09 septiembre, 2006

La más bella del cementerio

Hace seis meses saltó la polémica: las modelos de la antigua Pasarela Cibeles (actualmente se llama Semana Internacional de la Moda de Madrid, SIMM) estaban excesivamente delgadas. La controversia me sorprendió, no por el tema del que trataba, sino por el momento en que se producía.

Las modelos de pasarela no son escuálidas únicamente desde hace medio año. Llevan siendo excesivamente delgadas mucho tiempo, pero especialmente desde principios de los años noventa, cuando a las pasarelas llegó un look andrógino que desbancó a las grandes supermodelos.

El caso es que la semana pasada se anunció que la SIMM iba a seguir (¡por fin!) la recomendación del Senado que establecía que desde las pasarelas debe darse una imagen de salud. España ha sido el único país del mundo donde los poderes públicos se han pronunciado al respecto. Y no por motivos oscuramente paternalistas, sino porque cada año se multiplican los casos de trastornos alimenticios entre las mujeres (y cada vez más entre los hombres). Muchos se dejan morir de hambre. La expresión no es baladí, ya que la anorexia y la bulimia y sus trastornos asociados producen la muerte de una proporción indeterminada de las personas que las sufren (entre un 5% y un 20%). Se ha llegado a decir que es una plaga del mundo desarrollado.

Para desfilar en Madrid se requiere un Índice de Masa Corporal (IMC) de 18, que es el mínimo recomendado por los médicos. Supone un peso aceptable de 56 kilos para una estatura de 1,75 metros (¡!). No sé si habréis presenciado algún desfile de la Pasarela Cibeles (yo sí que he tenido la oportunidad en una multitud de ocasiones por diversos motivos) y las modelos dan pena, tanto las mujeres como los hombres. Directamente y sin paliativos. No se ve delgadez, sino desnutrición. Y verlos comer es una experiencia para olvidar. Nadie puede pasar un día entero a base de una ensalada o una pieza de fruta.

Esa imagen de las modelos se proyecta en todas partes y permea la sociedad. Si se me permite, queda en el inconsciente colectivo. Y tiene mucho que ver con esos casos de anorexia y bulimia, aunque los diseñadores se nieguen a aceptarlo. Porque lo mejor del tema (o lo peor) ha sido la reacción de los creadores de moda, que han afirmado que la pasarela madrileña será “menos competitiva internacionalmente” debido a la talla de sus modelos. ¿No será lo contrario? La talla media de las españolas es la 42-44, no la que se muestra en los desfiles. La ropa debería sentar bien sea cual sea la talla en la que se fabrica. Vestir a palos de escoba sólo trata de ocultar un diseño defectuoso. Si la ropa no sienta bien a personas normales, la culpa la tiene el diseñador.

Recientemente, la modelo Cindy Crawford reconocía, entre lágrimas, que su cuerpo perfecto, exhibido por doquier en vídeos de ejercicio, no era el efecto de la gimnasia que patrocinaba, sino de los buenos oficios de la cirugía estética. Esos son los modelos que nos ofrecen y con los que nos inducen a error. Nos engañan, pero lo hacen con algo muy íntimo e importante: con nuestra propia imagen.

Por ello, deberíamos dejar de creernos esa imagen que nos venden. Deberíamos negarnos a comprarla, no sólo por lo que es, sino por los valores (o la ausencia de los mismos) que supone. Y si los que la fabrican tienen un ápice de decencia, deberían dejar de venderla.

Porque una generación entera serán las más bellas… pero del cementerio.

1 comentario:

Lady K dijo...

El otro día por curiosidad miré cuántos kilos tendría que adelgazar para tener un índice de 18.Son 10 kilos.Si ahora tengo una talla 40, ¿a qué me reduciría perder 10 kilos?Es increible.Lo peor de todo no es esto, ya que todo depende de la constitución.Lo peor es que poniendo el límite en 18 se han cargado casi a la mitad de las modelos que se presentaban.Una aberración.