18 octubre, 2006

Los charcos, el Nobel y la boca del metro

Ayer llovió. No lo suficiente como para calmar la sed de la tierra, pero bastante como para colapsar Madrid (dicen que ayer hubo cien kilómetros de atascos). Esta mañana ha vuelto a llover. Y me ha llovido encima, menos mal que tengo mi paraguas mágico: por fuera es azul marino como todos los paraguas decentes, pero por dentro tiene una tela estampada con el cielo azul lleno de nubes.

Volvía del taller – donde ha dejado al pobre Picantorro recibiendo cuidados intensivos – andando por la calle. Practicaba un deporte que no es olímpico pero debería serlo: el salto-chapoteo en los charcos de la calle.

Me da igual si llevo los zapatos adecuados o no: me gusta hacerlo y punto. Puedo meter el pie despacito (aconsejable si el fondo no se ve demasiado bien) o saltar en plan bomba, salpicando y poniéndome hecha un asco. Lo llevo haciendo toda la vida: no hay ni una vez que llueva y no sienta la urgencia de salir a la calle a pisar los charcos. Cuando vuelvo a casa, siempre se me pone la misma cara de niña pillada en falta, tengo que poner los zapatos a secar llenos de papel de periódico, retorcer los pantalones calados. Toda la vida haciéndolo. Mi madre dice que parece que no aprendo. Mira un minuto los zapatos llenos de agua, a los calcetines húmedos… y dice la misma frase. “Supongo que meter los pies en los charcos es una actitud vital”. Yo nunca contesto. Sólo constato que me ha dejado por imposible.

Ya hay nuevo Premio Nobel de Literatura. Se llama Orhan Pamuk. No creo demasiado en los Nobel, sólo recobré un poco la fe cuando le dieron el de Economía a Amartya Sen. Y con el Literatura del año pasado. No me podía creer que se lo hubieran dado a Harold Pinter, autor fundamental de lo que se ha llamado el “teatro del absurdo”. Me gustan muchos autores de literatura anglosajona, especialmente británica e irlandesa, y Pinter está entre ellos. El amante es, para mí, una de las grandes obras dramáticas del siglo XX, con un argumento tan extraño como probable, que no voy a desvelar aquí, por si alguien se anima y lo lee (hay una traducción al español en la editorial Losada).

Pinter es de esos a los que les gusta saltar en los charcos. Más bien en los charcos metafóricos de la vida – no sé si se suele mojar los pies – desde su compromiso con actitudes políticas. Sabía que su discurso de aceptación del premio no iba a ser acomodaticio. Algo guardaba en la manga. Pero las cosas se complicaron cuando decidió no acudir a la ceremonia de entrega por motivos de salud. Daría su discurso por videoconferencia.

Lejos de hablar de la situación de la literatura actual, o de glosar las maravillas de tan excelso premio, o de hacer algo por el estilo, el discurso se titulaba Arte, Verdad y Política . Harold Pinter habló acerca de la política exterior estadounidense, citando de manera clara la actuación de la administración norteamericana en Nicaragua y El Salvador (la traducción es mía y de mi madre).
Hubo cientos de miles de muertes en estos países. ¿Ocurrieron realmente? ¿Pueden atribuirse en todos los casos a la política exterior de los EE.UU.? La respuesta es que sí ocurrieron. Sí que pueden atribuirse a la política exterior norteamericana. Pero nadie quería saberlo. Nunca ocurrió. Nada ocurrió. Ni siquiera ocurría mientras estaba pasando. No importaba. No tenía interés alguno.

Su propio gobierno, el británico, tampoco escapó a sus críticas:
¿Cuánta gente hay que matar para ser calificado de asesino en masa y criminal de guerra? ¿Cien mil? Creo que debería ser más que suficiente. Por tanto, es justo que Bush y Blair sean demandados ante el Tribunal Internacional de Justicia. Pero Bush ha sido listo. No ha ratificado el Estatuto de Roma. Así que si un soldado americano, o un político, se sienta en el banquillo de los acusados, Bush ha advertido de que enviará a los marines. Pero Tony Blair ha ratificado el Tribunal Internacional de Justicia y, por consiguiente, puede ser acusado. Podemos darle su dirección al Tribunal por si le interesa. Es 10, Downing Street, Londres.

Se puede estar o no de acuerdo, pero lo que no se puede negar es que se metió en un charco hasta las rodillas. Sin miedo. Sin más pretensiones.

Espero que Orhan Pamuk haga lo mismo. En Turquía hay muchos charcos.


La foto y un recuerdo espontáneo… He pasado por delante de la boca del metro de Ciudad Lineal y me ha venido a la cabeza una canción, “En la boca del metro”, de Miguel Dantart. Supongo que será porque mañana hay concierto de los Tigres… Así funciona mi memoria selectiva… Nunca he comprendido por qué, de todas las bocas de metro que hay en Madrid, en la canción sale precisamente esa. No es la más glamourosa, ni la más castiza, ni está en el centro, ni en un barrio de artistas… De hecho, hasta hace muy poco (lo sé por experiencia), pasaban por esa estación los trenes más decrépitos del ferrocarril subterráneo. Como llevaba la cámara, he hecho equilibrios y he sacado la foto gracias a un chico que me ha sujetado el paraguas mágico.


Debajo de las calles
Me convierto en un ángel
Que vuela por un túnel repleto de carteles.
Un sol artificial y un cielo de paredes
Decoran nuestro amor...

En la boca del metro, Miguel Dantart

2 comentarios:

gallofa dijo...

Como me acuerdo de aquellas palabras de Harold Pinter. El momento en el que se refirió directamente a ese impresentable de Bliar fue una pasada, y aunque no sea jurista para mí tuvo la misma valentía, certeza y acierto que Julio César Strassera cuando acusó a Viola y compañía.
Me alegra mucho que encuentres semejanzas entre tú y él a propósito de los charcos; debes hacerlo, y si no aquí estoy yo para loar cuando sea tus metafísicas "catiuskas".
Abrazo bat.

Kika... dijo...

Siempre me meto en todos los charcos, ya lo sabes. Para defender muchas posiciones distintas y mojarme los pies. Sabes también que a veces me mojo enterita, pero qué le vamos a hacer...
Efectivamente el discurso de Pinter fue impresionante, realmente no veo a Orhan Pamuk (en lo poco que lo conozco) haciendo algo similar...
Besos mojados con agua de charco...