16 noviembre, 2009

Faltas de ortografía

A mi jefe lo tengo despistado, como poco. Bueno, lo de decir mi jefe como si sólo tuviera uno es un deje de empresa privada. Soy Jefe de Letrina, lo que quiere decir que eso a lo que llamo de coña la superioridad tiene cuatro mil instancias. Vamos, que no soy jefa de nadie. Sin embargo, por encima en el organigrama tengo a mi Subjefe, al Jefe, al Gran Líder y al Pez Gordo. De todos ellos estoy aprendiendo una cosa muy importante: a apuntar en una libreta los comportamientos que no pienso repetir cuando yo sea Jefa. Jefa de alguien, quiero decir.

La primera cosa que hizo cuando llegué fue hacerme ver una serie de cuestiones que no sé si considera importantes, pero que a mí me la traen al fresco, sinceramente. Que en mi departamento es donde más se trabaja, que somos fundamentales para el funcionamiento de la maquinaria administrativa y que lo que hacemos es dificilísimo. DI-FI-CI-LÍ-SI-MO. Lo dijo en alto y silabeando, por si no me había quedado claro.

Descubrí enseguida que como no me pusiera en mi sitio me iba a comer por los pies, como diría Lady K. Así que nada, a tomar posiciones. A ver si este va a pensar que soy la típica funcionaria que sale crudita y muerta de canguelo de una oposición de años. Me acordé de Mary-Bye y de mis tiempos en la Empresa. Mientras me repetía soy chunga, soy chunga, le dije la gran frase de la Humanidad kikeliana:

- Pues me parece muy bien todo eso, pero lo dejas para cuando sea Directora General. Que yo he trabajado en el infierno y esto no es nada de nada.

Tocado. Hundido no, porque a ese no hay quien le hunda.

Tardé una semana en pillarle el tranquillo al trabajo y unos diez días en establecer las reglas de juego con la superioridad. Me quedo más rato sólo si hay una emergencia. No despacho con los jefes por la tarde, porque salvo la emergencia anteriormente mencionada, a mi hora me las piro. Y tengo mucha paciencia, menos con lo que de verdad me importa.

Hace tres semanas se me terminó la paciencia. Todo porque mi jefe decidió decirme que en uno de los papeles que le había redactado había una falta de ortografía. Yo estoy más orgullosa de mi ortografía que de mi melena, que ya es decir… Incrédula, le dije que habría sido una errata, aunque me parecía raro (tal es la confianza que tengo en esta miniparcela de mi vida, todo lo contrario que en el resto).

En lugar de pasarme una hoja, me da por lo menos veinte expedientes. Yo no daba crédito, así que pregunté cuál era la falta.

- La has repetido muchas veces. Aquí pone le informa de que y no le informa que.

Pongo la sonrisa especial mode como queríamos demostrar.

- Mira, es que se informa de algo. Y cuando es una subordinada… pues va el de seguido del que y resulta que está bien escrito. Pero si no te convence, no hay problema. Yo lo cambio y pongo le comunica que, o le manifiesta que o afirma que. A mí me da exactamente igual una fórmula que la otra.

A estas alturas, mi sonrisa era del tamaño de la del Gato de Cheshire.

Ya encontrará la manera de putearme si quiere hacerlo, porque así son los jefes. Pero yo ya no trabajo en el infierno y no me gusta que me toquen la ortografía. Salvo que se tenga razón, claro.

Qué razón tenía Luis Aguilé. Es una lata el trabajar.

15 noviembre, 2009

El poro


La vida a veces no deja respirar.

Eso me da pena y asco.

De repente, estás boqueando como un pez fuera del agua e ignoras el motivo de la asfixia: en realidad son todos los motivos en uno, o siempre los mismos. Estás metido hasta el cuello y no sabes cómo llegaste a la inmovilidad en la que te encuentras.

Envuelto en film transparente, buscas por la calle, por la red, por donde sea, a alguien que te dé un poco de aire. Yonki de oxígeno, temes la muerte de tu mente, de las ganas, del impulso creativo. La muerte en vida, la vida muerta de no elegir, de lo que se nos echa encima.

De pronto, aparece alguien que perfora lentamente el plástico que te cubre la boca con la punta del dedo índice. Abre un pequeño poro con la uña, milimétrico pero suficiente. Soy yo. Ahora puedes besar, pero con miedo, puedes respirar, aunque muy poco. Apenas lo que entra por el poro. Por mi poro. Es fascinante que a veces se pueda vivir por ese agujerito, como si recordases sin esperarlo la sensibilidad de un miembro amputado. Como si pudieras volver a mover la mano yerta de tu vida actual.

Todo por el poro, todo a través de mí. Todo espiando lo que vivo, negándote la envidia, pidiendo que rasgue despacio la mordaza de insatisfacción. Por mi poro deseas, te excitas, vuelves a ser lo que quieres ser y lo que has decidido que ya no importa.

Quizá lo peor no sea respirar a medias.

Lo peor es que te sirva vivir así.

13 noviembre, 2009

Enmienda a la totalidad

Las Realidades son Paralelas porque tienen poco de realidades, y mucho menos aún de paralelas. Cuando se entrecruzan surgen los momentos más divertidos pero también los más complicados.

Siempre me ha fascinado que alguien pueda querer leer lo que cuento por aquí. Al fin y al cabo, sólo hablo de mi vida, y más allá de la corrección ortográfica que trato de mantener, empiezo a dudar de que esto tenga algún interés. Y desde luego dudo existencialmente de la calidad literaria de lo aquí escrito, si es que de literatura puede hablarse. Estoy en plan cenizo, para qué ocultarlo.

Sin embargo, merece la pena seguir precisamente por esos instantes en los que las realidades dejan de ser paralelas y chocan de manera obstinada las unas con las otras. El principal momento en el que eso ocurre es cuando los personajes se encuentran con las personas, o mejor dicho cuando las personas leen lo que hacen sus réplicas en formato digital. Hasta ahora nunca he sabido si lo que decía de ellos les parecía bien, mal o regular, porque nunca me lo habían dicho. El pacto entre las realidades funcionaba hasta que aparecieron No Me Llames Así y El Último Superviviente.

El segundo me presentó una enmienda (así la llamó el puñetero, en un indudable alarde poético) al lío de la liana. Enmienda que no acepto, por cierto, porque ese post habla de relatividades y comparaciones. No trata de establecer quién era el que hacía bien ni quién hacía mal, sino simplemente decidir quién era mejor dentro de unos comportamientos más o menos lamentables. En ese debate, No Me Llames Así se puso de mi parte, es lo que tiene la solidaridad femenina.

Poco podía imaginarme que mi querida No Me Llames Así me enmendaría un poco más adelante. A ella le pareció que no tenía nada de razón en mi Necesaria simplificación. Me lo hizo ver, y de pronto sentí que se me rebelaban los personajes.

Claro que mis personajes son personas, y pueden rebelarse todo lo que quieran.

Cuestión bien distinta es que les vaya a hacer caso. Ya he dicho que estoy en plan cenizo.

09 noviembre, 2009

359˚

Mi principal temor actual: aburrirme de mí misma. Ayer llegué a esa conclusión mientras veía un espectáculo de danza contemporánea en el que actúan mis queridos Dardem. Tengo ese lado artístico y desequilibrado, que me encanta y lucho por conservar. Tanto, que LaKilla dice que soy la productora de mi propio culebrón y por eso no quiero que se acabe. Es cierto. Algunas actitudes de los últimos tiempos me han dado mucho juego artísticamente hablando, pero ya me estoy cansando de ellas.

Hasta el juego más divertido acaba por cansar.

También tengo el lado ese adaptado. Es verdad. A veces me siento rara por ser escritora – si es que lo soy – y funcionaria, porque parecen situaciones antónimas. La dualidad funciona sólo a ratos. Como todas las contradicciones en las que vivimos, supongo.

En el escenario siguen bailando y yo pienso palabras entrecortadas, rítmicas, casi musicales. Hace tiempo que dejé de buscar la síntesis perfecta, la combinación que me haga perder el miedo a girar constantemente en una sucesión de grupos de 360 grados: volver una y otra vez al punto en el que comencé y terminar necesitando vacaciones de mí misma.

Me ha llevado bastante tiempo darme cuenta de que los giros rara vez representan una vuelta completa exacta. Me da la sensación de que me muevo exactamente 359 grados. Y el que falta es precisamente la diferencia entre que las cosas cambien y todo siga igual.

Las diferencias casi imperceptibles, los errores en las repeticiones son lo que verdaderamente importa. Pero mi vida se ha acelerado tanto que corro el riesgo de dejar de darme cuenta.

Escucho las palabras del protagonista. ¿Por qué no podemos despertarnos siendo otra persona? Menuda estupidez. Claro que podemos. Lo que pasa es que el nihilismo da mucho más juego, artísticamente hablando.

Aunque para danza y nihilismo, yo bailando en plan Shakira.


07 noviembre, 2009

Amigoh

Esta semana no he escrito porque he estado en Colesdebruselas por trabajo. A lo mejor hay una o dos personas que van a esa ciudad por otros motivos, pero no me lo creo demasiado. En la calle, el silencio y el orden sólo se rompen cuando aparece alguien tirando de una maletita de cabina. En Colesdebruselas no hay gente, sólo hay maletas. Nadie pasea porque todos vamos corriendo a todas partes.

Lo único bueno de ir a esa ciudad es que en lugar de en un hotel, me quedo en casa de Yeimi. La verdad es que llevaba unos días fatales, y cuatro días de trabajo intenso seguidos de tres noches sola en un establecimiento hotelero me podían haber causado una buena escabechina mental. Además, la hospitalidad andaluza de mi Yeimi no se puede rechazar. Imposible.

Vive en una casa preciosa lejos del barrio europeo, un piso en un chaflán con la catedral de Santa Gúdula muy al fondo. Mucho espacio para bailar y hacer el chorras después de pasarnos el día currando. Tú vente a mi casa y dormimos juntitos, como cuando yo vivía en la excasa del Paseante (ver Volviendo al lugar del crimen). Ni hablar de hoteles, que tú aquí no molestas, hay que ver lo mirada que eres.

En el piso de abajo vive LaKilla. También es compañera y sin embargo amiga, eso que es tan difícil. Con ese nombre y el acento que se gasta, es inconfundible. Yeimi y LaKilla se han montado una especie de sit-com andaluza. En lugar de Friends, sería algo así como Amigoh. Se lo pasan en grande, gritando por el hueco de la escalera, subiendo en pijama de un piso a otro muertos de la risa. Con nuestros momentos de enajenación, como digo yo.

Y al final del día, cuando estamos tan reventados que casi no podemos ni hablar, llega el momento de cotillear, darle una ración de risas a todo, hablar de conocidos mutuos y no estar nunca de acuerdo, y de darnos cuenta de que la vida no es una comedieta de la tele.

A menos que te la plantees así, claro.