25 junio, 2006

El Barbieri y su gente... si hubiera más personas así, nadie tomaría Prozac

Supongamos que tienes un día horroroso. Te han suspendido en un examen importante (para repetirlo tienes que esperar un año, un examen en el que te jugabas mucho, haceros a la idea), y decides irte a pasar la tarde (o lo que queda de ella) al Café Barbieri, quizá escuchar un concierto y así poder reconstruir un poco tus ideas y dejar de pensar que la vida es una mierda. Directamente.
Y resulta que en el concierto no hay nadie, que el único público eres tú. O peor aún, que ves un grupo de gente que llega, todos se conocen entre ellos, y eso ya termina con tu frágil moral. Encima, te dicen que no va a haber concierto (claro, con un público tan numeroso). A punto de terminarte la cerveza y recoger los trastos, se produce el momento mágico: el grupo de amigos te acepta, te pregunta tu nombre, te invitan a sentarte con ellos, se improvisa una "jam session" en la que se canta, se sacan fotos, hasta se realiza un vídeo musical que seguro que va a ser lo más descargado de Internet...
No sé si alguno de vosotros leerá esto, ya tuve ayer la oportunidad de agradecéroslo, aunque mi "gracias" no retrata para nada lo que realmente significó para mi.
Gracias a todos: Henar, Julio y Vanessa, Vane, Victoria, Kiko, Edu... Ya lo digo, si en el mundo hubiera más gente como vosotros, se tomaría mucho menos Prozac.
Nos vemos en septiembre en la nueva temporada de las "Noches en Barbieri".
Allí estaré, y ya sé que nunca me volveré a sentar sola.

Uma dica: Cómo no, os aconsejo que escuchéis buena música, en concreto cualquier cosa de Kiko Tovar y de Julio Hernández. Que vayáis a ver música en directo: a Kiko en cualquiera de sus conciertos, solo o con los 5 Tristes Tigres, y a Julio por Cantabria, en la gira de fusión cubano-cántabra... Supongo que cantar en directo es compartir emociones, y ser el público es recibir esas emociones...

2 comentarios:

Eduardo dijo...

leído y anotado kika, gracie

Anónimo dijo...

Kika, he descubierto otra luna mágica. Una esfera que ilumina las agujas de un dial donde pueden leerse los nombres de todas aquellas ciudades que las dos soñamos algún día visitar, una por una.

Cuando apago la luz de la habitación sólo puedo verla y escucharla a ella, con esa voz especial, que evoca tiempos pasados, alejada de metálicos ruidos y mucho más próxima a la naturaleza y nuestros verdaderos orígenes.

Ella me devuelve el reflejo sobre mis libros colocados detrás de la cama. Trato de atrapar su sonido y su visión, recordar los nuevos mundos, las ideas y proyectos sobre las que hemos hablado juntas, pero el sueño me vence. Tendré que retomar de nuevo este ritual mañana.

Un beso muy muy fuerte.