Café Barbieri, consistía en identificar los idiomas que oía desde la puerta hasta la mesa del fondo, y alguna vez conté media docena en esa brevísima trayectoria de una treintena de metros.
Travesuras de la niña mala, Mario Vargas Llosa


En estos días inciertos quedan muy pocos refugios. Muy pocos. Es como si una especie de efecto invernadero existencial fuera anegando lentamente los sitios felices. Y eso que para mí, lo de ser feliz en cualquier parte es bastante sencillo. Sólo necesito papel, lápiz y compañía. A veces ni eso. Un refugio es una barca en mitad del mar, un trozo de madera de balsa que flota esperanzador en un desierto de agua salada.

Uno de esos lugares es la Tertulia del Café Barbieri, donde se programan conciertos los fines de semana. Los responsables son tres personas, la Asociación Cultural Desakordes, es decir, Rubén Buren, Pedro Herrero y Henar León. Son los que le han puesto alma a esa vieja habitación donde me he refugiado tantas veces. Donde he ido con la intención de reírme después de un mal día o después de un día perfecto. Donde nunca me importa que aparcar me lleve un buen rato (especialmente desde que Gallardón decidiera cerrar la zona al tráfico). Y donde un día me fui a llorar con la esperanza de llorar sola, y lo que hice fue reír y beber gazpacho ecológico almeriense (esa historia ya la he contado).

Recuerdo que al principio me sentaba en la sala de fuera, creyéndome un poco la niña mala de Vargas Llosa (me devoré el libro sólo por ver cómo salía el Café). Siempre en la misma mesa, en la frontera de la zona de fumadores. Esperaba a escuchar algo, un poco de música, y entraba, casi siempre con un libro de poesía recién leída. Unos versos casi olvidados.

Ser público del Café Barbieri marca carácter. Es (somos) probablemente el público más entendido de Madrid, y lo afirmo sin rubor, porque sé lo que me digo. Quizá una parte de público va con los artistas, pero otra parte viene de serie con el local, esos que saben hasta qué hora puede durar el concierto. Puede que sea porque la programación de la sala te permite ir incluso sin saber quién toca. Casi seguro que lo que haya, será una actuación de calidad, desde los artistas fijos de todos los meses (como Luis Felipe Barrio y Matías Ávalos, Moncho Otero, Rafa Mora, Eva de Goñi y Andrés Molina, Desakordes, Antonio de Pinto…) y los descubrimientos del Café. La Asociación Cultural Desakordes apuesta por esa calidad, alejándose de presupuestos de rentabilidad económica. Porque creo, y esto es una opinión discutible como todas las opiniones, que la música en directo no puede moverse únicamente por criterios de maximización del beneficio. La música en directo es la prueba de fuego de los artistas, y se encuentra en franco retroceso en ciudades como Madrid (y eso que Madrid es la ciudad de España que más música en directo consume). Por eso la propuesta de la A.C. Desakordes es importante, además de los lazos de amistad que me unen a Henar, que no voy a obviar aquí. Es casi una heroicidad poner en pie una sala de canción de autor, de músicos, para músicos… y además pensando en el público. Eso no ocurre en todas partes.

Antes de ser amiga, fui público. Formo parte orgullosa de un público respetuoso, cariñoso, muy bien cuidado por los músicos, por Henar, Elena, Victoria… Una audiencia que aprecia ese cariño, y que tiene una gran admiración por los valientes de la sala. Una sala que ha ido creciendo con el tiempo y consolidándose en las noches como un refugio donde puedes ir a llorar o a reír. Que nadie te va a preguntar. Como mucho, te ofrecerán su hombro. Se transmite su pasión, su emoción, sus ganas de hacer algo importante.

Por eso y por muchos otros motivos – en este caso me sobran – presto especial atención a la programación del Café. A las exposiciones que allí se muestran. A los artistas que he conocido personalmente allí, y que han tocado para la sala llena o para tres personas. La lista sería interminable, y seguro que me voy a dejar gente, pero recuerdo ahora mismo a Julio Hernández, Miguel Dantart, Kiko Tovar, Hugo Ferreira, Sagra Mielgo, Carlos Aguado…

Así que me invadió una cierta tristeza cuando vi en la programación que todos los meses Henar me facilita en primicia absoluta que el último concierto de las Noches del Barbieri (al menos, por esta temporada) será el 26 de mayo. Casi un mes antes del fin de temporada del año pasado. Y yo quiero que continúen. Porque es su sueño, porque es su orgullo y porque es su pasión. Porque han puesto mucho de su alma en ello. Y porque no me puedo quedar sin mi barca, sin mi madera de balsa. Sin el lugar donde escribo mi historia, sin el café donde comienza la única canción en la que sale mi nombre.

Desde aquí, mi apoyo. Para que continúe. Nos sobran los motivos. Yo quiero seguir pudiendo ir a llorar en la oscuridad, si me da la gana. A contar los conciertos, si quiero. A cantar tranquila entre quienes me comprenden.

Precisamente en el Café nació también nuestro partido, el PNPLP, con su insigne presidente de honor, Moncho Otero. Sobre los veladores de mármol he escrito mucho, he visto escribir, le he dado la mano al Lobo, me he recargado de magia. No quiero que me quede la nostalgia de la Noche Nostalgia. Creo que hablo por muchos si digo que somos un poco más mágicos al salir de allí. Si algún día decidiera mostrar mis poemas, lo haría en el Café. Y me tomaría en serio lo que me dijeran las gentes del Barbieri.

Es mi refugio. Nuestro refugio. No puede venir un golpe de mar y llevárselo. Menos aún en estos días tan inciertos.

Gracias por todo. Y a ti en especial, hadita.

Yo firmo donde haga falta, pero dejadme mi barca.




El fotopoema… mis palabras sobre una vela del Barbieri… la foto es cortesía de Victoria Ruiz del Olmo…

8 comentarios:

Henar dijo...

Pocas veces me quedo sin palabras... Pero por más que busco, sólo me sale una: gracias. Un millón de veces.

Todos los abrazos (con calor y estrellas) del mundo.

Henar

Kika... dijo...

Gracias a ti. Creo que este texto no representa ni un 1% de lo que te mereces (lo hago extensivo al resto de la AC Desakordes).

Muchos besos,
K

david dijo...

Suena como otro sitio que se podría convertir en esa Patria que tenemos que construirnos a base de bares, salas y cafés los que nacimos sin gen nacionalista.

Kika... dijo...

Tienes razón... ya lo decía mi abuela cuando yo era pequeña... "esta niña es una chica de tabernaaaaaaa"

Besos,
K

amenabitar dijo...

Con tu permiso, Kika, comparto totalmente tus palabras y tus emociones con respecto a este lugar... comparto la pena de que esta temporada termine tan pronto (aunque mi falta de voluntad y mis exámenes, por otro lado, lo agradezcan). Yo también me he refugiado allí muchas noches y es mucho lo que he encontrado. Una pena, porque esta vez nos han frenado a todos en seco... o al menos esa es la impresión que me llevé yo este fin de semana (porque el verdadero motivo lo desconozco).

La A.C. Desakordes, como dices, se merece mucho; sobre todo Henar, por supuesto, que está allí todos los días al pie del cañón.

Un beso

Kika... dijo...

Tienes toda la razón, amenabitar. Compartimos algo tú, yo y el Barbieri... a ver si llegan a programar junio, a ver si cerramos esta temporada con broche de oro. Y a ver si la AC Desakordes sigue con esas noches maravillosas. Si no, ofrezco el salón de mi casa.

Un beso muy fuerte, ya sabes que aquí estoy.
K

Henar dijo...

Gracias :D El verdadero motivo, en realidad, y de momento, es el calor. El primer año aguantamos la primera quincena de junio. El segundo, decidimos aguantar hasta el final, y fue un error. Recuerdo un concierto con Luisfe maluco, y un calor insportable, que fue tremendo. No es justo para los músicos, y tampoco para el público (recordad los abanicos del año pasado, y los ventiladores...¡buf!). Se llevan mal recuerdo de la sala. Hasta que no nos pongan aire acondicionado, no podemos programar. Y eso no está en nuestras manos: el café no es nuestro. Y, bueno, de momento no hay más razones. Aunque seguimos con la espada de Damocles sobre nuestra cabeza...

Más gracias y más besos,

Henar

Queens dijo...

Acabo de volver de mis mini-vacaciones y de ponerme al dia en tu blog. Aunque este año ha sido el primero que he ido al Barbieri, es un sitio muy especial que merece seguir por todo lo que aporta.
Muchos besos