29 octubre, 2006

No le busques tres pies al gato...

Dedicado a todos los gatos convalecientes, recién operados… os envío una mirada felina…

He pasado muchos veranos de mi vida con mis abuelos en la sierra. Mi madre se marchaba fuera a trabajar y mi hermana y yo (a veces estaban también mis primas) nos quedábamos por allí a pasar un mes. Mi abuelo era una persona fascinante, probablemente la más increíble que he conocido. Tenía un espíritu divertido, optimista y un poco ácrata. Estoy segura de que se habría reído hasta en su propio velatorio. Creo que la Dra. Marta estará de acuerdo conmigo.

Hacíamos muchas cosas muy divertidas con él, y una de las que más me gustaban era ir a dar una vuelta por el campo antes de desayunar. Aprendí a vestirme sola antes de lo normal para poder irme con él. Nos despertábamos pronto, cogíamos unos palos, la linterna (por si acaso) y nos íbamos de paseo mientras que mi abuela dormía y no se enteraba de nada. Ni siquiera nos lavábamos la cara antes de salir. Porque hacíamos algunas cosas un poco… ilegales… Por ejemplo, si un alambre de pinchos se interponía en nuestro camino, invocábamos a los “poderes ocultos” y de repente se abría una brecha entre el espino oxidado para que pudiéramos pasar. Aún no sé si era gracias a la magia o a un alicate estratégicamente situado en el bolsillo.

Un año yo estaba bastante fastidiada: me había roto un brazo (menos mal que fue el derecho), y ni siquiera me habían puesto una bonita escayola de esas en las que te firman los colegas, sino una especie de red alrededor del cuerpo. Parecía que en lugar de haberme roto el húmero, me habían amputado el brazo. La gente me miraba bastante raro por la calle…

Una mañana, en pleno paseo mañanero, oí un maullido lastimero, tristísimo. Y detrás de unas matas con pinchos había un gatito pequeño, que parecía un cruce entre siamés y gato normal. Yo sólo podía usar una mano, así que llamé a mi abuelo para que me ayudara. Pero él tampoco podía sacarla de entre las matas. Me dijo: “si consigues que salga, nos la llevamos a casa. Aunque la abuela nos va a matar”.

Así que en uno de esos arrestos que a veces se tienen, me puse de rodillas en el suelo, después a cuatro patas (más bien a tres), y comencé a maullar imitando los sonidos que hacía el gatito, mientras que lo miraba fijamente. Y, de pronto, vino hacia mí y me fue siguiendo hasta casa. Él solo. Como son los gatos: mirándome como a un igual.

Después vino todo lo demás: limpiarla (entonces nos dimos cuenta de que era una gata), darle de comer y jugar con ella. La foto no es muy buena (creo que mi abuela tiene alguna mejor, a ver si la busco), pero se ve bastante bien mi “amputación” de brazo (la mano derecha sale por el cuello de la camiseta), y Sally se ve peor, pero tiene las patas alrededor de mi dedo…



Sally. El nombre no se lo puse yo, sino el bautizador oficial de mi familia, mi tito, por aquel entonces soltero y que estaba también en la sierra. Mi abuelo y yo le encargamos el trabajo de buscar nombre porque él había puesto a sus peces “Ortega y Cassette”. Así que le puso Sally en honor a la canción Mustang Sally, que sonaba por aquel entonces en la banda sonora de la película The Commitments (aquello de "ride, Sally, ride...").

Y muchos años después, mi abuelo todavía me decía que no se podía creer cómo yo me había transformado momentáneamente en gato para que Sally viniera conmigo. “Mira que tienes habilidades raras. Pero raras de verdad”.

3 comentarios:

Lady K dijo...

Preciosa la foto. Si tuviera que elegir una mascota creo que sería un gato. Aunque empiezo a replantearmelo porque hay por ahí cierta gata que me hace la competencia ... Ja, ja, ja. Ya te contaré el jueves.

Kika... dijo...

Gracias! Y que Chispi no te quite el puesto, que ya he dicho que los gatos se creen nuestros iguales, los muy...

vega dijo...

q mona!! sobre todo tu, la gata tb, pero tu más, con tu bracito en cabestrillo y todo!