19 diciembre, 2006

El saber sí ocupa lugar

No soy de esos opositores que van por norma a estudiar a la biblioteca. Puede que sea porque tengo muchas manías (según mis preparadores, no tengo casi ninguna) y necesito un medio ambiente controlado, casi de laboratorio, para poder hacer algo de provecho. Pero también necesito consultar libros, y no todos los tengo en mi casa. Y también es conveniente que vea gente, algo de actividad inteligente más allá de mi habitación para romper la soledad de la oposición. Estudiar para un examen así puede terminar por hacerte desesperadamente insociable a base de no tener que rozarte con nadie. Ni siquiera hace falta comunicarse. Si quisiera estar un año entero sin hablar, opositando podría hacerlo. Pero no quiero, creo que me moriría.

He estudiado en muchas bibliotecas. Y por fin, desde hace ya unos meses, he encontrado una que me gusta. Tiene luz natural, las sillas son bastante cómodas, suele haber sitio y me puedo instalar con el atril y toda la parafernalia opositoril. Ha sido difícil, pero lo he logrado, y de momento, le estoy siendo fiel. A la biblioteca.

Así que, en fin, voy a esa biblioteca una o dos veces por semana. A veces sólo saco algún libro, pero generalmente me quedo a estudiar todo el día. Cuando vas a algún sitio de manera regular terminas por conocer a los que comparten ese momento contigo, de forma anónima y extraña. La biblioteca no es ninguna excepción. Conozco perfectamente al público de los lunes y los martes.

La chica que ha ligado con un estudiante Erasmus de inmensos ojos azules y queda con él en la segunda mesa empezando desde el fondo. Ya sé dónde no tengo que sentarme si lo que quiero es estudiar: entre ellos todo son risas, manitas, miradas… Una especie de fuego cruzado amoroso que no puede pillarme cerca con los temas, porque sucumbo a la tentación de observarlo y en lugar de un ensayo sobre diplomacia pública me salen tres poemas malísimos…

El chico que siempre pide un sacapuntas. Al principio pensé que era porque realmente lo necesitaba. Pero ahora ya no lo tengo tan claro: siempre se lo pide a las chicas, y no puede ser que el lápiz se le gaste tanto… y que lleve meses sin comprarse un portaminas o un sacapuntas nuevo…

Los locos del ordenador que teclean sin parar por todas partes. Unos miran el correo, otros navegan por Internet e incluso hay alguno que trabaja.

La chica de la bufanda azul. El rubio alto. Los que se sientan siempre en el mismo sitio.

El italiano que busca cada palabra en el diccionario.

El móvil que suena.

Y sobre todo, el paisaje de Madrid cuando vuelvo a casa. En alto, surgen los edificios de entre los árboles. Por la noche es un skyline de luces que sería la envidia de Woody Allen. Si lo viera, en lugar de Manhattan, habría rodado Madrid.


La foto… El otro día, buscando El sueño de Rousseau, encontré esta fotografía que también se llama El sueño, de Imogen Cunningham. Me parece muy bonita. El cuadro y la foto son del mismo año, 1910. Y casi por aquella misma época Baudelaire decía que la fotografía no era arte, porque le faltaba aura...

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