06 noviembre, 2006

Qué pena de pena… de muerte

La noticia de la pena de muerte impuesta a Sadam Husein me deja un sabor amargo que no deja de ser una especie de cóctel de muchas cuestiones. No pretendo juzgar moralmente ni el carácter y personalidad del dictador ni las atrocidades que se le han demostrado. Eso no es mi trabajo ni tampoco el del tribunal, porque la ley, si bien puede comportar una serie de valores morales, no juzga desde ese punto de vista.

El propio principio del proceso no auguraba nada demasiado bueno. Las imágenes que se facilitaron del dictador hecho prisionero podían violar el artículo 14 del III Convenio de Ginebra, donde se establece que los prisioneros de guerra tienen derecho, en todas las circunstancias, al respeto de su persona y de su honor. Pero ya se conoce el grado de respeto de determinados gobiernos hacia las Convenciones de Ginebra. Guantánamo es un buen ejemplo, pero no el único.

La selección del tribunal que debía juzgarlo también es poco adecuada, pero totalmente explicable. Se trata de un tribunal especial creado en 2003 dentro de la legislación anterior al gobierno de Husein. Fue una decisión del presidente de la Autoridad Provisional de la Coalición (más conocida como CPA, sus siglas en inglés), Paul Bremer. Se rechazó una comisión de la verdad o de reconciliación, así como la creación de un Tribunal Internacional ad-hoc (como en los casos de los Balcanes o los Grandes Lagos, por ejemplo). El Tribunal Penal Internacional no había entrado en vigor y es irretroactivo, así que juzgar a Sadam en este órgano habría sido imposible. El parlamento iraquí ratificó la decisión estadounidense de crear este Alto Tribunal Penal.

El proceso ha estado plagado de irregularidades. Ramsey Clark, ex fiscal general de los EE.UU. y miembro del equipo defensor de Husein, calificó el juicio de “burla a la justicia”. Sin llegar tan lejos, varios grupos de Derechos Humanos han criticado el desarrollo del juicio, entre ellos Amnistía Internacional y Human Rights Watch. Y eso pone de manifiesto que los Derechos Humanos afectan incluso a las personas acusadas de violarlos. La retransmisión del juicio se ha visto censurada, tres de los abogados defensores han sido asesinados, los miembros del tribunal han recibido presiones (hace tres semanas fue tiroteado el hermano de uno de los fiscales) y la atmósfera de violencia ha sido casi irrespirable.

Y el veredicto hará muy poco para aliviar la tragedia cotidiana de los iraquíes. En declaraciones a la prensa, Ignacio Rupérez, Embajador de España en Irak, afirmaba que la sentencia no ha alterado bruscamente la situación porque hemos llegado a semejante nivel de violencia y enfrentamiento que no sé si puede empeorar más. Se ha tenido que establecer el toque de queda y la situación de guerra civil larvada es cada vez más grave.

Finalmente, es necesario llamar la atención sobre la condena. España es signataria del Protocolo Facultativo II a los Pactos Internacionales sobre Derechos Humanos de 1966, sobre la abolición de la pena de muerte, así como del Protocolo 13 a la Carta de Roma (la Convención Europea sobre los Derechos Humanos), que prohíbe la pena de muerte en todas las circunstancias. La Ministra de Asuntos Exteriores del Reino Unido ha evitado hábilmente referirse de manera directa a la pena capital, ya que este país se ve dividido entre estar presente en Irak y ser signatario del Protocolo 13. En el caso español, el gobierno actual ha reiterado, no con demasiada fuerza, que la UE es contraria a la pena de muerte.

Pero el hecho de que en algunos estados de los Estados Unidos se aplique la pena capital ha hecho que la repercusión de su utilización en este caso haya sido escasa. No es ninguna casualidad. Quizá los que metieron el pie en el avispero invocando una muy dudosa, por no decir inexistente, quiebra de la legalidad internacional en su invasión a Irak, se frotan ahora las manos y reafirman sus posiciones.

La ejecución (que no el juicio) de Sadam Husein es, para mí, un fracaso de la comunidad internacional y una violación de los Derechos Humanos. Lo es la pena de muerte con independencia de dónde se produzca. Matando a Husein algunos obtendrán justicia, pero otros un mártir en una situación tan inestable como la actual.

De la misma manera que me indigné en las manifestaciones contra la guerra cuando los partidarios de Sadam Husein (que los había), mostraban su retrato, me indigno ahora ante la aplicación de la pena de muerte en el que iba a ser un faro de democracia y libertad en Oriente Medio.

Y ya sé que mi pacifismo de flores en las metralletas es una posición pasada de moda. Pero como está tan pasada, alguien tendrá que defenderla.


Hoy es hoy… Lo curioso es que hoy iba a prestarle mis palabras a alguien que me contó este fin de semana lo acelerado que estaba su corazón… y al final me ha podido la indignación y tengo que dejarlo para mañana. Mientras tanto, cuida tu salud cardiaca, darling. En los dos sentidos.

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