02 agosto, 2017

Un ratito de gloria


Mi vida antes estaba llena de momentos maravillosos. Se producían casi en cualquier situación, y por cada enorme decepción que me producía lo cotidiano había una foto mental que me salvaba. Al parecer esos estados de gracia se producen por el mismo motivo que mis desesperaciones varias: porque todo me lo tomo - o me lo tomaba - a la tremenda. Exactamente como todos te dicen que no debes tomarte las cosas. Claro que esos todos suelen tener una vida bastante aburrida, quizá como la existencia que tengo yo ahora.




Últimamente mis ratitos de gloria se producen exclusivamente cuando estoy dormida. No sé si me acuerdo de ellos o directamente me los invento. El último fue anteanoche. Estoy obsesionada por tener bañera, por cierto. Cada vez que alguien me habla de reformar su casa y unir cocina y salón o desguazar la bañera me pongo enferma. Eso es porque no viven en este apartamento.

Mi obsesión con las bañeras llega a tal punto que cuando sueño algo y me acuerdo, siempre hay un componente acuático. Con burbujas y volutas de vapor. Sin embargo, esta vez no fue así. Me vi de pronto dejando que un gatito me enredara el pelo, caminaba por una callejuela oscura y de pronto aparecía la Fontana di Trevi. Y yo, vestida de negro, dejaba el gatito sobre los adoquines y avanzaba a trompicones: ni siquiera sé si acerté a quitarme los tacones. Lo siguiente que recuerdo eran mis gritos...

- Marcello! Come here!

Pero no había Marcello. Bueno, sí que lo había, pero no se llamaba así, y por lo tanto, no se dio por aludido. Atravesó la plazoleta como si mis gritos no fueran con él. Quizá hasta le di miedo. Y eso que en mi sueño era pechugona y todo. Como la Ekberg.

23 julio, 2017

Ya no cumplo años

Tengo la edad que siempre tenía mi madre cuando yo era pequeña. Cuando me preguntaban, como no sabía qué decir, le atribuía mi número favorito. Qué mejor edad.

Recuerdo la desilusión cuando me dijo que estaba equivocada. Desde entonces, me dejó de importar el paso de los años. Si me preguntan, nunca sé. Con la edad de las personas mayores me hago un lío.

atardecer
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11 julio, 2017

Todos los demás

Para el Arquero


Cuando no sé hablar ni sé volver, te recuerdo. Retrocedo sobre mis pasos, como aquella vez que perdí un pendiente y desanduve el camino con ojos de loca, buscando el brillo verde sobre la calzada. No se puede estar más solo que cuando se busca en soledad. Y yo nunca encuentro nada.

No encuentro más que la culpabilidad que supone saber que no eres todos los demás. Todos los que nunca fueron, no quisieron, no pudieron o no supe. Todos los demás y niebla. Todos los demás y el sonido de la lluvia. Soy mil pedazos, pero muy pocos son sólo míos. El robo. El expolio de las palabras que he guardado como balas, los hijos que no tendré, todos los demás que no son tú, todos aquellos a los que exigí pruebas de nada, o que me exigieron.

No sé el qué, pero lo hicieron.

Mientras, cada uno de nosotros mira el cuadro en silencio. Tú al reverso y yo a la superficie pintada. Somos los supervivientes de esta guerra que no existe. Supongo que todo(s) lo(s) demás carecen de sentido.


[El cuadro es Rue St. Honoré, après-midi, effet de pluie, de Camille Pisarro. Ellos, como tú y yo, lo han seguido buscando.]

06 julio, 2017

Lo que me hace falta para escribir



Pienso en el equilibrio, aunque quizá sea su falta, pero cerca, por muy poco, el fiel de la balanza que casi apunta a la tierra. La lucha, la necesidad, los fines: algunos, pero muy pocos. Caliento el agua para el té y giro la persianilla de plástico que me recuerda indolente que no está ahí para bloquear la luz. Quito la música, bailo por el salón, me escucho. Da miedo escuchar. Haber perdido el músculo real y el metafórico. Olvidar los cumpleaños. Saber que no hay verano. Que todos los propósitos son artificiales: no querer, no desear, no echar de menos. La voluntad - ay, la voluntad - que en realidad no es nada. Volver. O ir. Olvidando el camino.