02 enero, 2007

Las naranjas del desierto


Hablo poco, late el cuerpo
duelen llagas, dejo puertos
me enseñaron a correr
y tropiezo con tu cuerpo
una flor en el desierto
y de tu sed quiero beber, quiero beber...
Una flor en el desierto, Jesús Garriga




- Róbame una naranja.
- Aquí no hay naranjas. Si acaso, alguna chumbera. Pero pinchan.

Así pasaron el verano. Ella, subiéndose a las vallas, gritando en los acantilados, bañándose en un mar que era a veces todos los principios y otras, todos los finales. Sin saber nada mientras él pensaba que ella lo sabía todo. Quizá sabiendo, pero no entendiendo.

- Eres de mar, hueles a arena. Y a almendras.
- No puedo oler a almendras, aquí no hay almendros. Sólo pitacos. Las pitas sólo florecen una vez cada cincuenta años.
- ¿Ves cómo lo sabes todo?

Cada minuto, ella miraba con otros ojos. Veía lo diferente que había en él, lo que no permanecía. Lo que cambiaba para seguir igual, estable en un fondo hirviente. Y le decía:

- No quiero inspirarte nada. No soy tu sirena, porque sé que no me quieres. Sólo me necesitas.
- No puedes decidir eso. Las musas no eligen nada. Sólo son. Y tú eres: miles de minutos, segundos de tantas vidas que ni siquiera conoces. Subes por mi mente como el aire caliente y caes como la lluvia de verano. Como los torrentes por las ramblas. No puedes querer, ni decidir, ni elegir, ni dejar de ser.

Robaron higos chumbos - son como tú, decía ella. Dolorosos por fuera pero dulces por dentro. No los puede comer cualquiera, yo sé barrerlos por el suelo. A ti no puedo barrerte.

Él la miraba y veía cómo se separaba el alma de su cuerpo. Sus minutos transparentes y los que estaban llenos de calima de luna y vapores de vino. Le pedía que no dejara de ser, que no se marchase. Y ella se quedaba, sin poder decidir, pero le recordaba:

- No me quieres. Sólo me necesitas. Dejaré de ser de aire y agua, me haré de fuego y quemaré tus poemas.
- Mis poemas están en tu piel. Esa es mi ventaja: no puedes quemarlos sin quemarte.

Sudaba el tiempo con ritmo almeriense mientras iban y venían: ella, bañándose en la Cala del Plomo, rodeada de turquesa. Él, con el alma mojada por el agua de su musa, mar de fondo, vapor.

Él nunca aprendió la diferencia entre amar y necesitar. Puede que al final no hubiera diferencia. Quizá ella no lo supiera todo.

Hay naranjas en el desierto.

1 comentario:

vega dijo...

muy bonito, muy veraniego y muy evocador. justo hoy he leido que en el cerebro las zonas que se activan al recordar y al imaginar el futuro son las mismas. justo las zonas que se han activado en mi cerebro leyendo esto (he regalado minutos de vida otra vez, que baratos me van a salir estos reyes!!)
besos de una que diferencia entre amor y dependencia entre querer y necesita (a lo mejor porque no sé nada...)