26 octubre, 2006

Extrañas maneras de medir el tiempo

Cuando empiezas a estudiar una oposición en la que se cantan temas, lo primero que te recomiendan es que te compres una cosa. Algo que te va a acompañar durante toda tu vida opositoril. Pegado a ti.

No es el temario.
Ni un libro.
No es un subrayador amarillo fluorescente.
Ni el tipex.

Te tienes que comprar un cronómetro. El relojito en cuestión pasa a regir todos los momentos de cante. Hay que cantar lo que estipula la convocatoria. Es como “El Precio Justo”: hay que cantar el tiempo correcto sin pasarse. Pero tampoco sirve si te quedas corto. No sé cuál de las dos opciones es peor: en el examen, si cantas demasiado poco, te suspenden. Y si te pasas mucho, también. Nadie quiere descubrirlo. Todos nos compramos el crono.

Encima, dicen que las mujeres tenemos un reloj interno. Una especie de bomba de relojería que cuenta hacia atrás y condiciona nuestra vida.

Mujer y opositora. El tiempo me persigue. Como a todo el mundo, pero quizá un poquito más.

Escapar de la dictadura del crono es difícil. E igual de complicado que escapar del tiempo es librarte del vicio de medirlo constantemente. Así que he ido elaborando una escala de medida que me lleva constantemente de un lado a otro de los segundos y minutos.

Los meses ya no se miden por meses, sino por conciertos de los 5 Tristes Tigres. Ya he mencionado en alguna parte que guardo la entrada como talismán para el mes siguiente. Pues también me sirve para medir el paso de los meses. Unos quedan más largos que otros, pero no importa. Para medir con exactitud absoluta, el cronómetro.

Las décadas de mi vida se cuentan por pares de agujeros en las orejas. Al contrario de lo que ocurre con el 99% (quizá me equivoco) de las niñas de este país, no me perforaron los lóbulos al nacer. Durante los primeros diez años no pude hacer nada. A partir del primer decenio, cuando ha ocurrido algo que ha cambiado mi vida, me he hecho un par nuevo. Una vez por rebelión y la otra por liberación. O quizá las dos por liberación.

Las semanas se cuentan por conciertos, los años, por pisar la arena de la playa. Las eternidades, por las veces que me he enamorado. O quizá eso mida los minutos. Tiempo relativo. Tiempo a la carta, cuando debería ser inexorable.

Mi madre me acaba de traer un regalo. Lo saco de la bolsa del Lidl: es un reloj morado. “Mira qué bonito, Kika. Y sólo me ha costado 4,95”.

No, si ya lo decía yo…

2 comentarios:

vega dijo...

creo que con el reloj interno tu te refieres a eso de que te entren las prisas por tener hijos no?? ese tic tac no lo he oído aun. pero creo que todos (tb ellos) tenemos un relojito al que escuchamos más bien poco... esta noche cambia la hora. menuda semanita!

Kika... dijo...

No sé si el reloj al que me refería era el reloj interno que todos tenemos que nos dice la hora sin saberla o el rollo de "se te pasa el arroz". Yo, de momento, tampoco temo que se me pase el arroz...