01 noviembre, 2006

Panteón (I)

Últimamente he ido mucho a mi refugio entre el asfalto. El Panteón de Hombres Ilustres. Nada mejor que la definición que hace el Arquero de mi relación de atracción, atávica, telúrica, hacia este lugar:
Por cierto, que creo que uno de los primeros descriptores que metí en el registro MP de mi base de datos mental cuando te conocí fue ese: el Panteón de Hombres Ilustres. No creo que haya habido más de media docena de los algo así como 500 o 600 trayectos que he hecho en la C-4 ("Parla vía 6, Parla vía 6...") en los que no haya pensado en ti al ver elevarse sobre los edificios que flanquean la Avda. Ciudad de Barcelona a la florentinísima torre blanca del panteón. Y eso que allí sólo hay hombres ilustres y pretendidamente ilustres... por eso te imaginaba a ti allí, equilibrando vitalmente la balanza de los sexos.




Voy cuando no quiero pensar. Y especialmente cuando necesito pensar. Cuando tengo que diferenciar lentamente todos los árboles que componen el bosque desordenado de mi cerebro. La dualidad árboles-bosque es una constante en mi vida. Ni siquiera sé por qué me gusta el Panteón porque odio los hospitales y los cementerios.

Los textos del Panteón son, de momento, cuatro: Esperanzada, No me toques, Memento mori y La escala de coma de Glasgow. Recogen estados de ánimo, momentos de introspección. Propios y ajenos. Aunque las cosas dejan de ser ajenas cuando alguien te las confía. Se convierten en pedacitos de ti. No todos los he escrito allí, pero tienen cosas en común.

Nada más propio en la semana de Hallowe’en, Todos los Santos y esas cosas que unos textos escritos en un cementerio, como el poema:
He aquí el asilo de la eterna calma,
do sólo el sauce desmayado crece…
¡Dejadme aquí: que fatigada el alma,
el aura de las tumbas apetece!
G. Gómez de Avellaneda, Cuartetos escritos en un cementerio.


Esperanzada
Supliqué. No sé si lo hice, pero lo hice. Ardiendo sin consumirme, aún mantengo la esperanza. Lo que quedó en el fondo de la caja de Pandora, suponiendo que la traducción fuera la correcta. Los hay que dicen que no quedó la esperanza, sino la espera. La espera bajo la lluvia, los cinco minutos perdidos entre la esperanza de quien viene y la seguridad de quien nunca va a llegar.

Espero. Tengo la seguridad de que el esfuerzo es inútil. El mundo me ha llevado siempre diez minutos de ventaja. Los demás, un minuto. Y no tengo claro si quiero correr para recuperarlo.

Mantengo la esperanza. Hoy es siempre todavía; me atrinchero en mi planeta y estoy segura de que me queda tiempo. De que las palabras pueden transformar. No creo en perdurar, pero sí en dejar una estela.

Eso es la esperanza. No sé dónde reside, creo que se balancea entre lo sencillo y lo incierto. En la incertidumbre diaria. La conservo en alguna parte, junto con un cierto calor, muy leve. Entre el aire y el agua de mi interior.

Que no quede una palabra por decir.
Un pensamiento por escribir.
Un minuto por vivir.

Esperanzada. Convencida. Siempre queda algo. Sobre todo, lo anecdótico y lo accidental. Me bebo los segundos. Aún queda tiempo
.

Úbeda-Baeza-Panteón de Hombres Ilustres
Agosto-octubre de 2006

1 comentario:

Anónimo dijo...

kika, ahora que leo esto recuerdo que sobre esa fecha (noviembre de 2006), yo tenía esperanza y creía, creía, en la fe (es decir, lo no tangible)
un año y dos meses después, creo, creo, pero en otros horizontes, otra realidad, otra forma de ver las cosas, y, por supuesto, en otras cosas
besos, de verdad, de L