20 noviembre, 2006

Mapa kikeliano del cuerpo (humano)

En tu espada diez yemas de dedos color marfil se clavan sin lastimar.
Hay una parte de mi que se va a morir y luego a resucitar...
Paisaje Lunar
, Jorge Drexler.

Me gustan algunas partes del cuerpo. Partes fuera de lo común. Partes comunes que me atraen como si fueran las más bellas. Porque son las más bellas. Allí vivimos las hadas.

No sé si me gustan como obras de arte, justificadas por su mera existencia. Creo que sí, porque poco me importa que sean bellas. Lo que sí que sé es que me gustan igual sean de cuerpos ajenos o del propio. Y que muchas las miro sin que nadie se dé cuenta.

Desconozco el nombre de muchas de ellas. De casi todas. A veces me gustaría que los cuerpos fueran mapas, con indicaciones y explicaciones. Pero no las tienen. Envidio a los médicos, que tienen en la mente un millón de nombres.

Son sucesiones de espacios, de volúmenes. Sobre todo de huecos y vacíos.

Por eso regalo frases en las que se escriben tratados sobre la piel, con tinta indeleble. Escapo en esos pedazos de carne, piel y cenizas en los que me pierdo. Si no puedo observar o tocar los de otros, termino por mirar los míos.

Me gusta el espacio entre los dedos de las manos cuando se abren como abanicos. Ni siquiera es una parte del cuerpo. Son más bien vacíos, espacios en los que no hay nada y que apenas se definen por las líneas convergentes de los dedos. Puedo recorrerlos. Abrirlos y cerrarlos. Quizá sean vacíos, pero no lo están. Son intersticios del cuerpo.

Me gusta el hueco de la espalda. El que desaparece al tumbarse con fuerza contra el suelo. Tiene la belleza orgánica de la curvatura y el calor interior que tienen algunas espaldas. De nuevo un hueco. Un microcosmos como el de las manos. Recorrido por la columna vertebral que me recuerda a un camino de piedras sobre la arena de la playa.

Me gustan las nucas. Son como interruptores de la piel donde parecen encajar las sensaciones. Quizá también esté allí un detector de intenciones. La nuca no ve, pero sabe por qué se toca. Tiene magia. No le son ajenos los motivos, y las reacciones que desencadena son siempre distintas.

Me gustan las aguas de los ojos. Para verlas, hay que mirar fijamente el iris hasta que se dibujan las rayas, los círculos concéntricos y las manchas. Y al lado, me fascinan los lagrimales, heridas abiertas en el párpado inferior.




Me gustan las clavículas y el hueco que forman en la parte baja del cuello. En “El Paciente inglés” lo llamaban el Bósforo de Almàsy. Más tarde, un personaje aclara que se llama “escotadura supraesternal”. No sé si se llama así. Pero me gusta.

Sobre todo, me gustan las curiosidades del cuerpo. Muchas veces son lo que las personas odian de sus cuerpos, las esconden, las menosprecian. Otras, son lo que más les gusta y las exhiben orgullosos. A veces, ni siquiera saben que las tienen. Esas son las mejores. Los rizos, las cicatrices. Un ojo un poco más grande que otro. Intermitencias, asimetrías que parecen obra de las hadas.

Quizá alguien haya visto mis caderas desiguales.

2 comentarios:

Lady K dijo...

Estas cosas son como todo, cada persona es un mundo. A mí me gustan los pies, las clavículas y las manos.También los hombros. Ya ves en que cosas me fijo... Sin embargo, en mí, odio mi pelo medio naranja y asilvestrado mientras que otros lo encuentran de lo más interesante...

vega dijo...

escribí algo que iba a ser un post para mi viejo blog y luego no fue. te lo mando por correo entero, porque se inspira en un post de tu viejo blog. pero voy a poner aquí la parte final porque me parece curioso... como respuesta.

"A mi me encantaban sus clavículas perfectas y su nuca morena. Él era guapo hasta romperse, y tenía cuerpo de nadador, pero yo prefería su nuca morena cuando abría las puertas y rebuscaba en los cajones... Y no se por qué, y nunca necesité saberlo."
19 de julio de 2006 11:57