23 noviembre, 2006

Recurring dream

Dicen que siempre soñamos. Que lo que ocurre es que a la mañana siguiente no nos acordamos. Yo suelo recordarlos, hasta hice el experimento de escribir un diario de sueños en el que anotaba los que vivía cada noche. Gracias a ello, descubrí que tengo sueños muy recurrentes. Algunos son buenos (o eso creo), como uno en el que abro la ventana, me siento con las piernas colgando hacia fuera, me doy un empujoncito y comienzo a volar. No me salen alas ni nada por el estilo, sólo muevo un poco los brazos cuando quiero cambiar de rumbo. Otras veces me he despertado muerta de risa o con lágrimas secas por la cara. Porque también tengo pesadillas. De esas que dan miedo. De las que hacen que te despiertes encharcada en sudor y con el corazón acelerado.

Creo que una de las frases que más pueden impresionarle a nadie, al menos me impresionan a mí, es “anoche soñé contigo”.

Mi madre me regaló un libro en el que se supone que puedes buscar lo que significan los sueños. La mayor parte de las veces ni me molesto en mirarlo porque los míos son tan raros que no creo que el libro me pueda ayudar. Así que me suelo basar en la sensación que me dejan.

Mi pintor favorito (al menos, uno de ellos) es Franz Marc. Tiene un cuadro precioso llamado “El sueño”, que está en el Museo Thyssen de Madrid. Y en un cuadro de Marc empieza el sueño de la noche del domingo al lunes. Nunca había soñado nada parecido, ni siquiera remotamente. Aquí está el cuadro. Aquí está el sueño.



No sé si soy el gato blanco. O la manta roja. O la tela amarilla. Sólo sé que soy de pintura, en dos dimensiones, plana. Atrapada en este cuadro hasta que empieza a llover y gotea. El color y yo caemos mientras que mi cuerpo se vuelve tridimensional y aterriza en una acera. Miro alrededor y estoy en la Gran Vía, en la acera de la izquierda, mirando hacia arriba desde Plaza de España. Pienso que he vuelto, que ya no soy de pintura.

El sueño no termina. Camino hacia arriba mientras observo que todo es azulado y gris. El color es frío. Hace frío. De pronto, me doy cuenta de que no llevo tacones. No hay presión en los dedos de los pies, ni tampoco la sensación de apoyar el peso del cuerpo en su parte delantera. Miro hacia abajo y no es que no lleve tacones. Es que no llevo zapatos. Sólo calcetines. Desparejados: uno de rayas verdes y naranjas y otro naranja liso. Supongo que por eso tengo frío.

Hay más personas en la calle, pero ellas llevan zapatos. Llevan zapatos y caminan hacia atrás mientras me miran, así que siempre se alejan de mí sin darme la espalda. Algunos llevan sombrero, otros llevan traje, pero todos son grises y azulados. Como la Gran Vía.

Hasta que te veo. Te conozco. Caminas hacia delante, en mi dirección. No eres gris ni azulado, sino que tienes color. Miro hacia abajo y tú tampoco llevas zapatos. Sólo calcetines. Pero los tuyos son iguales.

Y aquí sonó el despertador.

1 comentario:

vega dijo...

el otro día soñé que me atracaban. según el diccionario de sueños de una amiga eso quiere decir que alguien siente celos injustificados por mi causa... como puedo yo soñar algo en función de lo que otros sientan?? soy muy poco freudiana me temo. demasiado conductista. mi sueño de esta noche fue largo larguísimo duró todo el rato que estuve en la fase correcta, muy real, muy interesante... y es curioso en mi porq no suelo recordar los sueños