26 marzo, 2016

Nem palavrinha


You know the shape my breath will take before I let it out
Belly, Now They'll Sleep


Que no os cuenten ese rollo de que las peores frases son las que se quedan por decir. Hay mucho en la vida que se queda sin ser dicho y en el fondo es probable que el resultado final sea beneficioso para la Humanidad. Eso a lo que llaman reservarse la opinión y que no tiene nada que ver con dejar de opinar sino con cerrar la boca, lleva una buena temporada salvándome la vida. No me refiero a eso. Me refiero a lo que fastidia de verdad. Lo que se queda sin decir porque otro te pide - lo de pedir es un decir - que no lo digas. Igual da que sea en un debate de la tele donde nadie se deja hablar o delante de tu jefe. Y donde fastidia más, aunque menos mal que ocurre en un menor número de ocasiones, es cuando alguien te dice que mejor no lo digas. Quiero pensar que todos tenemos de esas, que no sólo me ha ocurrido a mí. Que a muchos les ha pasado eso de ir a hacer algo importante y largamente reflexionado y que el destinatario no quiera escucharlo. Mi querido Q. me diría que eso es porque no merecen la pena de la confesión, aunque no creo que tenga razón. Mirando en retrospectiva, lo más normal es que la confesión no hiciera falta, porque cuando te piden que no la hagas, o se trata de tu abogado o de alguien que sabe de sobra las palabras que vas a pronunciar. 

06 marzo, 2016

Echo de menos las catástrofes



En mi puesto de trabajo anterior empleábamos un lenguaje que, ahora que ya no estoy allí, me he dado cuenta de que es altamente perjudicial para los oídos de quien trabaje de cualquier otra cosa. Entré miles de veces al despacho diciendo aquello de me encanta el olor a catástrofe por la mañana. Lo sé, lo sé. Como diría Lady K, eso, mal contado... tenía mucho peligro. Y además eso me lleva a una cuestión importante, estilo huevo y gallina, sobre mi personalidad. Muy adecuada para darle vueltas a un domingo por la tarde. Esa pregunta que me hace todo el mundo: Kika, ¿por qué te gustan tanto las películas de catástrofes?

Digo que es un tema de huevo y gallina porque no sé si me dediqué a lo que me dedico porque me gustaban las películas de incendios, terremotos y desastres varios o si primero fueron las pelis y después la afición laboral. Y no lo sé. Pero la afición - que no sé si es causa o efecto - me viene de muy lejos. Cuando era pequeña, pasaba muchos veranos con mis abuelos en la sierra, y mi abuela amaba sus rutinas casi tanto como despreciaba las mías. El día de la marmota veraniego: paseo-desayuno-juego-piscina-aperitivo-comida-culebrón o siesta-juego-merienda-baño-cena siempre terminaba con una película. Hay que situarse en otros tiempos - ya vamos teniendo una edad - en los que no había televisiones privadas y en los que aún se programaban películas de esas antiguas. De ahí viene mi afición a las filmes en blanco y negro, a las grandes superproducciones de Hollywood y al género setentero de catástrofes. Una tiene sus cosas. Además, existía la tendencia a programar por ciclos o por afinidades, por lo que igual durante un mes te tragabas la filmografía de Alfred Hitchcock y el siguiente tocaba ver, por enésima vez, la tetralogía sagrada del cine catastrófico: Aeropuerto, El Coloso en Llamas, La Aventura del Poseidón y Terremoto.

Yo, que de toda la vida he llorado hasta con la música del telediario, aprendí mucho de esas películas. Lo primero, que la vida es una cosa en la que todo va bien hasta que se tuerce de mala manera. Y puede torcerse mucho. Lo segundo, que no se le puede coger cariño a ningún personaje, porque hasta el más valiente o el más estupendo puede estirar la pata en cualquier momento. Y lo último, cuestión que se revelaría crucial en mi futuro laboral, que ante el desastre (iba a escribir ante la adversidad pero adversidad es Escarlata O'Hara diciendo que no volverá a pasar hambre, y una catástrofe es otra cosa) el ser humano es capaz de lo mejor y también de lo peor, y que ambas actitudes, junto con la parálisis y la pasividad, que también se dan en estos casos, son normales y totalmente comprensibles.

Mi adicción por el cine catastrófico me lleva a ciertos extremos que rallan en el frikismo más absoluto, pero que tienen su gracia. Uno de ellos era que cuando mis padres me llevaban a comer una hamburguesa a un restaurante de Madrid cuyas paredes estaban decoradas con carteles de película yo me tenía que sentar enfrente del de El Coloso en Llamas. Me encantaba aquello que ponía de ¡Nadie puede bajar! ¡Nadie puede salir! Me parecía una forma de venta inmejorable. No entendía por qué la gente no compartía mi afición...

Por eso, aunque soy muy resistente a las películas modernas y en cuanto puedo me vuelvo a mis DVDs viejunos, nunca me importa volver a ver United 93 o Pánico en el túnel. Ya, ya lo sé. Stallone tiene menos expresión facial en esa peli que una lechuga de bolsa. Pero es cine catastrófico, y aquí todo el mundo tiene sus perversiones.

Ya, ya lo sé. Parecía que este post iba a hablar de mi antiguo trabajo, y al final, nada. Pero como sobre eso hay mucho que contar, casi lo dejo para otro momento.


05 marzo, 2016

Bajo cero


Y es verdad, que una vez,
yo también intenté conseguir lo que tú,
y me encontré rodeado de gente
que no conocía
y todos sabían mi nombre.
Iván Ferreiro, Me toca tirar


Estoy en precario. Soy una de esas ecuaciones que alguien quiere demostrar. Llevo un signo de interrogación sobre la igualdad. No sé si soy, si fui o si sigo siendo. Lo único que sé es que me han vuelto las ganas de escribir y he abandonado la ocupación típica de mis últimos tiempos. He pasado de pasar la aspiradora y he arrancado todos los cables del ordenador para arrastrarlo al otro lado de la casa como arrastro las preguntas sobre mí misma por esta ciudad. Vivo en una casa con muebles de hielo, donde todo lo que no era transparencia me hería de forma casi irremediable. Soy una loca. Me consuelo pensando que es por el viento que siempre sopla aquí, por esta vida bajo cero que hace que todo vaya gradualmente dejando de moverse. He tenido que meditar en silencio acerca de muchas cosas. El silencio no es fácil cuando tú nunca callas, pero llega un momento en el que se hace sencillo. Un silencio de fin de semana, de lunes, de viernes, roto únicamente por un par de frases dichas a una cajera para que sonría, como si tuviera que saber que dentro de mí aún hay algo que se resiste a la traición, algo muy pequeño que aún juega, una diminuta brizna que cree y que de alguna forma se consuela.

Estoy en precario y tengo miedo. Si algo he dicho muchas veces es que había perdido las ganas de contar. Y él me ha dicho muchas veces que soy una narradora. A mí me gustaría más que me hubiera calificado de poeta, o de actriz maldita esperando ser descubierta. Pero me toca contar, como estos años me ha tocado tirar. Y ya no voy a tirar más que lo imprescindible. Tanto me estaba haciendo mucho daño. Así que vuelvo, retomo, pido perdón de antemano por el músculo de la escritura que quizá haya perdido su fuerza. Puede incluso que haya muerto. También es posible que de todos los que estábamos por aquí ya no quede nadie. Muchos se han ido a las novelas, a los escenarios y a las películas. Otros se consumen ahora mismo como poesía de formato familiar. Iba a pensar que importa, pero casi me da igual. Decidiré no fregar los platos y me dedicaré a escribir. No sé por qué me ha importado el estado de mi cocina hasta ahora.

Estoy en precario. Necesito espacio, y en esa búsqueda habrá muertos.

Virtuales, claro, pero quedan avisados.


13 octubre, 2015

Por qué no he vuelto a la radio


Sometimes I wake up in the morning
To red, blue, and yellow skies
It's so crazy I could drink it like tequila sunrise
Put on that Hotel California
Dance around like I'm insane
I feel free when I see no one
And nobody knows my name
God knows I live
God knows I died
God knows I begged
Begged, borrowed and cried

God Knows I Tried, Lana del Rey

Me vine aquí con una mesa de dos pistas y la firme intención de no dejar la radio. Primero no tuve ganas, y después no tuve voz. Mejor dicho: tenía voz, claro, pero no tenía ganas de hablar ni la posibilidad de respirar tranquila durante una hora. La radio es lo que tiene: los oyentes la prefieren libre de hipidos, si puede ser. Sólo se puede entrecortar la voz un segundo, porque si no aparece el silencio, y en las ondas eso es lo mismo que irse a negro en la televisión. El vacío, la incomunicación. Así que pase lo que pase tiene que haber sonido, voz, música, la respiración, aunque sea. La radio sirve para saber que de alguna manera hay otro mundo y está vivo, o quizá sea una especie de tensiómetro para saber que tú mismo, el que escucha, está aún allí. Mi propio silencio, que tanto he cultivado últimamente, no servía. Y ahora estoy atascada por algo mucho menos poético: no soy capaz de hacer que todo funcione. La mesa por un lado, el micro por otro y el ordenador al final de todo el proceso parece que funcionan por separado, pero no hay manera de coordinarlos. Me dijeron que esto sería fácil, y no lo logro. Sigo intentando mover las clavijas de un lado para otro mientras recupero mi voz.